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De Hollywood al castillo de Su Majestad. Del matrimonio de ficción con el que se despidió de su carrera de actriz a la boda real del año. Para Meghan, nada parece imposible. Si antes de conocer a su príncipe, confesaba a ¡HOLA!: "Mi vida es más impresionante de lo que jamás pensé que podría ser", haber llegado con Harry al altar debe ser un sueño, aunque para ello haya tenido que renunciar a una etapa de su vida. Por un príncipe azul, Markle dejó atrás siete años de éxito como actriz en Suits, una casa en Toronto, un blog en el que nos contó todo, más de tres millones de seguidores en las redes sociales, un credo, su radical discurso feminista, una familia, amigos, a uno de sus perros –viejito– y hasta una nacionalidad, la norteamericana, incompatible en su caso, con la británica, que está en curso.

Los vientos del siglo XXI corrieron a favor de la pareja. En su cita a ciegas de 2016... "En cuanto la vi, supe que era la mujer de mi vida. Las estrellas estaban alineadas el día que nos conocimos. Fue perfecto", dijo Harry. Y también cuando, al cumplirse dieciséis meses de relación, palacio anunció su compromiso. Como actriz y mujer de piel mestiza y divorciada, la historia de amor del príncipe con Meghan hubiera sido seguramente imposible en el siglo pasado. Pero estamos en 2018 –hace setenta y cinco años que Eduardo VIII tuvo que renunciar a ser rey para casarse con Wallis Simpson– y la Reina fue la primera en abrirle de par en par las puertas de su castillo. Los muros que protegieron a la monarquía británica durante casi mil años, así como sus primeros pasos como novios, despliegan en la soleada mañana de su boda todo el ceremonial para reflejo de la gloria de Su Majestad.

El desfile de invitados
George y Amal Clooney, David y Victoria Beckham, Oprah Winfrey, James Blunt y su mujer Sofia Wellesley, Serena Williams … Todos dan su presente con puntualidad inglesa. También están el polista argentino Nacho Figueras –quien comparte con Harry la pasión por el polo y la solidaridad (es embajador de Sentebale, una ONG que el hijo menor de Diana creó para apoyar a los chicos con VIH de Lesoto)– y su mujer Delfina Blaquier. Tal como corresponde, por orden de importancia, los últimos en llegar a St. George son los invitados de la realeza. A las 11.17, aparece la hija de la reina Isabel, la princesa Ana, junto con su marido Timothy Laurence, seguidos por su hija Zara Phillips y su marido Mike Tindall. Otro de los hijos de Su Majestad, el príncipe Andrés de York, arriba con sus herederas, las princesas Beatriz y Eugenia. Su ex mujer, Sarah Ferguson (invitada especialmente por Harry por ser íntima de su madre), sólo se queda a la ceremonia y a la recepción en el castillo de Windsor. Por último, los condes de Wessex, Eduardo (cuarto hijo de Isabel II) y Sofía.
"Soy muy afortunado, estás preciosa"

Harry recibe a Meghan con una enorme sonrisa y algunas palabras: "Soy muy afortunado, estás preciosa". La nueva duquesa renunció a su fe para abrazar el credo de su marido –se bautizó y confirmó en la Iglesia anglicana–, y palacio publicó hace días el Instrumento de Consentimiento, que la Reina firmó el pasado 14 de marzo. La autorización al matrimonio, que se emitió bajo el Gran Sello del Reino, con dos ilustraciones, la de un dragón rojo –símbolo de Gales–, junto a las flores nacionales del Reino Unido, una rosa, un cardo y un trébol, y el escudo de armas de los Spencer. A la derecha, una rosa –la flor nacional de Estados Unidos–, acompañada de cuatro amapolas doradas, que representan al estado de California, donde nació Meghan. La capilla de St. George, construida en el siglo XV durante el reinado de Eduardo IV, fue escenario en los últimos siglos de dieciséis bodas reales, entre las que se encuentran la del príncipe Eduardo y Sophie Rhys-Jones (1999), la del príncipe Carlos y la duquesa de Cornwall, en 2005 –recibieron la bendición religiosa, después de casarse por Civil en el Ayuntamiento de Windsor–, y de Peter Phillips con Autumn Kelly, en 2008.
Nada será como antes
El obispo Michael Bruce Curry, de Chicago, es quien con su apasionado sermón –lleno de fuerza y gestos– marca un antes y un después en una boda real. Mirando siempre a Harry y Meghan, que lo escuchan con sus manos entrelazadas, defiende el poder del amor. "Dos personas se enamoran y todos nosotros aparecemos… Tenemos que amarnos. En el amor hay fuerza para curar lo que nadie puede… Cambia vidas, puede cambiar el mundo… Cuando el amor sea el camino, la Tierra será un santuario". La familia real escucha sorprendida. Nada volverá a ser como antes. Llega entonces la gran sorpresa. El coro góspel cristiano elegido por Meghan canta y baila "Stand By Me", de Ben E. King, delante de la Reina. La emoción inunda la capilla y, por unos minutos, barre de un golpe el secular protocolo.
Los flamantes duques de Sussex recorren las calles de Windsor a bordo del Ascot Landau, el carruaje que data de 1883 y es uno de los cinco que la Reina usa para llegar a las carreras de Royal Ascot todos los meses de junio. Es el mismo carruaje que, siete años atrás, el príncipe usó para llegar al casamiento de su hermano William en la abadía de Westminster y que, en 1999, su tío, el príncipe Eduardo y su mujer Sophie, eligieron para recorrer las calles el día de su boda.

Desde ese coche, perfecto para el fabuloso día primaveral que les tocó, Sus Altezas Reales saludaron a las más de cien mil personas que arribaron a Windsor para ser parte de los festejos. Varios llegaron al alba para asegurarse un buen lugar y disfrutaron de la transmisión en directo desde enormes pantallas dispuestas a lo largo del recorrido del carruaje. La procesión de los newlyweds comienza en la calle Castle Hill y concluye en el Long Walk. Entonces, hacen su entrada por la gran puerta de Jorge IV.
Un almuerzo con su majestad
A las dos de la tarde, los novios se suman al almuerzo que la Reina da en honor a ellos en las salas ceremoniales (el salón Waterloo, la Gran Sala de Banquetes y el salón St. George). Confeccionado por el chef del castillo, Mark Flanagan, y su equipo de veinte cocineros, el menú incluye una selección de langostinos escoceses envueltos en salmón ahumado y crema, espárragos ingleses a la parrilla con jamón de Cumbria, panna cotta de arvejas con huevos de codorniz y limón y tartare de tomates reliquia y albahaca con "perlas" de balsámico, entre otras delicias. Además, hay dos platos principales servidos en bols por los mil mozos que se unen al castillo para atender a los invitados: pollo silvestre con hongos morilla y puerros y risotto de menta, aceite de trufas y placas de queso parmesano, y cerdo de Windsor braseado, con compota de manzanas, todo regado con una rigurosa selección de vinos, champagne Pol Roger y refrescos. De postre, Su Majestad pidió al equipo que hiciera macarrones de champagne y pistachos, tarteletas de crème brûlée de naranja y crumble de ruibarbo.
UNA OCASIÓN MÁS DISTENDIDA

Ya en la fiesta, y mientras sus guests se deleitan con bocaditos elaborados con productos orgánicos y brindan con el cóctel When Harry Met Meghan, hecho con ron y jengibre, los recién casados sorprenden a todos con una nueva decisión personal. En vez de bailar el vals, "abren" la pista con un hit de Whitney Houston: "I Wanna Dance With Somebody (Who Loves Me)". Sam Totolee –el mismo DJ que musicalizó el casamiento de Pippa Middleton, un año atrás– anima la noche con temas elegidos por Harry, y Elton John, íntimo amigo de Diana, deleita a los presentes con sus canciones al piano ("Your Song", "Tiny Dancer" y "Circle of Life").

Así como William y los mejores amigos de Harry, Tom Inskip y Tom van Straubenzee, tienen palabras cálidas para los novios, Meghan también pronuncia un discurso de agradecimiento para la familia real (que incluye algunas bromas para Harry).
Un show de fuegos artificiales ilumina Windsor cerca de las once de la noche y para "cerrar" la fiesta se sirven hamburguesas –las preferidas del novio– y copos de algodón de azúcar. Para los amigos de los novios, la noche sigue en Chiltern Firehouse, la boîte más exclusiva de Londres. Quizás Harry y Meghan –que pospusieron su luna de miel a Nimibia, África, por compromisos oficiales– también fueron de la partida.
Los tiempos cambiaron y las monarquías también. El cuento de hadas continúa. Quizás algún día, Meghan, que trabajó como calígrafa para bodas y eventos en California, escriba de puño y letra: "Y fueron felices y comieron perdices".

Texto: ¡HOLA! y María Güiraldes (enviada especial)





