Club Belgrano: la quinta familiar que se convirtió en el corazón del barrio
Entre pileta y frontón, los recuerdos de la infancia conviven con los encuentros actuales, manteniendo viva la tradición, el deporte y la memoria en el corazón de Belgrano
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Hace calor y el verano cae de lleno sobre Buenos Aires. El 6 de febrero de 1939, una fila de chicas posa para las cámaras de los medios de la época en la pileta del Club Belgrano. Sentadas sobre el borde, con los pies descalzos tocando el agua, visten trajes de baño enterizos, cerrados, que terminan en un shortcito. La imagen captura algo más que una postal veraniega.
La escena quedó registrada en una fotografía que hoy funciona como una cápsula del tiempo. Para entonces, el Club Belgrano ya llevaba varias décadas de vida y se había consolidado como una institución central del barrio, con una intensa actividad social, deportiva y familiar.

María del Carmen Poleman de Gómez, socia del Club Belgrano desde siempre y actual integrante de la comisión de patrimonio, no duda cuando habla de la pileta. “Ahí aprendí a nadar”, dice a LA NACION, y la sonrisa se le dibuja de inmediato, mientras aparecen otros recuerdos: las fiestas, la comida, los bailes alrededor del agua. “Había platos que eran típicos de la pileta: el jamón bikini, los tomates rellenos, el bife bronceador. Todo tenía nombre de pileta”, recuerda entre risas.


Esa pileta no era un detalle menor. Inaugurada el 1° de enero de 1929, medía 33,33 metros de largo por 12,50 de ancho, con una profundidad máxima de 3,50 metros, y sus dimensiones la ubicaban entre las más importantes de la ciudad para la época. El arquitecto D. A. Bilbao La Vieja incorporó innovaciones poco habituales, como doce focos subacuáticos y salvaderas a lo largo de todo el contorno, una señal temprana de la preocupación por la seguridad de los socios.

Hay una anécdota que todavía la divierte. Cuando la pileta se inauguró, en 1929, era solo para hombres. “A las mujeres las dejaron entrar recién cuatro años después, dos veces por semana y separados”, cuenta Poleman de Gómez. Durante esos días, el club colocaba lonas alrededor para evitar miradas. “Una vez, unos muchachos se subieron a unas gradas en la terraza para espiar. Las gradas se cayeron y quedaron al descubierto. Se armó un lío bárbaro, los suspendieron y todo el mundo se enteró”, agrega.
Antes de ser pileta, deporte y vida social, el Club Belgrano fue tierra. Barranca. Quinta. Un paisaje muy distinto al actual, cuando el río avanzaba más cerca y el barrio era apenas un borde entre ciudad y campo. Las tierras donde hoy se ubica la institución tienen raíces que se remontan a la segunda fundación de Buenos Aires. En 1580, Juan de Garay repartió entre los primeros pobladores las llamadas “suertes de chacras”, parcelas dedicadas a producir alimentos para la ciudad naciente. La manzana que ocupa el club quedó dentro de ese reparto temprano, en lo que entonces se conocía como los Pagos de la Costa o Montes Grandes.
Con los años, el terreno se transformó en una gran casa quinta que dominaba el paisaje. La vivienda principal, de ladrillo y cal, con mirador, galerías y amplios jardines, figura en censos y escrituras de la época. Allí residió la familia Corvalán durante décadas.
Rafael Jorge Corvalán, edecán y secretario privado de Manuel Dorrego y de Juan Manuel de Rosas, y su esposa, fueron figuras destacadas del barrio, reconocidos por su influencia en la vida social de la zona. La fachada original de la casa se conserva intacta hasta hoy dentro del predio, que más tarde sería transformado en un lugar de encuentro y deporte.
“La casa del club conserva la arquitectura diseñada por el prestigioso arquitecto Juan Antonio Buschiazzo en 1876”, comenta Juan Pablo Fernández, actual vicepresidente del club, y agrega: “Por decisión institucional y siguiendo recomendaciones de especialistas, la estructura se mantiene sin remodelaciones modernas, preservando su valor como testimonio histórico de la Argentina”.
Entre los aspectos que se conservan del casco original destacan tres puntos principales. Primero, el diseño de Juan Antonio Buschiazzo, responsable también de obras como el actual Museo Sarmiento. Segundo, la ubicación y evolución del predio: la casa actual reemplazó a una construcción anterior en el mismo terreno donde Corvalán vivía desde 1843, manteniendo así la continuidad histórica del lugar. Y tercero, su valor como patrimonio cultural, ya que la casa conecta al público con momentos clave de la historia argentina, incluyendo la formación de la Constitución Nacional, y se mantiene abierta para que todos puedan conocer este vínculo histórico.
Por eso, el club ha decidido preservar estas áreas sin cambios, conscientes de que la fachada y los interiores son testigos de décadas de historia: desde los años veinte y treinta, pasando por la crisis que redujo parte del terreno, hasta las etapas posteriores que consolidaron la institución como referente social y deportivo de Buenos Aires.
Años después, un grupo selecto de hombres de la sociedad porteña decidió transformar estas tierras en un club social y deportivo. La intención no era solo practicar deportes: el Club Belgrano se concibió como un espacio exclusivo para reuniones, juegos de cartas y encuentros de la élite. Al principio, estos amigos alquilaron la propiedad y, con los años, pudieron comprarla. En 1909, el club se llamó Círculo de Belgrano; al adquirir la personalidad jurídica, pasó a denominarse Belgrano Social.
Víctor Bó, actor y productor de cine argentino, socio desde la panza de su mamá, trae consigo historias que mezclan intimidad familiar y secretos del club: “Mi abuelo, dueño de los estudios San Miguel y de La Salada, hizo una donación que salvó económicamente al club. La condición fue que nunca se supiera. Y yo lo estoy contando ahora, pero todavía hay viejos socios que lo recuerdan”. Entre anécdotas y curiosidades, agrega un detalle sobre la vida social de la institución: “Tengo muchísimas historias, pero una curiosidad es que los socios del Club Belgrano podían ingresar al Jockey Club y viceversa”.

El club se hizo famoso también por sus deportes de élite. Bó relata: “Hice todos los deportes habidos. La sala de esgrima era conocida: de allí surgieron los hermanos Luchetti, medallistas olímpicos. También había polígono de tiro, boxeo y la cancha de pelota paleta, única en Argentina. Incluso se filmó allí una película: No toquen a la nena”.
Los jardines del Club Belgrano no solo guardan historia deportiva: también fueron escenario de ficciones como Rebelde Way de Cris Morena y El Encargado, con Guillermo Francella, donde cada rincón cobra vida frente a cámara.
Hacia 1920, el Club Belgrano no solo era un espacio de reuniones sociales: también era territorio de esgrima y gimnasia, disciplinas que marcaban quién tenía lugar en la clase alta de Buenos Aires. La Sala de Armas, codiciada por los socios, era un escenario donde el poder adquisitivo y el estatus social se manifestaban en cada movimiento de florete y cada paso en el suelo de parquet.

La práctica de esgrima en el club estaba íntimamente ligada a otro sitio emblemático de Belgrano: la Casa del Ángel, propiedad del doctor Carlos Delcasse, político y apasionado por los deportes. Allí los socios entrenaban, se perfeccionaban y compartían esfuerzos y conversaciones, integrando dos espacios que eran espejo y prolongación del barrio. Entre saltos, embestidas y golpes de sable, los vecinos también acudían a la Casa del Ángel, hoy ya demolida, para practicar esgrima, consolidando así un circuito deportivo y social que marcaba la identidad de la zona.
Y entre estas paredes, donde se entrenaba esgrima y boxeo, la vida del club no solo se contaba en medallas y entrenamientos: también se vivieron momentos que hoy parecen sacados de una película. El murmullo se apaga de golpe. En el centro del club, dos hombres se miden con la mirada. Uno es Luis Ángel Firpo, el Toro de las Pampas: campeón argentino y sudamericano de boxeo, a punto de viajar a Estados Unidos para pelear por el título mundial frente a Jack Dempsey. El otro es Enrique Wilkinson, socio del Club Belgrano, el único que se animó a subir al ring en una exhibición.
Es la década del veinte y el boxeo convoca multitudes. Esa noche, antes de que Firpo protagonice la “pelea del siglo”, el club se convierte en escenario de un combate que no entrega cinturones ni gloria oficial, pero sí algo más duradero: la confirmación de un carácter. En Belgrano, estas leyendas todavía se cuentan, entre los ecos de las fiestas, los partidos de esgrima y las reuniones de amigos en el quincho.


Sin embargo, la vida del club no siempre estuvo marcada por la fama y el esplendor. En la década del treinta, la crisis económica golpeó con fuerza. El club, que recientemente había logrado comprar el predio, se encontró incapaz de afrontar los pagos de los préstamos bancarios y los bonos que había emitido para la compra. La solución fue dolorosa: vender tres cuartas partes de la manzana para cubrir las deudas y mantener viva la institución. Hoy, ese recorte explica por qué el club quedó como un pulmón verde, rodeado de edificios, en el corazón de Belgrano.
A pesar de la crisis de la década del treinta, que obligó a vender gran parte del terreno, el Club Belgrano supo levantarse y mantener sus tradiciones generación tras generación. Entre los espacios que sobrevivieron y consolidaron su identidad se encuentra la cancha de pelota paleta, o frontón, inaugurada oficialmente en 1920. Con más de 106 años de historia, este frontón simboliza la continuidad de las prácticas deportivas que han definido a la institución desde sus comienzos.
Construido poco después de que el club alquilara la propiedad actual en 1919, en un momento de gran prosperidad económica para el país, el frontón se convirtió rápidamente en un espacio central dentro del club. Los socios que practican este deporte, conocidos como “pelotaris”, consideran jugar allí un ritual sagrado que se transmite de generación en generación. Pero la cancha no es solo para entrenar: también funciona como punto de encuentro intergeneracional, donde jóvenes de 20 años comparten el espacio con socios de 80, manteniendo viva la comunidad y reforzando las tradiciones que hacen del Club Belgrano un lugar único en la memoria del barrio.

Entre estos muros y bajo la sombra de la cancha de pelota paleta, también se forjaron recuerdos personales que atraviesan generaciones. Maru Botana, empresaria y figura reconocida, creció literalmente dentro del Club Belgrano. Para ella, el club no era solo deporte ni espacios emblemáticos: “Fui al Club Belgrano desde que nací hasta que me casé. Es una parte enorme de mi vida”, recuerda.

Los domingos eran un ritual familiar para Maru: “Almorzábamos todos juntos en el comedor: mis abuelos, mis tíos, toda la familia. La suprema a la Maryland no me la olvido más”. La comida también dejó huella: “En el bar era famosa la quesada completa, en pan pebete, con huevo, jamón, tomate y queso de los dos lados. También estaba la pizzeta, los tostados, el Jorgito… Tomábamos el té con mis amigas, como un té de abuela, con tostadas, queso crema y dulce. El mejor programa del mundo”.
Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, también guarda una historia personal ligada al Club Belgrano. “Yo iba al Club Belgrano desde chico porque mis abuelos eran socios. Era parte de la vida familiar. Tengo muy buenos recuerdos de mi infancia en el club”, comparte en diálogo con este medio.

Las canchas de tenis del Club Belgrano, presentes desde los primeros años, se convirtieron en un espacio donde deporte, tradición y sociabilidad se entrelazan. Allí crecieron generaciones de jugadores, desde jóvenes aprendices hasta socios experimentados, entrenando con profesionales y participando en ligas internas y torneos del club.

Los Cerúndulo son un ejemplo de esa continuidad: Francisco y Juan Manuel se formaron en estas canchas, mientras su padre, Alejandro Cerúndulo, socio de larga data, recuerda: “Hace muchos años que soy socio. De hecho, llevo casi 30 años casado con María Luz y, por supuesto, en todo ese tiempo viví junto a mi familia infinidad de historias ligadas a nosotros y al club”. Hoy, esas canchas siguen activas, combinando formación deportiva, convivencia entre generaciones y memoria del barrio.

Actualmente, el Club Belgrano sigue respirando historia con sus 1.300 a 1.500 socios. En sus pasillos y rincones, circulan anécdotas y leyendas urbanas: el supuesto túnel que conecta la casa de los Lacroze con la sala de póker, el casino, los juegos clandestinos. Son historias que se cuentan una y otra vez, aunque nadie tenga pruebas… pero a todos les gusta creer.
Entre sus rincones, el tiempo parece suspenderse: el ombú en el centro del predio extiende su sombra sobre la tierra que vio crecer generaciones, mientras el mirador vidriado se alza como centinela del pasado, con su escalera de caracol y puertas y herrajes originales que aún brillan bajo la luz del sol.


Desde allí, algún día se miraba llegar a los barcos; hoy, se observa cómo la vida del club continúa: risas de chicos, charlas de socios, partidos de tenis y pelotas que rebotan en la cancha. Cada detalle, las piedras, los sonidos, los olores, conecta el presente con más de ciento diecisiete años de memoria viva.
En el Club Belgrano, la historia no solo se recuerda: se vive, se juega, se celebra y se comparte, generación tras generación.

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