Antes de regresar al país, Trent Reznor habla de cómo era el festival cuando empezó y por qué los ideales de la cultura alternativa siguen vivos hoy
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A Trent Reznor se le resbalan las palabras a través de la lengua, como si cada expresión fuera un suspiro modulado. Tiene voz grave, rictus formal y parsimonia de psicólogo: el tono de quien camina a cámara en slow motion, sonriendo con la boca a un lado y prendiendo un cigarrillo, mientras unos metros atrás la bomba explota, los malos mueren y el conflicto se resuelve.
Uno podría no adivinar que el autor de "Head Like a Hole" transmite calma al hablar, y es precisamente esa confusión de límites entre persona y personaje lo que lo llevó, en días desfigurados, a reconstruirse mirando un póster. "Hubo un momento en el que yo no sabía quién era", dice ahora. "Me hice famoso, la banda se volvió enorme, tenía serios problemas con las drogas y el alcohol, y no sabía cómo lidiar con todo eso. Entonces leía lo que decía la prensa sobre mí y pensaba: «Ah bueno, yo debo ser este tipo entonces»."
Vino el nuevo milenio y Reznor no aguantó más convivir con el tánatos de su arte en la carne. "Llegué a un punto en el que se trataba de estar sobrio o de morirme, y elegí estar sobrio", afirma. Internación mediante, se sacudió la peste para parir una dicotomía: la de ser un hombre sano y en feliz matrimonio (se casó con la cantante Mariqueen Maandig en 2009 y tuvo dos hijos con ella) que trabaja de Príncipe Siniestro del rock alternativo. "Me tomó un tiempo volver a saber quién era yo, recuperarme y volver a la tierra. Y al final de ese proceso empecé a hacer música de nuevo, siendo sincero con quién yo soy y escribiendo desde un lugar honesto." La ironía del destino quiso que dentro de ese renacimiento creativo estuviera la banda de sonido de Red Social, película de David Fincher sobre Facebook, el espacio por excelencia para mostrar sólo la parte más conveniente de lo que se es.
"¿Si siento alguna presión para estar a la altura del personaje? La verdad es que ya no. Sin embargo, si me dieran ganas de escribir canciones felices, no las lanzaría con el nombre de Nine Inch Nails, porque entiendo la identidad de la banda y la mía en ese grupo, y no iría en contra de eso. No escribí canciones pop felices y no espero que eso suceda, pero si llegara a pasar las sacaría con otro nombre", dice este hombre que supo escaparse del infierno pero está condenado a revisar su álbum de fotos todas las noches ante las masas deseosas de deprimirse con estilo, reabriendo esos harakiris emocionales que ya le cicatrizaron, hurgando en la negrura caduca de las tripas para cantar que se concentra en el dolor porque es lo único real ("Hurt") y que toda su existencia está corrupta ("Closer"), para luego ducharse y meterse en la cama king size con su esposa tapa de Playboy a hacer zapping hasta que el sueño gane. No debe ser fácil. "Hay temas que no canto más porque ya no tienen nada que ver conmigo, pero con muchos otros, el espíritu de la canción se hace cargo de la situación cuando los estás tocando, como un actor del método. Sos un canal para lo que la canción quiere decir. Mientras se sienta bien y sincera para mí, la tocamos. Pero no tiene que ver con ponerme un disfraz y ser otra persona: me sigue pareciendo interesante eso que escribí."
En febrero de 2009, Reznor congeló a su criatura. "Paré un tiempo porque pensé que había agotado lo que podía hacer con NIN y necesitaba dedicarme a esas cosas que siempre había querido hacer, pero no había tenido tiempo", dice. Junto a su esposa y su amigo Atticus Ross formó otra banda, How To Destroy Angels, con la que sacó dos EPs y el álbum Welcome Oblivion (2013). Compuso ése soundtrack de Red Social (con el cual se ganó un Oscar) y volvió a aliarse con Fincher para cranear el score de The Girl With the Dragon Tattoo. "Y entonces me dieron ganas de componer canciones con Nine Inch Nails otra vez. Me volví a entusiasmar. Hicimos un disco, alguien vino con la idea de salir de gira y me pareció bien. Y acá estamos."
El título de Hesitation Marks, de 2013, significa literalmente "marcas de la duda". Pero se refiere más bien a las heridas que se infligen en sus cuerpos quienes intentan suicidarse, mientras juntan coraje para terminar el trabajo. El crítico de esta revista David Fricke lo definió como "un álbum sobre lo fácil que es volver a caer en las sombras, quedarse sin opciones, desesperarse por algo de alivio". Ante la evidencia, su miedo a quedar "reducido a la etiqueta «está felizmente casado, es padre de dos hijos, ganó un Oscar... ¡genial, todo está arreglado!»" parecería no tener demasiado fundamento, aunque si algo aprendió de su ídolo David Bowie es a desafiar a su público demoliendo cualquier zona de confort a su alcance. "Lo más seguro que podría haber hecho es algo hermético, sin gancho, con menos melodía y más ruidoso. Lo mismo en vivo: sería fácil tocar a oscuras y encarar un set agresivo con luces estroboscópicas y humo, y volver todo una convención de vampiros", dice. Sin embargo, en Hesitation Marks no faltan los estribillos y en sus shows, por primera vez en su carrera, hay coristas femeninas.
Así pasó de experimentar con sonidos ambientales en el laboratorio a ventilar su perversa extroversión en conciertos al aire libre, y estas ganas de salir al sol lo reencontraron con un viejo amigo: el Lollapalooza, festival que lo tuvo como número central en su gira inaugural de 1991, que lo volvió a tener como headliner en su edición de agosto de 2013 en Chicago y que lo verá volviendo por tercera vez a Argentina (tocó en 2005 en el Luna Park y tres años más tarde en el Club Ciudad de Buenos Aires) para encabezar el debut de la franquicia en estas tierras.
Cuando te presentaste en el primer Lollapalooza en 1991, ¿algo te hacía pensar que 23 años después ese festival podía convertirse en un megaevento en Sudamérica?
No puedo decir que eso haya cruzado por mi mente, pero sí te voy a decir que en ese momento, en Estados Unidos, la idea de la música alternativa, o cómo quieras llamar a eso de lo que formamos parte, era un movimiento real. La música se había puesto bastante estanca y toda esa colección de artistas desesperados quería juntarse, no para encabezar un evento grande, sino para formar algo que colectivamente afecte la mente de las personas. Estábamos muy orgullosos de ser parte de eso. Era promisorio, una especie de revolución. No me sorprende que Lollapalooza siga vivo, aunque nadie te puede decir que podía ver venir lo que es hoy.
¿Esos ideales sobreviven de alguna forma?
Cuando surgió no había otro festival así. No había un festival itinerante y ninguno abrazaba esta filosofía de mente abierta y "vale todo". En Lollapalooza no existía esa cosa de "tienen que tocar este tipo de música o apestan". Creo que eso se volvió una plantilla para festivales en Estados Unidos, en los que se presentan distintos tipos de música y la gente busca experimentar cosas nuevas. Esos son los festivales en los que me gusta tocar: frente a gente que quizás no fue a verte a vos, pero están ahí para escuchar música. No es tipo un festival de metal en el que si no tocás exactamente eso, fuck you. En eso, Lollapalooza mantiene el espíritu de la creatividad.
Reznor entiende las reglas de juego y es cualquier cosa menos naïve, pero igualmente sabe mirar con recelo a la industria musical, uno de sus principales rivales desde que dejó de pelear consigo mismo. Culpa a la industria de haber convertido las buenas intenciones de la Nación Alternativa en un puente hacia determinado sector del mercado. "Como todo movimiento, empezó con entusiasmo", dice, "como una reacción a toda la mierda que pasaban a la radio, esa mentalidad tipo Guns N’ Roses. Pero entonces fue cooptado y se convirtió en un término de marketing: a cada mierda que salía le ponían la etiqueta de alternativo. Se diluyó hasta volverse algo sin sentido, más o menos como pasó con el indie-rock, que también surgió como una reacción al éxito de lo alternativo y ahora todo es indie. Ya no significa nada. En los 90, te sentías orgulloso de ser alternativo porque estabas haciendo algo diferente, estabas abriendo mentes. Pero muy rápidamente las canciones empezaron a aparecer en comerciales de Gap". A la misma industria la critica por coartar las posibilidades de éxito de cualquiera que no toque pop bailable para la generación WhatsApp: "Si no estás haciendo lo que hace Justin Timberlake o Rihanna, hoy es complicado encontrar el camino para relacionarte con un público dispuesto a escuchar algo inusual, salvo que tengas un sello grande presionando. No digo que sea imposible, pero es difícil". Y a esa misma industria, a la que se le plantó en 2008 regalando en la web su disco The Slip y licenciándolo en Creative Commons, recurre cuando se le antoja: "Los uso cuando los necesito. Ahora nos distribuye un sello multinacional, porque pienso que es lo que siento que nos va a beneficiar", dice. "El año que viene puede ser una historia distinta, y un par de años más adelante puede volver a ser necesario. Me doy el lujo de elegir si lo quiero hacer o no, algo que no mucha gente puede. El negocio está cambiando, la forma en la que la gente escucha música también... no creo que haya algo correcto o incorrecto para hacer en estos momentos. No estoy tan interesado en el modelo de negocios como hace unos años, solamente me quiero concentrar en hacer música."
El hombre que trepó a lo más alto con The Downward Spiral, el que fracasaba en la vida mientras triunfaba en el show business, el que compone un no-hit claustrofóbico ("Copy of A" de Hesitation Marks) e invita a Lindsey Buckingham de Fleetwood Mac, el que expresa su felicidad hogareña con un álbum suicida, el que pacta una tregua con la corporación a la que odia y se enclaustra para componer canciones que lo devuelven a los estadios. Trent Reznor sabe que las contradicciones son el motor de Nine Inch Nails y ahora, al fin, las vive en paz y las aprovecha, sabiendo y predicando que la única muerte en vida es quedarse quieto: "Sólo me interesa llegarle a gente dispuesta a probar cosas nuevas. El público que quiero es el que tenga el espíritu de salirse de lo obvio, de intentar algo distinto. A esa gente yo la quiero cerca".
Por Diego Mancusi
Conseguí el bookazine especial sobre el Lollapalooza en los kioscos y visitá el stand de RS en el Hipódromo durante los dos días del festival, martes 1 y miércoles 2 de abril.
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