Nicki Minaj: la diva pop menos pensada

La inestabilidad emocional de la última gran invención de la industria
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24 de febrero de 2015  • 13:18

"Este cuarto es más lindo que el mío", dice Nicki Minaj. En un hotel de lujo en Long Island, se mete en la suite 402 montada en unas botas Miu Miu con tachas de cristal, acompañada por su guardaespaldas Billy, un tipo bajo y fornido vestido con un traje beige entallado y con un broche de la policía de Newark. Minaj escudriña el living, echa un vistazo a la habitación, y se detiene a apreciar la vista del océano. El cabello le cae por debajo de los hombros, con rulos largos y negros, y el delineador le lame las pestañas hacia arriba, como llamas dirigidas a las sienes. La remera, con la caricatura de un búho, anuncia: owl you need is love. "Me gusta más la disposición de los muebles acá", declara ella. "Quiero cambiar de cuarto."

El solícito responsable de la agenda de Minaj, Ryan, le reservó otra habitación, y había pensado la 402 como un espacio de trabajo temporario. Dice que el cambio no va a ser un problema. Estuvo acá la última hora más o menos, repasando mentalmente las preferencias de su jefa: rosas frescas para levantarle el ánimo; el plato de frutas, por si le da ganas de comer algo; las velas aromáticas Glade que más le gustan. "El aroma preferido de Nicki es el ‘Hawaiian algo’... ¿‘Hawaiian Breeze’?", dice Ryan. "Tenemos una lista de cosas que mandamos a los hoteles, especificando todo lo que ella quiere que haya cuando llega." Para Minaj –uno de los más grandes talentos del hip-hop de todos los tiempos, que además logró convertirse en una estrella pop masiva–, las tareas cotidianas aparentemente más simples requieren mucha más previsión y logística de lo que podemos imaginar quienes llevamos vidas más tranquilas. "Incluso hacerla entrar en un auto", dice Ryan, "es toda una película".

Minaj saca una MacBook de un estuche Gucci y se instala en un sillón junto a la ventana. Es chiquita –un metro sesenta–, y se sienta con las piernas plegadas debajo de su cuerpo, lo cual la hace parecer aun más chiquita. Ryan se va, escribiendo un mensaje en su teléfono. Minaj envuelve con sus manos un vaso humeante de papel. "Es chocolate caliente", dice. "Estoy en ayunas, así que no puedo comer nada." Es el lunes después del Día de Acción de Gracias, y Minaj, quien vive en Los Angeles, eligió este hotel suburbano por su proximidad con el océano y, presumiblemente, con su madre Carol, y sus hermanos Jelani y Micaiah. Minaj mandó ayer la versión definitiva de su tercer álbum, The Pinkprint, pero aún hay mucho por hacer antes de su lanzamiento. "Hicimos una peliculita de 15 minutos que va a salir con la versión de iTunes", dice, mientras tipea algo en su computadora. Hoy tienen que mandar el corte final a Apple. "Hago todo yo. Revisé todas las tomas. Cuando hay que hacer retoques y correcciones de color, hay pequeñas cosas que pueden volverse grandes problemas si no se las hace bien, así que también superviso eso. Ahorraría mucho tiempo si no me importaran tanto estas cosas. Pero me importan."

Minaj era una chica de Queens de clase trabajadora, que ganaba su dinero para moverse trabajando como mesera y en una oficina. Describe el estrellato como un gran trabajo, con un horario dificilísimo, y una jefa implacablemente rompehuevos: ella misma. "El Día de Acción de Gracias amanecí en el estudio, porque me había quedado a dormir ahí", dice. Estaba en Los Angeles, ostensiblemente atareada: "Sólo tenía que aprobar unas mezclas, pero había cuatro o cinco temas en los que quería cambiar algo, una línea, una palabra, incluso un tono. Si el tono que uso en una parte no combina bien con el ritmo, me desespero: ‘No, eso tiene que sonar como un suspiro’". Ocupada en estos cambios, perdió tres aviones, y tuvo que faltar al cumpleaños de Jelani, al que había jurado que iría. "Me largué a llorar, y después volví al trabajo", dice.

Minaj compensó pasando "un par de horas" con la familia cuando finalmente llegó a Nueva York. Lo más parecido que tuvo a una cena de Acción de Gracias, dice, "fueron unos fideos con queso en un jet privado, volando a Atlanta el sábado para el cumpleaños de 16 de la hija de Lil Wayne".

En seis días va a aparecer en Saturday Night Live, por segunda vez, y todavía tiene que ensayar algunos sketches. "Supuestamente iba a conducir el programa además de tocar, pero yo quería una fecha más cerca del lanzamiento del disco, así que quedamos en un punto medio, y ahora el conductor va a ser James…" Se queda en silencio un segundo, frunce el ceño como si no conociera el nombre del tipo: "... ¿Frahnco?"

Minaj fue una multitasker desde sus inicios en la escena del rap under de Nueva York. Era capaz de rapear con dureza y agresividad, probando que se la podía bancar en un ambiente de hombres, pero en muchas canciones ostentaba un estilo más idiosincrático, acribillando las rimas con abruptos cambios de cadencia, de emociones y de personajes, como una Cindy Sherman del mixtape. En un track de esa época, asume la voz de la madama de un prostíbulo; en otro le canta a las virtudes de su vagina con el tema de Batman de fondo. Minaj ha logrado preservar ese espíritu de plasticidad delirante que tiene su música hasta hoy; aun cuando temas como "Starships", el single que le produjo RedOne, la hicieron compartir con Madonna el tercer puesto del ranking de mayor cantidad de hits cantados por una mujer en el Hot 100. Sus épicas apariciones como invitada de otros artistas –sobre todo la estrofa que hizo para "Monster", de Kanye West– la volvieron la rapera más grande del planeta.

Pero todavía le falta hacer un álbum clásico. La gran pregunta alrededor de The Pinkprint –cuyo título alude al emblemático disco de Jay-Z de 2001, The Blueprint– es si alcanzará ese estatus. "Quería que fuera líricamente superior a cualquier cosa que hubiera hecho antes", dice Minaj. "Muchas veces en mis apariciones como invitada me enfocaba mucho en las letras, y después en mis discos pensaba ‘ya está, ya saben de lo que soy capaz, no tengo que probar nada acá’. Pero no es cierto." La producción del álbum no fue fácil, en gran parte porque se desarrolló mientras se disolvía su relación de once años con un hombre a quien Minaj había amado desde antes de ser famosa, aparentemente un intérprete llamado Safaree Samuels, quien había sido parte del primer grupo de Minaj, y a quien ella luego contrató como hype man, y con quien nunca reveló haber salido. Su deseo de volver material toda esa angustia personal, dice, fue una fuerza motora a la hora de componer: exponerse, y minimizar un poco las voces salvajes y los disfraces que había venido usando como escudos. "Una de mis metas fue darle a la gente un vistazo de mi vida personal, porque fue algo que siempre mantuve muy en privado."

Enfrentar la soltería por primera vez en más de diez años desorientó a Minaj. "Tuve que aprender algo tan simple como dormir sola", dice. "He logrado muchas cosas en mi vida, pero eso no sabía cómo hacerlo." En momentos oscuros, la desorientación cedió paso a la depresión, una huella de lo cual podrían ser las frecuentes referencias al consumo de pastillas en The Pinkprint. A principios del año pasado, dice, "había algo en mi cuerpo que probablemente no debería haber puesto". Pensó en llamar una ambulancia, pero le preocupaba que, si lo hacía, el episodio iba a aparecer en TMZ. Hago un chiste acerca de que quizás tomó demasiado ácido. "Era... era algo así de loco", responde. ¿Un mal viaje? Su rostro se endurece. "No fue un mal viaje. Soy una mujer de negocios, y tengo muchos socios como para andar haciendo chistes sobre esto."

La pregunta acerca de cómo manejar un momento de confusión personal cuando se vive en el ojo público le quedó flotando mientras trabajaba en The Pinkprint. "Dudaba", dice. "Hasta que decidí que no hay razón para ocultarme. Soy una mujer vulnerable, y estoy orgullosa de eso." Dice que hay presión para "deshacerse de todo lo que uno es para poder encajar en el negocio. Pero, ¿de qué sirve todo esto si no podés decir y expresar lo que verdaderamente sos?."

***

Minaj gruñe frente a su laptop y agarra el teléfono. "¿Podés venir al cuarto?", pregunta. Entra una mujer llamada Sherika, su asistente y amiga desde hace doce años. Sherika es modesta, lleva anteojos de sol dentro del cuarto y unas botas Uggs con lentejuelas. Minaj le pasa la Mac: "¿Podrías conectarla a Internet?" Mientras Sherika intenta descifrar el wi-fi del hotel, le pregunta a Minaj qué quiere para el almuerzo. "Creo que un bife", dice Minaj. "Un bife de chorizo." Sherika le devuelve la computadora. "Hay un Outback cerca", ofrece. "OK...", dice Minaj, pero ya se distrajo: tiene un mail de post-producción de su minifilm en el que le mandan algunas imágenes, y hay problemas.

Minaj tiene poca paciencia con la gente que se toma el trabajo menos en serio que ella. "Detesto cuando los artistas alardean con que no escriben rimas, o cuando dicen que hacen las cosas rápido, y después no les salen bien", dice. "Una cosa es que esto lo digan Jay-Z o Wayne, porque los resultados son geniales. Pero es muy distinto cuando no lo son: ¡Sentá el culo y pensá en algo nuevo para decir!" Componer requiere para ella un trabajo muy intenso, y modifica el proceso según sus necesidades. A veces, cuenta, "sólo escribo metáforas. Me siento y pienso ‘hoy es día de metáforas’", y se pone a anotar símiles, pequeñas frases, y guarda todo eso para usarlo en el futuro. La rutina para escribir canciones pop es totalmente diferente: Minaj no escribe ninguna palabra, se pone a canturrear melodías sin letra que en otro momento transformará en lenguaje. "No me fijo en las letras en ese tipo de temas. La idea es que, aún si no sabés inglés, entiendas que es una canción divertida, sólo por el tono y la cadencia." Cuando escribió el estribillo para su participación en "Monster", Minaj recuerda que Kanye la alentó para que se basara en pensamientos y sentimientos reales. "Me dijo: ‘¿Qué es lo que verdaderamente querés decir?’. Así que, en vez de escribir un rap, escribí páginas y páginas onda ‘me harté de la gente que habla de esto, me cansé de los que dicen que soy esto otro’, básicamente despotricaba en un cuaderno. Después subrayé algunas cosas y les di forma de rap."

Mientras mira el video, su rostro se tuerce en una mueca. El color está todo mal en una escena. "Ey", dice, cargando la sílaba con desdén. Los videos son una llaga en este momento. Hace un par de semanas lanzó un clip animado para el single "Only", y sin querer desencadenó un alboroto. El video exhibía todo tipo de imaginería militar, incluyendo drones de American Reaper, tanques rusos, máscaras de gas y, controversialmente, tropas que parecían de las SS, con brazaletes rojos de estilo Nazi, y con carteles rojos, también de estilo Nazi, con las iniciales del sello de Minaj, Young Money, ocupando el lugar de la esvástica. La Liga Anti-Difamación emitió un comunicado donde argumentaban que "el video constituye un nuevo piso en la explotación, en la cultura pop, del simbolismo Nazi". Minaj se disculpó rápidamente en Twitter, y dice que la mayor enseñanza que le dejó este episodio fue que delegar tareas en otras personas es peligroso. "Dejé cosas en manos de otra gente, y me arrepiento", dice. Llama al manager, Gee Roberson, un ex ejecutivo de Roc-a-Fella cuya compañía también trabaja con Kanye West, Drake y Lil Wayne, para quejarse por la película. "No sé qué filtro habrán usado en mi cara, ¡pero parece una lija!", le dice. "No parezco yo: parece Avatar. Y tengo acá una facturita que dice que me piensan cobrar 60.000 dólares por esta mierda." Roberson después me dice que "no todos los artistas son como Nicki.

El nivel de atención que ella pone en los detalles es muy único". Minaj se descarga en otra conversación telefónica: "Los tipos fueron y se mandaron una corrección de color horrible", dice. "Me pusieron una luz azul, y ahora parece que tengo piel azul. No tenía que ser así."

Corta. "Dios mío", gruñe, abriendo los ojos con frustración. Estudió teatro en la secundaria, y es posible verle el linaje de actriz en el modo en que actúa sus emociones: lanza la cabeza hacia adelante con una risotada victoriosa cuando alguien dice algo gracioso; ametralla el cuarto con miradas de rechazo cuando alguien dice algo estúpido.

Este costado teatral se manifestó a muy temprana edad. Nacida con el nombre de Onika Maraj en Trinidad, a los 5 años se mudó a Nueva York, donde actuó en obras de la iglesia, y creó un álter ego como MC: Cookie. Recitaba su primer rap todo el tiempo para los otros chicos: "Cookie es el nombre, sabor a chocolate/Cómanse mis rimas como una golosina". "Mis amigos me usaban de payaso", dice. "Me hacían cantar y actuar y hacer voces." Lucien "Bowlegged Lou" George Jr., un veterano animador de Brooklyn que ayudó a armar el primer grupo de Minaj, los Hoodstars, recuerda que desde un principio "ya imitaba dialectos como hace ahora en las canciones. Cuando la conocí, se paró en el living de mi casa y cantó un gospel para mostrarme que no sólo podía hacer rap. Te dabas cuenta de que iba a ser una estrella".

Las actuaciones de Minaj tenían un componente escapista: la ayudaban a trascender las circunstancias opresivas de su vida real. Carol, que trabajaba en finanzas, compró una casa en Queens, "en Rockaway Boulevard, una zona muy dura", dice Minaj. "Monoblocks, dealers y drogadictos era lo que más había." Algunas de sus peores experiencias, sin embargo, ocurrían puertas adentro: en el pasado, Minaj ha relatado el estrés que sufría Carol debido a su padre, Robert Maraj. Nicki contó que Robert fumaba crack y robaba cosas de la familia para financiar sus vicios. (Consultada por teléfono, Carol no quiso hacer comentarios; Maraj dijo en 2012 que llevaba años limpio.)

En el brazo de Minaj se despliega la frase "Dios está siempre conmigo", tatuada en ideogramas chinos. Hace rato que buscó refugio en su cristiandad, y su fe ayuda a entender por qué, a la hora de hablar sobre su padre, es tan comprensiva. "Me mensajea todos los días diciéndome cuánto me quiere", dice. "Es raro: pasé de detestarlo a verlo como un ser humano. Cuando sos chica, no podés ver a tus padres como seres humanos, porque se supone que son perfectos."

Para la secundaria, Minaj fue aceptada en el programa de actuación de LaGuardia, la prestigiosa escuela de artes escénicas de Manhattan. "Lo primero que pensé fue ‘con esta gente no me voy a llevar bien’", recuerda Minaj. "Estaba tan asustada... Había sólo una chica negra, eran todos blancos, y era difícil para mí entenderlo. Pero me enamoré de mis compañeros. Una de mis mejores amigas era blanca: hacíamos escenas juntas. Yo le contaba de mi novio, ella me contaba del suyo, ¡y hablábamos de lo mismo!" Recuerda a LaGuardia como un lugar casi utópico debido al modo en que se fomentaba el lado bizarro de los estudiantes. "Esa escuela me cambió la vida", dice. "No había que vestirse de ninguna forma, todo el mundo podía expresarse. En la escuela de al lado, la MLK High School, los chicos eran más como los que yo había conocido en Queens. Era una locura: veía un poco de mi pasado todos los días, pero después caminaba hacia mi futuro."

Pero el novio de Minaj en la secundaria era un chico de Queens. Y Minaj estaba cada vez más interesada en pasar tiempo con él que en ir a la escuela. "Era mi primer amor", dice. "Estaba todo el tiempo con él, onda: ‘Me cago en la escuela, voy a ser famosa’. Era una estupidez."

Decidió tomar cursos extra para acelerar la graduación, pero a poco tiempo de terminar quedó embarazada. "Todavía estoy resentida con él por esto", dice. "No sé lo que pasó, y él no me advirtió del pifie." Cuando se dio cuenta del embarazo, recuerda, "pensé que me moría. Era una adolescente. Fue la situación más difícil por la que pasé". Consideró tener el bebé. "Mi religión, mi edad y mi madre eran factores de peso. Mi mamá todavía no sabe. Nunca hablé de esto con ella." Finalmente Minaj abortó, y dice que si bien la decisión la persiguió durante toda su vida, era lo que había que hacer. "Sería contradictoria si dijera que estoy en contra del aborto. No estaba lista. No tenía nada que ofrecerle a un niño. Entiendo a la gente que está muy en contra. Incluso para las mujeres que han pasado por la experiencia, porque es difícil hablar del tema como si fuera algo que tenés claro. Pero si no estás lista, no estás lista."

Minaj hace una alusión al aborto en The Pinkprint, y dice que fue complicado. Rapeó por primera vez sobre el tema en la época de sus primeros mixtapes, en un tema titulado "Autobiography", cuya existencia llegó a avergonzarla. "Era algo que yo quería meter en un segundo plano y hacer como que no había ocurrido. Pero después pensé que era algo de lo que quería hablar otra vez." De todos modos, dice, "estoy un poco nerviosa. Lo van a escuchar millones de personas. Y hay que tener cuidado con lo que decís".

A diferencia de su colaboradora Beyoncé, quien aparece en The Pinkprint, Minaj no se identifica como una feminista ("No me gusta etiquetarme, porque después la gente te destroza"), pero agrega: "Creo en las mujeres que toman el control de sus carreras". Abrochó negocios con marcas grandes como Pepsi y Home Shopping Network, a las que describe como oportunidades para generar "la riqueza suficiente para que mis nietos vayan a la universidad", y también como golpes simbólicos más amplios: "Es importante que la gente vea que una muchacha negra de Queens puede moverse al nivel de las corporaciones, y es importante para las corporaciones ver que una chica negra puede vender tanto".

Lil Wayne contrató a Minaj por la fuerza de sus mixtapes en 2009, y así se transformó en la primera rapera mujer comercialmente viable en años, al mismo tiempo que llevaba las innovaciones de sus antecesoras, como Missy Elliott y Lil’ Kim, a otro nivel. Sobre el final del video de "Anaconda", una galería de culos apenas cubiertos, incluyendo el de la propia Minaj, mira a cámara mientras muerde una banana con regocijo castrador; la canción "Looking A**" trata sobre tomar la mirada de los voyeuristas y cómo volverla en su contra. "Lo del video de ‘Anaconda’... ¡Soy una chica grande!", dice. "Apoyo a las chicas que quieren bailar y ser sexies, pero también a las que tienen una idea fuerte de sí mismas. Si tenés un culazo enorme, ¡movelo! ¿A quién le importa? Eso no implica que no vayas a graduarte de la universidad. Cuando estoy meneando el culo y divirtiéndome, no dejo de intentar inculcarles autoestima a las chicas jóvenes." Dice que las mujeres sufren todo el tiempo de la doble moral, particularmente en el mundo de la música, en el que los tipos más lanzados son valorados, y en cambio las mujeres lanzadas son "divas", o peor. En The Pinkprint lo dice sin rodeos: "No soy ‘difícil’, estoy haciendo mi negocio".

Lo cual significa que ahora tiene que castigar a esta gente por el tema de las correcciones de color. "No voy a seguir pagándoles porque no fue mi culpa", declara Minaj, de nuevo en el teléfono. "Saquen esas tomas. Esto es ridículo. Tengo que mandarlo hoy a la noche." Escucha mientras un miembro de su equipo, del otro lado del teléfono, intenta tranquilizarla. "¿Ah, sí?", pregunta impasible, "¿y entonces por qué no propusieron esto antes?".

Golpean a la puerta, pero ella lo ignora. Me siento y miro el océano. En algún momento Billy abre la puerta de la suite y entra Ryan. En voz muy baja, me dice que quizás sea mejor que me vaya. Nicki camina a un costado de la habitación, y se pone una mano en la cintura, en pose desafiante. Las voces del otro lado del teléfono consiguen muy pocos avances. "Bueno, pueden cortar, sí", les dice Minaj. "No es necesario que estemos hablando si no hay nada que puedan hacer."

Dos días después, en la puerta de otro hotel, en el lado oeste del Central Park, Ryan se baja de un Rolls-Royce Ghost con chofer, con una bolsa de Burger King en la mano: Minaj le pidió que le comprara un sándwich de pollo. El Ghost tiene las balizas prendidas, y Ryan, que ya mandó la comida arriba, se sube a una camioneta Mercedes-Benz Sprinter que lo esperaba entorpeciendo el tráfico. Minaj se está haciendo el pelo y maquillaje: tiene que estar en un estudio en el Greenwich Village para una entrevista con MTV y tiene dos horas de retraso. Le indican a Ryan que Minaj va a salir en dos minutos. Pasan diez.

Finalmente aparece Minaj y se mete en el asiento trasero del Ghost; el plan es que yo le haga algunas preguntas en el auto de camino al Village. Estoy a punto de subirme al lado de ella cuando me indica con la mano que me vaya: "No, vos andá ahí", dice, y señala el asiento del acompañante. Obedezco, girando torpemente la cabeza 180 grados para hablarle. Resulta que soy el débil en una negociación que nos quedó pendiente: hay algo que yo mencioné la otra vez y que Minaj quiere que saque de la entrevista antes de que sigamos. (Lo resolvemos.)

El auto avanza en la lluvia. La crisis de la corrección del color, cuenta Minaj, terminó mal: la entregó más tarde de lo que debía a iTunes y ahora no sabe bien cuándo lo van a lanzar. La noche anterior, el "Campamento Minaj" se trasladó de Long Island para estar más cerca del Rockefeller Center, donde Saturday Night Live tiene sus estudios, y donde hay en este momento manifestantes agrupándose para protestar por la falta de procesamiento al policía de Nueva York que mató a Eric Garner, un hombre negro desarmado, en julio. Respecto de este asesinato impune, Minaj dice: "Es enfermante, y leo que hay gente que se pregunta ‘¿de qué se sorprenden?’, y eso es lo verdaderamente triste: que al parecer deberíamos estar acostumbrados a que nos traten como animales. Se llegó a un punto en el que la gente siente como si no hubiera ninguna responsabilidad: si trabajás para las fuerzas del orden y le hacés algo a una persona negra, no pasa nada".

Nos metemos en la autopista del West Side. El tema vira hacia el rol de los artistas negros a la hora de dirigirse a una sociedad racista. "Tengo la impresión de que cuando Public Enemy hacía ‘Fight the Power’, nosotros, como cultura, teníamos más poder. Ahora es desesperanzador", dice Minaj. "La gente se pregunta: ‘¿Por qué las celebridades negras no hacen más declaraciones?’, pero fíjense lo que le pasó a Kanye cuando salió a hablar. ¡La gente le pidió que se disculpara con Bush! El era el vocero no oficial del hip-hop, y lo destrozaron. Y ahora no se lo escucha decir nada sobre estos últimos hechos, y es triste. ¿Cuántas veces te tienen que hacer sentir horrible por ocuparte de tu gente antes de que digas: ‘Se van a la mierda, no vale la pena, déjenme vivir mi vida, soy rico, ¿por qué debería importarme todo esto?’."

En The Pinkprint, el foco de Minaj es más personal que político. Es entendible, considerando la agitación emocional que vivió el año pasado. En un tema sobre una separación, Minaj habla de una "sobredosis de contemplación". "Me sentía destruida, al punto de pensar ‘quizás si me tomo un montón de pastillas me voy a sentir mejor’", dice. "Después tuve que rescatarme, porque soy más inteligente que eso, y tengo mucha gente por la que vivir. Creo que nunca contemplé la posibilidad de matarme en serio, pero a veces cuando estás muy mal, parece mejor no lidiar con nada que hacerlo. Yo soy súper pragmática, y a veces me sentía como: ‘¿Qué tal si meramente me desvanezco? Matarme no, tan sólo desaparecer...’."

Para cuando llegamos al estudio, la lluvia ya paró. El Rolls-Royce bloquea la calle, y los autos de atrás empiezan a tocarnos bocina.

"¿Es acá?", pregunta. Billy se baja de la Sprinter y golpea despacito la ventana de Minaj. Los camarógrafos la están esperando adentro, y Grizz está parado a unos metros de su puerta, con la cámara ya encendida. Minaj sacude un poco el pelo hacia atrás, y mueve las pestañas en una sucesión veloz, como si estuviera reiniciándose. El desvanecimiento va a tener que esperar.

Por Jonah Weiner | Fotos de Terry Richardson

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