La cantante se presentó por primera vez en nuestro país; crónica y fotos del show.
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Hubo una mujer frente al piano el 6 de octubre, en el teatro Gran Rex de Buenos Aires. Iba a estar frente a otro piano; lo sabía la persona de seguridad de la puerta y lo sabía la persona del puesto de panchos de la esquina. Lo sabían de esta forma: "Hubo problemas con el piano, viste, parece que mandó a pedir otro". No importó.
Regina Spektor, cantante ruso-norteamericana, dio un recital de una hora y media que comprueba, una vez más, que lo más genuino de un país viene de otro.
El truco
Regina es, a la inversa de lo que se da generalmente en los procesos de consumo, la que canibaliza el rock desde la música culta -aprendida hasta los once años en la escuela rusa- y devuelve algo mejor. (La formación de los años previos a la Perestroika era sin duda pública, y sin duda alta). Pero también es la que enaltece cada influencia beatle, la que puede parodiar un solo de Gun´s n´Roses, la que, como uno de los integrantes de Charly y la fábrica de chocolates, es el vagabundo que entró por casualidad; las ligas mainstream no se deben haber dado bien cuenta de que superaba al género, y la hicieron entrar por la puerta pop.
Pero sí es popular: su música tiene un juego básico, además de un despliegue infinito. Tiene el merodeo de los primeros juegos vocales de cualquier infante, las escalas que se practican previas al tedio, la gracia de las palabras dichas mal –distinto-, exageradas en su acentuación o tildadas en la repetición de una vocal. Cuando la música es ritmo, y cuando el ritmo es cuerpo. Por eso da alegría; porque es capaz de recrear los principios lúdicos y el extrañamiento una vez que ya se sabe todo.
Pero, ¿sabe Regina que todo está bastante mal? Y aún más: ¿sabía en qué contexto venía a tocar? Seguramente; es exiliada.
Y dio el gran salto discográfico. Cierra a sus mejores postores por su exotismo: un padre violinista y fotógrafo y una madre maestra de música la nombran Regina. Pero da la impresión de que no va a hacer concesiones por miedo a que se termine el cuarto de hora, o si supera sus 30 años que parecen veintipico o si se cansa de las giras; bien podría hacer cualquier otra cosa que implicara música.
Pero todavía no estamos ahí. De hecho, vendió todo lo que venía a dar. La persona del puesto de panchos: "Hay más gente que para ver a Casi Ángeles ".
El encantamiento
Media hora antes, si se tenía una reserva, una podía filtrarse y escuchar que lo que se estaba ensayando sonaba igual a lo que se había escuchado por acá desde el 2005. Desarticulado, de a partes, pero con la misma calidad y potencia; con la sensación de que esa voz contemporánea y a la vez tan épica jamás va a tener una disfonía aunque juegue con ella, y de que esas manos que se apoyan de la misma manera en que se apoyaran sobre una baranda jamás van a resbalar en falso. Son habilidades incorporadas por el estudio y parecen naturales. Es escuela y esfuerzo, en desmedro de la sola "actitud" de muchas bandas, parece decir Regina: no se pierde.
Y siguió un orden, pero porque se aprendió casi todos los órdenes: primero hizo lo que venía a hacer. Comenzaron los temas de Far, disco editado el año pasado. De ahí desplegó "The Calculation",- saludo con un "gracias" susurrado como persona fuera del personaje, tímida- "Eet" y "Folding Chair". Enseguida se escucharon sus sinceros agradecimientos y disculpas por no saber comunicarse con su público en español, y llegaron "Machine" y "Laughing with", cantadas con matices melancólicos y algún skat que superó lo grabado.
Pasados algunos temas más, entró "Better" (de Begin to hope, 2006), luego "Mary Ann".
Ahí, como si dijera "me importan, pero no tengo tiempo para todo", cuando una chica le gritó: "Quiero ser madre de tus hijos", Regina-open-minded, contestó: "Eso no es físicamente posible".
Con un público dividido entre la ovación de aplausos o dejarla cantar, nos dio un "On the radio" fantástico, acentuando las paradojas que cuenta la letra. Luego, en una actitud corporal de técnica de instrumentos en labor, se fue hasta su teclado eléctrico y tocó "Dance Anthem of the 80´s".
Al rato recibió una rosa del público y dijo: "Esto es lo que vi que hacen en una tanguería". Se puso la rosa atravesando la boca. Lástima que la lleven a esa tanguería, lástima que no la lleven de paseo por los lugares que permiten que lo tradicional sobreviva. Pero tampoco importó demasiado: ahí donde se quiere sospechar por su imagen de bonita, su cuerpo ni discute con los parámteros de perfección, y ahí donde se quiere atacar su actitud ingenua aparece la fiereza de su música, tan sofisticada y vuelta tan sencilla.
Unos temas más para que agarrara la guitarra y saltara "That time", con la palabra "juicy" (jugosa) como en muchos videos; ¡Pero acá!.
Volvió el grupo de cello, violín y batería para más comienzo de esperanza con "Aprés Moi", luego buscó en el pasado "Human of the Year" y siguió "Poor Little Rich boy". Para quedarse; más allá del principio de coordinación, con una manito siguió en el piano y con la otra hizo percusión con una silla. Mientras, presentó a la banda, tan orgánica que parecían parte del piano tutor.
Nos inquietó, se fue un rato, temimos por el piano y cuando volvió sentimos que iba a empañarse algo con la escenografía, porque se dispararon luces como estrellas tipo obra de teatro, pero por suerte se apagaron para que sonara "Music Box" y "Man With a Thousand Faces", tan cargadas de metáforas.
Ahora se iba en serio, era triste: una anécdota y la voz desde las entrañas para "Samson", gentileza amorosa y ligereza clásica para "Us" y picarezca para "Fidelity" y "Hotel Song".
Claramente le cantó a un público similar al que parecería tener en mente; aquél que si quiere, puede proveerse de Escuela, pero al que le faltan los fondos para mostrarlo.
Por Lorena Tcach










