Trump está envalentonado después de la operación en Venezuela, pero tal vez no le dure
El presidente norteamericano puso en marcha un proceso de cambio que no puede controlar del todo
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WASHINGTON.– Nada excita más a un presidente norteamericano que poder usar el arrollador poderío militar de Estados Unidos. Es lo que se percibía en la exultante voz del presidente Donald Trump el domingo a la noche, cuando habló con la prensa sobre los operativos de los últimos días en Venezuela.
Pero esa sensación de poder en estado bruto trae consigo una embriaguez que ha desestabilizado a casi todos los gobiernos norteamericanos de las últimas tres décadas. Y es una pendiente muy resbaladiza, especialmente para un mandatario como Trump, que se considera más inteligente y duro que todos sus predecesores, y que parece convencido de que puede hacer lo que quiera —con otros presidentes, con otros países y con sus recursos— sin pagar ningún precio. El mundo no funciona así.
Tras la impactante operación de las fuerzas especiales que arrebató al presidente Nicolás Maduro de su búnker en la madrugada del sábado, Trump habló como si su poder no tuviera límites: Cuba “parece a punto de caer”; Colombia “es gobernada por un hombre enfermo, que no va a durar mucho”; adora a la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, “pero los que gobiernan México son los carteles”, así que quiere enviar tropas norteamericanas; y en cuanto a Groenlandia, territorio de Dinamarca, miembro de la OTAN, la codicia, pero dice que no puede hablar de eso hasta dentro de 20 días.
La presidencia es una tentación muy fuerte, que lleva a extralimitarse hasta a los políticos más cautelosos, y Trump de cauteloso no tiene nada. Se ha propuesto reordenar la realidad, tanto en Estados Unidos como en el extranjero, de arriba abajo. Podría decirse fácilmente que ese tipo de pensamiento es delirante, narcisista o dictatorial, pero Trump parece convencido de que está de racha, y la mayoría de los demás países —con las notables excepciones de Rusia y China— no han ideado una estrategia para contenerlo.
Venezuela ilustra una faceta de Trump que suele pasarse por alto: Trump lanza sus campañas con el ímpetu de Teddy Roosevelt, pero después el seguimiento es débil, desorganizado. Y la extraña verdad es que a pesar del impresionante despliegue de poderío militar del sábado, en Caracas no ha habido un cambio de régimen, y la que sigue dirigiendo el país es la misma banda de narcos y de operadores políticos de izquierda, aunque sin su antiguo capo.
Depende cómo se lo mire, ese podría ser el mejor o el peor aspecto de esta operación militar. Sí, Maduro está en una prisión federal en Brooklyn, pero el gobierno de Trump dice públicamente que está trabajando con la sucesora que Maduro eligió personalmente, Delcy Rodríguez, quien el domingo por la noche declaró: “Invitamos al gobierno de Estados Unidos a trabajar con nosotros en una agenda de cooperación”.
El gobierno de Trump viene hablando secretamente con Rodríguez sobre una transición post-Maduro desde hace meses, según informó el lunes el Financial Times, donde también hay una opinión sobre Delcy Rodríguez de Ali Moshiri, un exejecutivo de Chevron que ahora espera invertir en proyectos petroleros en Venezuela: “Es una mujer muy calificada, conoce bien el negocio petrolero y también la flexibilidad que piden los inversores. Podría liderar una administración de transición, pero que Estados Unidos la ayude, especialmente con un alivio de las sanciones”.
Nominalmente, Rodríguez tiene el poder, y también la confianza del secretario de Estado norteamericano Marco Rubio, el “Virrey de Venezuela”, como lo apodó el diario The Washington Post. Pero en Venezuela, las botas en el terreno siguen respondiendo al ministro de Defensa, Vladimiro Padrino López, y al ministro del Interior, Diosdado Cabello, ambos imputados como coconspiradores en la acusación por narcotráfico presentada en 2020 contra Maduro y otros funcionarios. En la acusación formal revelada el sábado y que desencadenó el arresto de Maduro y su esposa, los cargos contra Padrino fueron levantados.
Trump seguramente espera que esos narcos cooperen bajo la amenaza de lo que él llama “una segunda oleada” del ejército norteamericanos. Pero, ¿serán realmente socios de Estados Unidos en la transición hacia unas elecciones democráticas que todavía están muy lejos? ¿Están Trump y Rubio relegando a la oposición democrática encabezada por María Corina Machado a papel de meros espectadores? Parece un uso equivocado de poder de Estados Unidos.

“Me parece que se equivocaron en su conclusión de que la oposición no era competente para gobernar el país y que les convenía más trabajar con Rodríguez, y no tengo claro con qué fin lo hicieron”, apunta Elliott Abrams, supervisor de la política hacia América Latina durante el gobierno de Ronald Reagan y actual miembro senior del Consejo de Relaciones Exteriores, un centro de estudios con sede en Washington.
Jack Devine, exoficial de alto rango de la CIA para América Latina, apoya la política de Trump hacia Venezuela, pero explica que un verdadero cambio de régimen habría llevado más tiempo, con la larga planificación de un golpe de Estado y la necesidad de ganarse el apoyo de una porción decisiva del ejército venezolano. Devine anticipa “una etapa de transición tensa, pero necesaria”, hasta las próximas elecciones.
“En lo inmediato, nosotros no tenemos la capacidad de poner en el poder a la oposición democrática, pero las fuerzas militares y de seguridad tampoco tienen la capacidad de resistirse a Trump”, argumenta el exespía. Por ahora, dice Devine, “estamos jugando las cartas una por una, día a día, y ante esa presión constante, el actual gobierno terminará cediendo.”
El aspecto más fantasioso de la política de Trump tal vez sea su pretensión de que las vastas reservas petroleras de Venezuela puedan ser rápidamente absorbidas por empresas norteamericanas. Varios experimentados ejecutivos petroleros me comentaron que esa noción parece ignorar lo largo y costoso que será impulsar la deteriorada industria venezolana, y las pocas empresas que querrán asumir ese desafío…
El gobierno de Trump ya empezó a contactar a las grandes petroleras para instarlas a invertir en Venezuela, y un ejecutivo del sector dice que la Casa Blanca le dio a Rodríguez unos días de plazo para modificar la legislación petrolera de Venezuela y así facilitar la llegada de esas empresas.

Pero el lunes un exCEO de la industria me advirtió que dada la inestabilidad actual “las juntas directivas responsables no van a aprobar inversiones en Venezuela”. Trump puede ofrecerles protección militar a las petroleras, “pero ningún CEO va a aprobar planes que pongan en riesgo la vida de sus empleados, señaló.
El violento proceso de cambio que Trump puso en marcha en Venezuela tendrá repercusiones que escapan a su control. En Nueva York, algunos aliados de Estados Unidos dentro del Consejo de Seguridad de la ONU, incluida Francia, condenaron su accionar.
Nicolás Maquiavelo, el realista supremo, señalaba que “uno puede ir a la guerra cuando quiere, pero no siempre puede retirarse cuando quiere”. Ese precepto quedó escrito con sangre en Irak y Afganistán, y Trump lo había proclamado como piedra angular de su política exterior. Ahora, sin embargo, parece destinado a tener que aprender la lección por sí mismo.
Traducción de Jaime Arrambide
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