Benjamin Ford es un “rockstar” de la cocina y dueño de uno de los restaurantes más prestigiosos de Los Angeles
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Llegó a Uruguay para participar de la séptima edición del Punta del Este Wine Festival, que lo tuvo como estrella. Es Benjamin Ford (47), el hijo mayor del actor Harrison Ford (72), que saltó a la fama hace doce años cuando abrió Ford’s Filling Station, el restaurante que se convirtió en uno de los favoritos de las estrellas y en el que él se luce con su cocina "aventurera y "masculina". Como Indiana Jones, papel clave en la carrera de su padre, a quien Benjamin no duda en citar como una de sus grandes influencias junto a su madre, la ilustradora Mary Marquardt, que murió en 2007. "Vengo de una familia en la que el arte siempre fue importante. Siempre me dieron libertad para desarrollar mis intereres, sin importar cuál fuera mi medio de expresión", cuenta, tan pronto como se sienta a conversar con ¡Hola! Argentina, horas antes de preparar exquisiteces –a la parrilla, su método de cocción preferido– para un puñado de fanáticos del buen comer. "En mi caso, me fascina la ciencia y la alquimia detrás de la cocina, que siempre es fugaz y nunca igual".
–¿Cuándo decidiste ser chef?
–En la universidad. Yo jugaba al béisbol, llegué a hacerlo de modo profesional, pero me lastimé un hombro y tuve que dejar. Tardé un tiempo en procesarlo, hasta que decidí centrar mi atención en aquello que siempre me apasionó, que es la cocina.
–Solés citar a tu madre como una de tus grandes influencias. ¿Qué te enseñó?
–Ella tenía ese tipo de casas en las que nuestros amigos [se refiere a él y a su hermano, Willard (45)] se quedaban por dos o tres días. Era una amante de la vida y, si bien no era una cocinera profesional, hacía una lasaña y unos estofados riquísimos y adoraba tener mucha gente sentada a su mesa.
–Tu padre fue carpintero antes de ser actor. ¿El te enseñó a trabajar con las manos?
–Sí, de él aprendí a usar herramientas, a entender cómo funcionan las cosas, a amar la madera... De él también aprendí a tener una ética de trabajo, algo que quiero inculcarles a mis hijos, que ya tienen 14 y 4 años.
–¿Y cómo es preparar un plato para él?
–Muy estresante, porque es extremadamente crítico. Cuando podemos, cocinamos juntos: es algo que nos gusta mucho a los dos. Una vez, me acuerdo que estaba limpiando arvejas y me dijo: "Así no se limpian". Y yo le respondí: "No, así es como Alice Waters [una de las chefs más influyentes de Estados Unidos y su maestra] limpia las arvejas" y a él no le quedó otra alternativa que poner cara de OK. Pero no es la única persona a la que me resulta difícil cocinarle.
–¿Cuándo tomaste conciencia de la fama de tu padre?
–El momento más impactante fue cuando se estrenó la primera película. Todavía vivíamos en The Hills, en Los Angeles, en una casa de cien años que se caía a pedazos, pero veíamos el Sunset Strip, que en ese entonces tenía varios cines. Una mañana nos levantamos y en el Teatro Chino había una cola de un kilómetro para ver la película. Ese mismo día, una limousine vino a buscarnos para que fuéramos al estreno, lo que fue bastante desorientador y muy loco, pero siempre fuimos muy razonables y educados: su fama era algo que le pasaba a él, no a nosotros.
–¿Te molesta que te pregunten por él?
–Ya no más. Con el tiempo, la cantidad de palabras que dedicaban a mi padre en mis entrevistas fue reduciéndose. Ahora prácticamente ni lo mencionan porque es sabido que soy su hijo.
–A los 47, ya tenés procesada tu historia.
–Sí, me pasó algo similar a los 27, cuando empecé a cocinar desde mi instinto, que fue lo que me trajo éxito porque me "entregué" a mi pasión. Entendí que la cocina era parte constitutiva de mi existencia y me solté. Lo mismo me pasó con mi historia: cuando dejé de pelearme con el pasado y entendí que no me define, fui libre.
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