Polémica en las redes. La intensidad de los cuidados en Twitter

Gustavo Noriega
Gustavo Noriega PARA LA NACION
Crédito: DPA
(0)
23 de abril de 2020  • 00:39

Si estamos viviendo una época intensa, en las redes esa intensidad se da al cuadrado. Siendo un espacio que magnifica las discusiones y las preocupaciones públicas, este estado de excepción –y la posibilidad de estar más tiempo dando vueltas por Internet—hace que se puedan leer las cosas más extremas. Uno de los tópicos muy propenso a la exageración es el de los cuidados que deben practicarse al contactarse con el mundo exterior durante la cuarentena.

Una nota del New York Times reproducida en LA NACION hace unos días ponía un poco en cuestión todas esas exageraciones y se convertía en un llamado al sentido común. Como tal, fue recibido en las redes con cierta frialdad. Cuando uno se expresa en la tuitósfera, el sentido común es el menos común de los sentidos (Bueno, en el mundo real también).

La nota explica con claridad y fundamentos que no vale la pena cambiarse la ropa ni bañarse una vez que alguien haya salido de la casa (a menos de que una persona infectada le haya estornudado encima, por supuesto), que sería muy raro que el virus llegue en una carta, en un paquete o en el diario y que los cuidados tradicionales –distancia, lavado de manos y ahora tapabocas—alcanzan y sobran para cubrir la enorme mayoría de las eventualidades que pueden ocurrir cuando se interactúa con el temido mundo exterior.

La pandemia ha entronizado inesperadamente a la pregnante lavandina como reina de muchos de los hogares. Miles de esforzados y temerosos internautas cumplen con el imperativo higiénico usando este poderoso –y oloroso—disolvente de sustancias orgánicas. Claro, entre las sustancias orgánicas que puede disolver la lavandina se encuentran la comida que se quiere desinfectar, los billetes con que la pagamos, la ropa y hasta la propia piel de los ultraprecavidos.

Por suerte, algunos tuiteros recuerdan que el remedio puede ser peor que la enfermedad, como quien avisa que comer algo embebido en lavandina quizás no sea la mejor defensa contra el coronavirus.

Ahora bien, si la salida a la verdulería o al supermercado es un inquietante viaje a La Otredad, el encuentro con el delivery es otra prueba de fuego, en la que se juegan dos amenazas. La primera es que el muchacho que viene a traer la pizza, las empanadas o algún capricho del momento –enfundado en barbijo, guantes y sosteniendo la bolsita con la última falange del dedo índice— puede ser tranquilamente el coronavirus mismo, dispuesto a avalanzarse sobre tu sistema respiratorio. ¿Qué puede hacer uno ante semejante Chernobyl con patas sino despojarse de todo y rezar porque el contacto no haya sido letal?

La otra es la del moralismo imperante, que ve con malos ojos hacer mover la rueda de la economía desde la comodidad y seguridad del hogar para satisfacer deseos menores:

Como señala el economista Lucas Llach en una buena síntesis "la paranoia es menos peligrosa que la subestimación pero más peligrosa que la verdad". Es cierto que cuanto más cuidados tomemos, menor va a ser la posibilidad del contagio. Sin embargo habría que hacer un cálculo de costos y beneficios y quizás verifiquemos que con algunas de las medidas más extremas estemos corriendo apenas unas centésimas una posibilidad de por sí muy baja a un costo emocional demasiado alto. Y con el riesgo de disolver las grandes directivas fundamentales en un mar de miles de cuidados imposibles de abarcar sistemáticamente.

En definitiva, la mejor aproximación a la epidemiología siempre es probabilístico. Los contagios se producen con una determinada probabilidad y esa probabilidad depende de las condiciones en que se desarrollan los acontecimientos. Si nos tose en la cara una persona portadora del virus la probabilidad de ser contagiado es considerable (aunque ni siquiera alta y la de enfermar aun menor). Cualquier otra situación es muchísimo más improbable y se soluciona lavándose las manos, el último vector antes de llegar a nuestras mucosas. Llevar esa probabilidad a cero es una pretensión insensata y no se condice con el manejo que hacemos de esos cálculos en la vida normal, en donde viajamos en auto, cruzamos calles, comemos salame picado grueso o le ponemos sal a la carne. En ninguno de esos casos nos preocupa que la probabilidad de que esas actitudes nos hagan daño sea distinta de cero. Entendemos de manera intuitiva que vivir implica convivir con la enfermedad y la muerte y aprendemos a balancear cuidados con riesgos, de manera de no quedar encerrados en una manía paralizante. Quizás sea hora de reaprender esa práctica con el coronavirus mismo.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.