Crímenes, promiscuidad y ley de la selva: revelan cómo era la noche en la capital del Imperio Romano
Cuando el sol se escondía, la ciudad era un descontrol donde cada cual se cuidaba a su manera; qué hizo el emperador Augusto ante esto
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Al caer la noche, la capital del Imperio romano se transformaba en un territorio sin ley. Al anochecer las calles se convertían en un hervidero de bandas criminales, ruidos ensordecedores de carruajes y el constante riesgo a recibir el contenido de un orinal desde las alturas. ¿Era la noche un espacio de libertad o una sentencia de muerte para quien se atreviera a caminarla?
La revista académica Florentia Iliberritana de la Universidad de Granada mostró estudios sobre las noches en Roma y sus peligros. Si bien la vida nocturna era vibrante y llena de actividad, también presentaba una ambigüedad: uno podía salir en busca de diversión y terminar malherido.

Por una parte, estaba el escape de las restricciones y la cotidianeidad del día, donde espacios como tabernas, banquetes privados y actividades que trasgredían la ley permitían a las personas de diversos sectores divertirse y experimentar su libertad de forma temporalmente permitida. Por un momento, las clases sociales se difuminaban levemente y uno podía relajarse y divertirse.
Por otro lado, la noche también estaba marcada por inseguridad, hechos violentos como robos y altercados entre bandas, crimen y desorden social.
Según el estudio, entender estas formas, actividades y comportamientos implica comprender el funcionamiento de la sociedad en la época y cómo se veía reflejado en lo más profundo de la ciudad. La noche permitía observar lo que el día ocultaba: “Las contradicciones del orden legal, la fragilidad del poder institucional, las tensiones de clase y las estrategias de supervivencia de los sectores más vulnerables”.
En la noche: la ciudad al descubierto
El artículo detalla cómo la arquitectura urbana de la antigua Roma facilitaba los peligros de la noche. Con sus callejones estrechos, poca iluminación y falta de patrullas de vigilancia, eran los espacios perfectos para los asaltos y robos que ocurrían cuando la oscuridad tapaba la ciudad.
Entre la embriaguez y la promiscuidad, las fiestas incluían consumo excesivo de alcohol, lo que aumentaba la desinhibición y los comportamientos peligrosos, perturbando la paz y el orden público.
También se mencionan bandas numerosas de hombres jóvenes que deambulaban buscando conflictos y peleas, frecuentemente atacando a quien se les cruzara por la calle. Incluso el emperador Nerón, según el historiador Suetonio, se disfrazaba para no ser reconocido, aunque alguna víctima lo recuerda, luego de ser golpeada, herida y arrojada a la cloaca frente a la resistencia.

Las bandas a veces estaban compuestas por miembros entrenados como gladiadores o exsoldados, quienes empleaban un rol de guardaespaldas de los hombres más adinerados o solo empleando miedo y terror para quien estuviera en la rambla. También surgía la pelea entre jóvenes de élite y plebeyos, las cuales eran comunes y generalmente concluían en violencia física.

Por otro lado, las personas que vivían en las insulae -edificios de apartamentos de varias plantas que albergaba a la población de clase media y baja- arrojaban el contenido de sus orinales por la ventana, lo que era un desastre para la higiene pública.
Al contrario de lo que uno podría pensar o ver en una película, la noche romana no se destacaba por su silencio: es que la Ley Julia Municipal prohibía la circulación de carros de mercancía durante el día hasta el anochecer con el objetivo de no colapsar las calles y permitir que la gente circule tranquilamente.

Las únicas excepciones de esta norma eran “los carros profesionales, los dedicados a la celebración de los triunfos militares, los carruajes para juegos públicos y los que llevaban materiales de demolición de edificios públicos”, según menciona el artículo.
Como resultado, los suministros necesarios para la ciudad se desplazaban durante la noche. De esta manera, las ruedas de los carros con llantas de hierro dejaban huellas en las calles empedradas de la ciudad, acompañado de los gritos de sus transportistas, quienes interrumpían el sueño de aquellos que intentaban dormir.
El estudio también señala que aquellos que tuvieran los recursos para contrarrestar estas amenazas, se encontraban acompañados en todo momento de un criado con antorcha y aunque fueron bastante utilizadas al principio, su uso quedó relegado a ceremonias importantes como bodas o funerales. Sin embargo, otros métodos de iluminación incluían velas, lámparas de aceite y candelabros, entre otras.
¿Cuál era la respuesta del estado frente al crimen?
El artículo destaca que Roma no contaba con un cuerpo policial que mantuviera el control público y la seguridad de los ciudadanos. En la época republicana el orden de la ciudad quedó en manos de los aediles, un grupo lo más parecido a policías. Sin embargo, en paralelo, durante la vigilancia nocturna los tresviri noc-turni o capitales eran pocos en números, pero prostitutas, esclavos y marginados quedaban bajo su orden. Sin embargo, nunca ofrecieron una protección real.
Con la llegada de Augusto -emperador romano-, la situación mejoró dado que creó cuerpos como las cohortes urbanas, que funcionaban como una especie de fuerza paramilitar para controlar a la multitud y el orden público.

Los vigiles, el cuerpo de bomberos que prevenían crímenes menores y captura de criminales, llegó a tener 7000 efectivos. Por otro lado, la guardia pretoriana era la encargada de garantizar la seguridad del emperador e investigar crímenes contra el Estado. A pesar de esto, la vida en la ciudad era irregular y peligrosa.
Los marginados y sus rituales
En la noche, los cementerios eran considerados lugares de mal augurio, pero también escenarios de funerales de los más pobres y de niños, que elegían ese momento por superstición.
También se podía encontrar a mujeres practicando brujería o nigromancia, agarrando hierbas y huesos para sus hechizos. En este contexto, la oscuridad permitía las actividades ilegales como la prostitución y los baños públicos.
El artículo plantea que la noche romana no era simplemente un periodo de peligro y criminalidad, sino un espacio social autónomo y una categoría cultural compleja que revela la verdadera esencia de su civilización.

Mientras que para los sectores vulnerables representaba un escenario de supervivencia y tensiones de clase que desafiaban el orden institucional, para las élites funcionaba como un refugio de calma dedicado a la reflexión intelectual.
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