Chango Spasiuk
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El chamamé moderno sin obsesiones vanguardistas
Chango Spasiuk transmite la sensación de haber superado la limitación del "joven acordeonista con onda", en favor de una estatura musical que lo contiene sin sobreexponer su virtuosismo. En Tarefero de mis pagos (en Misiones se llama "tarefero" al que cosecha artesanalmente la yerba, valiéndose de una tijera) utiliza una suerte de octeto folclórico de cámara para recorrer el riquísimo mapa artístico y emocional de la música litoraleña. Y lo hace sin obsesiones vanguardistas ni pintoresquismo distante. Las descargas experimentales (en "Búsqueda", por ejemplo, con el notable aporte del violinista Víctor Renaudeau) no implican una complejización del chamamé tradicional sino –más bien– un "desarme" de las estructuras elementales del género. Hay canciones bellísimas ("Mi pueblo, mi casa, la soledad", conmovedora, aun sin fijar un eje geográfico para la nostalgia), diálogos musicales con los próceres (Tránsito Cocomarola) y modernidad sin mayúsculas. El público que suele aprobar el chamamé cuando viene de París (Raúl Barboza) o está revestido de progresismo político (Teresa Parodi), se encontrará aquí con los lejanos sonidos de la tierra colorada, aunque Spasiuk también tiene con qué satisfacer el esnobismo porteño: es rubio, tiene apellido ucraniano y fue premiado en Inglaterra.








