Tabula Rasa: las fascinantes trampas de la memoria
Tabula Rasa (Bélgica, 2017). Creadoras: Veerle Baetens y Malin Sarah Gozin. Elenco: Veerle Baetens, Stijn Van Opstal, Gene Bervoets, Hilde Van Mieghem, Cécile Enthoven. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: muy buena.
La memoria como caja de resonancia de intrigas y revelaciones ha sido el deleite de numerosas ficciones, desde las más evidentes odas a los amnésicos como la surrealista Cuéntame tu vida o la magistral Mulholland Drive, hasta juegos temporales como Memento o deconstrucciones de género como la saga Bourne. Tabula Rasa tiene algo de ello, aunque su espíritu se aleja lentamente del realismo de los recuerdos para internarse en la ambigüedad de la paranoia.

De origen belga y disponible en Netflix , Tabula Rasa cifra su unidad, pese a los múltiples elementos que conjuga, en la mente de Annemie D’Haze, una mujer que sufre de pérdidas de la memoria reciente, a la que encontramos internada en una institución psiquiátrica. Sin ser nunca el punto de vista, Mie –como ella quiere que la llamen– se convierte en nuestro punto de referencia: son sus recuerdos dispersos, mezclados con sueños y alucinaciones, los que estructuran el relato, y es la excelente actuación de Veerle Baetens (quien además es la creadora de la serie) la clave a partir de la cual se despliega una creciente ambigüedad sobre su pasado y su indescifrable condición.
Mie no recuerda demasiado de los últimos meses de su vida. Su madre y su marido la visitan apenas como extraños, teje nuevos vínculos con los otros pacientes del sanatorio, recibe complicidad y asistencia de una psiquiatra y el insistente hostigamiento de un policía que intenta resolver la misteriosa desaparición de un hombre. Ese hombre es Thomas De Geest, a quien Mie ha conocido en su elusivo pasado pero del que solo recuerda escenas y fragmentos que registra febrilmente en un cuaderno y oculta astutamente a su inquisidor. En ese vaivén entre presente y pasado, entre mentira y verdad, la memoria de Mie se agita como un péndulo que descubre y esconde, que intenta descifrar las pistas de aquello que el olvido le ha regalado como enigma.
Tabula Rasa despliega sus cartas de manera gradual, aún a riesgo de que el espectador ansioso se canse y abandone el barco. Sin embargo, esa es una de sus virtudes, ya que consigue cambiar de signo muchas asunciones sin que los nuevos caminos sean fruto de caprichos. Sí es cierto que a veces parece sumar demasiado: un guardabosque amenazante, una niña de apariencia poseída, misteriosas apariciones nocturnas, incipientes infidelidades, lazos familiares forzadamente casuales. No obstante, lo que nos mantiene cautivos de Tabula Rasa es esa imperceptible frontera entre lo real y lo alucinado en la que transita Mie, y cómo la memoria escrita y recobrada solo adquiere fuerza de realidad mediante el magnetismo de la puesta en escena.
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