Hace dos años, la experta en comunicación empresarial apostó al amor tras una separación y ahora agrandó la familia. “Es un momento de felicidad total”, asegura
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La alza, la besa, la acaricia. Carolina Giménez Aubert (40) desborda de felicidad. A un año y medio de haberse casado con Diego Mejuto (51) tras una separación, volvió a ser mamá. Si bien Guadalupe, que tiene un mes y medio, es su segunda hija (el primero, Paquito, es fruto de un matrimonio anterior), entre uno y otro hubo ocho años de diferencia. “Fue una beba muy esperada. Es fuerte ver a mis hijos relacionarse. Los hermanos son un regalo para toda la vida”, dice.
–¿Cómo es volver a los pañales después de tanto tiempo?
–Un redescubrimiento. A los 30 me estaba armando, soñaba con mudarme, tener una consultora sola. A los 40 es lo que hay. Hoy me siento más relajada, menos temerosa.
–¿Quién eligió el nombre?
–Yo. Y a Diego le encantó. Es que tengo adoración por la Virgen de Guadalupe, a quien descubrí a través de una amiga. Soy una persona de fe, aunque no recontra practicante. Pero lo que me pasa con esta Virgen es muy especial. El segundo nombre es Paz, y te aseguro que la representa muy bien.
–Es tu primera experiencia como mamá de una mujer. ¿Qué te genera?
–Yo era medio varonera. Mi hermano Pato tiene un año más que yo, así que estaba todo el día con él y con sus amigos. Me gustaba subir a los árboles, jugar a la pelota. El otro día estábamos mirando fotos con mamá [Cristina Frank] y yo en la mayoría estaba con jeans, remera de Superman y un autito.
–¿Seguís tendencias de crianza?
–Nada. Me dicen que no la malcríe, pero ¿qué más puede necesitar un bebé que mimos y abrazos de sus padres?
–¿Cómo te organizaste con el trabajo?
–Soy muy adicta al trabajo, sólo me tomé un día (tiene su propia consultora de prensa y comunicación, Giménez Aubert & Asociados). Me encanta la maternidad, pero no podría dedicarme sólo a la casa. Cuando tengo que salir la beba se queda y yo vuelvo renovada. Me levanto a las 6.30, estoy con el teléfono, los mails, tengo calls que suelen ir cambiando, pero con organización se puede.
–¿Cómo está el resto de la familia con la llegada de la “princesa” de la casa”?
–Mamá vive a cuatro cuadras y viene un montón con Yaya, mi abuela, que llega con su andador. Mis hermanos también están chochos, ni Pato ni Kiko tienen hijos. Los dos están copados porque no hay otros chicos más que los míos en la familia.
–¿Y Susana?
–Está encantada. La vino a conocer y le trajo un elefantito divino y a mí una caja de bombones, cosa que me encantó porque cuando estás embarazada sos el centro y una vez que tuviste, nadie se acuerda de la mamá. [Se ríe]. Mecha también vino y le regaló un vestido divino. Ella es muy maternal, quizá no lo aparenta, pero es una mujer dulce, contenedora y cariñosa. Aprendió de su mamá. Susana la crió sola, dio todo por ella, laburó sin descuidarla jamás. Eso se transmite. Yo siempre me sentí muy identificada con Susana, en especial cuando me separé del padre de mi hijo, porque me volví a Buenos Aires (vivían en Uruguay) y enseguida me puse a trabajar. Me di cuenta de que se puede ser una mamá presente y trabajar, también me permití conocer a Diego. Es importante que los chicos te vean completa.
–¿Tu marido tiene más hijos?
–Sí, tiene una hija de 16. Está embobado y dice que lo agarra en una etapa más relajada (trabaja en una cerealera). Es un superpapá. El día que lo conocí supe que era para siempre, y la beba nos unió todavía más. Es un momento de felicidad total. Me siento bendecida.
- Texto: Lucila Olivera
- Fotos: Pilar Bustelo
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