Distintos pero iguales: el error común que se comete en la infancia y nos atormenta en la adultez
Mucha gente, en la infancia, pierde la diferenciación y esto genera que queden excluidos, que se sientan distintos, como que no encajaran
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Te invito a reflexionar sobre un tema acerca del cual he recibido muchas consultas. Se refiere al hecho de que muchos, cuando eran niños, siempre estaban solos, permanecían como aislados porque nadie jugaba con ellos. Y, por consiguiente, no se sentían amados por los demás.
Todas las personas poseemos dos características que describo a continuación:
- La diferenciación, la individualidad, eso que nos hace únicos. Cada uno de nosotros es distinto del resto.
- La igualdad. Pero, a la vez, todos tenemos un yo grupal, un sentido de “manada”, de pertenencia.

Mucha gente, en la infancia, pierde la diferenciación y esto genera que queden excluidos, que se sientan distintos, como que no encajaran. Cuando se forma un grupo (una manada), se hace en función de “lo igual que compartimos”. Supongamos que voy a la cancha a ver un partido; allí, no voy a sacar de mi mochila un libro y comenzar a leerlo. Si lo hiciera, estaría marcando una diferencia notoria, lo cual no me permitiría ser parte de la manada. El grupo me percibiría como alguien extraño, ajeno, y me excluiría.
En estos casos es donde aparece la sensación de que “No me quieren”, “No encajo”, “Soy distinto”, “Soy tímido”, etc. En realidad, esto no significa que uno esté “fallado”, sino más bien que se produce la exacerbación de la diferenciación, lo cual trae como resultado la pérdida de la manada y que uno se sienta distinto, aislado, no querido, no tenido en cuenta.
Tal vez, cuando eras chico/a, mientras todos jugaban en el patio de la escuela, vos te quedabas leyendo en el aula; o quizás mientras todos compartían la lectura, vos preferías salir a caminar solo/a. Entonces, es importante tener en cuenta que, por mucho tiempo, nos hicieron creer que somos distintos o especiales al decirnos: “Vos sos único. Hacé lo que pensás que es mejor. No sigas a la manada”.
Sin embargo, no deberíamos perder de vista que también somos iguales. Si sos mamá o papá y tenés que hablar con tus hijos, podrías sugerirles: “Vos jugá como los demás. Si todos juegan a la mancha, unite a ellos. No te quedes leyendo, por ejemplo, en ese momento”. Esto es importante, porque ser iguales nos permite ver al otro como un par y sentirnos parte de la manada. Es decir, alguien que no es ajeno, distinto o extraño que puede lastimar a los demás, sino que es parte de un todo.
Normalmente, cuando estamos en una fiesta, todos queremos divertirnos. Nadie se queda en un costado marcando la diferencia.
Para vivir la vida en plenitud y disfrutarlo todo, es fundamental que aprendamos a tener un balance. Claro que somos distintos, pero también somos iguales. Es necesario estar dispuestos a accionar y compartir en grupo con los demás.
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