La banda liderada por Josh Homme se presentó por cuarta vez en el país; crónica y fotos
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Cuando Queens of The Stone Age sube, miembro a miembro, al escenario aún en sombras del Luna Park nadie piensa en lo que va a pasar dos horas después. Mejor. Porque dos horas de Queens of The Stone Age después, algunas cosas habrán cambiado. Josh Homme se ubica en su puesto de liderazgo, el resto en sus respectivas posiciones; "You Think I Ain´t Worth a Dollar, But I Feel Like a Millionaire" inicia el repertorio con violencia; el sonido se toma sus minutos para ajustarse al espacio. Siguen los riffs de "No One Knows", con su eco en forma de coreo y pogo masivo. El Luna Park explota.
Se comprende por qué el Luna Park explota. En realidad, hay más de una razón para comprender por qué el Luna Park explota ante la cuarta visita de los californianos: a la explicación básica que une a una banda de reconocimiento interplanetario y larga trayectoria con la demanda más o menos fervorosa de sus seguidores en el culo del mundo o no –acaso las huestes del movimiento sudamericano de hermandad sludge- se le suma la necesidad precisa de presenciar su show focalizado, fuera del marco de las grillas festivaleras y la tiranía de su tiempo y su inevitable dispersión. Y que sea en un lugar cerrado (tocaron en Cemento en 2001, cuando vinieron por primera vez en el marco de la gira de presentación de Rated R pero el resto de sus visitas fue al aire libre). Faltó que el rumor inicial de la llegada de Mark Lanegan no sólo fuera un rumor.
Paréntesis: Lanegan no vino pero sí volvió a hacerlo Alain Johannes, colaborador permanente de la banda y miembro escénico de Them Crooked Vultures, para oficiar de telonero junto a los locales Connor Questa.
Sigue "My God Is The Sun" y la efectividad del funcionamiento virtuosamente coordinado del quinteto jamás se puso en cuestionamiento pero tal vez sea el nombre de su último disco el que provoque ahora la voluntad de dirigir la atención hacia las cualidades del sistema que sí, marcha con la precisión de una máquina, incluso en sus momentos más sucios, como un relojito de bomba. Like Clockwork. El tiempo QOTSA marcado por Jon Theodore, agresivo y bestial, desde la batería, y el pequeño Michael Shuman desde la posición que alguna vez ocupó Nick Oliveri. En "Burn The Witch", Dean Fertita se desplaza de los teclados para su primer solo soberbio, Troy Van Leeuwen la distorsiona y contamina prudentemente a través de los pedales.
Antes de seguir con más clásicos, los temas del último disco interpretados en vivo ("My God Is The Sun" fue estrenado durante su última visita, en abril de 2013, cuando faltaban dos meses para la edición de ...Like Clockwork) logran dos efectos en simultáneo. La certeza de que un año y medio fue prudencial para instalarse en las mentes y oídos y la evidencia de que, por si quedaba alguna duda, no hay forma de catalogar a Queens of The Stone Age bajo los rótulos reduccionistas del rock. No hay forma de que esto sea meramente stoner. Por ejemplo, "Smooth Sailing" es un funk duro ("nihilista", dice Homme) y sexual que acerca a la banda como nunca al sonido de Eagles of Death Metal, o la balada perturbadora "The Vampyre of Time and Memory", que lo sienta al cantante por única vez en el piano.
El mecanismo se inicia en y retorna siempre hacia la figura de Homme. Siempre. Desde la densidad del aire que lo envuelve cuando se dispone a ejecutar sus instrumentos, emana una intensidad oscura y a la vez arrogante, por momentos pornográfica (no se discute en "Make It Wit Chu"), su capacidad infalible de cautivar al tiempo que despliega virtuosismo mediante las seis cuerdas. En "Feel Good Hit of The Summer" logra que un estadio entero lo acompañe a gritos en la enumeración de seis, siete drogas legales e ilegales, en "Little Sister" pide que se baile y todos se mueven en un salto al compás de otro punteo bien coreado – más cencerro, por favor.
En los dos finales, el simulado y el real de los bises, dos horas de Queens of The Stone Age después, la máquina trasciende lo corpóreo para manifestar su verdadera esencia: con la impronta estroboscópica de la iluminación, los tramos esquizoides de "Better Living Through Chemestry" elevan en trance con un jam extendido alrededor de Theodore, que tendrá su solo asesino en "A Song for The Dead" (después de que "Mexicola" -del primer disco, de 1998- retrotraiga al sonido más crudo, el del desierto infernal de la transición Kyuss) mientras Homme exige apoyo a miles de manos extendidas en forma de cuernitos. Dos horas después, a nadie le importa si viste a Queens of The Stone Age en Cemento porque los viste en el Luna Park.
Por Yamila Trautman
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