Alberto, cercado entre Claudia y Cristina

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
El funeral de Diego Maradona exhibió las diferencias en la gestión del Gobierno: la tensión entre el Presidente, la vice y Máximo escaló y derivó en ofensivas cruzadas
El funeral de Diego Maradona exhibió las diferencias en la gestión del Gobierno: la tensión entre el Presidente, la vice y Máximo escaló y derivó en ofensivas cruzadas
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29 de noviembre de 2020  • 03:50

El dolor por la muerte del ídolo era palpable en el Salón de los Patriotas, pero como ocurre en los velorios, todos trataban de matizar el momento con charlas dispersas. Políticos, periodistas, figuras populares con mérito dispar departían amablemente, hasta que pasadas las 14 el clima cambió en forma abrupta. Los agentes de seguridad pidieron desalojar el perímetro, se cerraron las puertas de acceso a la Casa Rosada y un aire de tensión dominó el ambiente. "Llega Cristina, se acabó la joda", dijo uno de los funcionarios corridos del lugar. Una metáfora política involuntaria pero muy reveladora. Como dijo una experimentada asesora del kirchnerismo, "ella es el superyó del Gobierno".

La vicepresidenta ingresó como una dueña que regresa a su propiedad después de mucho tiempo. Primero la recibió Wado de Pedro en el Salón de los Bustos, y la acompañó una escolta de Casa Militar mucho más numerosa que la que protege al Presidente. Después Alberto Fernández ofició de edecán para acercarla hasta el lugar donde estaban Claudia Villafañe y las hijas de Diego Maradona. Era la tercera vez en un año que pisaba la Casa de Gobierno.

Allí se terminó de convencer de que la escenografía ya le resultaba ajena y que la organización se había extraviado.La policía forcejeaba con una multitud desesperada por participar del funeral, el Presidente pedía calma con un megáfono, la seguridad se llevaba el cadáver del difunto al Salón de los Pueblos Originarios para resguardarlo, un funcionario pedía alistar un helicóptero para llevar el cuerpo al cementerio de Bella Vista y las hijas del ídolo lloraban en un rincón. Todos los funcionarios en fila ya habían rebotado contra la exesposa de Maradona cuando iban a pedirle extender el horario del velorio. Julio Vitobello, Miguel Cuberos,Wado de Pedro y hasta el propio Fernández escucharon el no de Claudia. La secreta apuesta del Gobierno era que la familia, al ver la multitud, se resignara a prolongar los funerales. El voluntarismo y la improvisación del Gobierno son muchas veces alarmantes. No había plan B y el reloj apremiaba.

Por un rato, el Presidente en su despacho y la vicepresidenta en la oficina del ministro del Interior quedaron encerrados con los accesos militarizados ante la amenaza de unos 200 hinchas enardecidos. Algunos recordaron el día en que los policías bonaerenses desafiaron al poder en la puerta de la quinta de Olivos. El coqueteo con la tragedia institucional no es un juego para repetir.

El breve contacto entre Cristina y Alberto fue tremendamente revelador del momento que atraviesa la relación. No solo hubo frío y distancia. Uno de los pocos testigos del cruce contó después: "Está todo mal, en serio". La conclusión de quienes estuvieron allí es que el vínculo empeoró significativamente tras el burofax de Cristina, que el viernes cumplió un mes. Hoy volvieron a ser dos entidades políticas ajenas, aunque condenadas a mantenerse cerca. Para muchos, se trata de un simulacro de divorcio destinado a engañar a los cautivos. Para otros, la confirmación de una incómoda certeza: Alberto nunca se emancipará de Cristina y Cristina nunca quitará del medio a Alberto. Seguirá siendo esto que es hoy, al menos hasta las elecciones del próximo año. Una incómoda convivencia que convierte a la gestión del Gobierno en un laberinto permanente.

El juego de los indignados

Una persona que habló esta semana con la vicepresidenta asegura que está profundamente indignada con el Presidente por haberse enterado a través de los medios de que el Gobierno enviaría el proyecto de despenalización del aborto, y mucho más porque la vocera fue Vilma Ibarra. Hay sectores de la Iglesia que, enterados de este dato, buscan instalar el "efecto Vilma" para atribuirle una suerte de autoría espiritual del proyecto y, de este modo, inducir a Cristina a boicotear secretamente la propuesta. En el oficialismo también imaginan otro escenario: que en el Senado se produzca un empate y que Cristina aporte el voto decisivo y le robe la centralidad a Fernández. En cualquier escenario, nadie imagina que la vicepresidenta vaya a ser una espectadora pasiva de un logro albertista. El rencor es un arma que ella maneja con mucha habilidad.

Máximo también atraviesa un momento tenso con el Presidente, aunque por motivos distintos. Sintió como una estocada el aval que le dio a una nueva horneada de reelecciones para los intendentes bonaerenses. La construcción territorial de La Cámpora apuntaba a una fuerte renovación en los municipios en 2023, que ahora puede quedar en riesgo si prospera la interpretación judicial de que el primer mandato de los alcaldes no se debe contar y, en consecuencia, pueden postularse para cuatro años más. Solo hubo conversaciones para que Juan Zabaleta, intendente de Hurlingham e incondicional de Alberto, asuma al frente de la Federación Argentina de Municipios (FAM), a cambio de que Máximo sea entronizado al frente del PJ bonaerense. Tablas y nada más. El diputado tampoco mejoró su sintonía con Axel Kicillof. Todavía le factura el desalojo del predio de Guernica a la misma hora que pensaba defender el presupuesto.

Alberto Fernández también cosecha sus propios enojos. En privado expresó su indignación por el avance inconsulto del proyecto para modificar el funcionamiento de la Procuración, lo que interpretó como un desafío del kirchnerismo a su autoridad. "No entiendo por qué lo están haciendo, no me avisaron nada", había dicho hace un par de semanas al referirse a los senadores del Frente de Todos. En su entorno hay un profundo malestar con el rionegrino Alberto Weretilneck, autor del proyecto que terminó funcionando de base de discusión. Le atribuyen haber presentado la iniciativa a pedido. Él lo niega: "No lo consulté con nadie", asegura y acude a una argumentación que refleja la inviabilidad del sistema político argentino: "El régimen vigente demanda acuerdos entre oficialismo y oposición. Pero esos acuerdos eran posibles antes, ahora no se puede consensuar más y entonces es mejor actualizar la ley y no eternizar a un procurador interino". Arropado en una enunciación pragmática, el planteo entraña un profundo desafío para los equilibrios institucionales.

Ante la imparable ofensiva kirchnerista en el Senado, Alberto Fernández hizo una pirueta clásica para pasar de la incomprensión a la aceptación. Públicamente empezó a instalar la idea de que la elección del procurador por dos tercios es deseable pero no imprescindible. En el kirchnerismo duro están morbosamente esperando que lo incluya en el temario de extraordinarias como símbolo de la capitulación. En el albertismo están pensando morbosamente en que el proyecto se trabe en Diputados por falta de votos. "Lo único que Alberto no puede admitir es que Rafecas no sea el procurador", explica la lógica del viraje una persona importante del gabinete.

Por eso hoy el Presidente está más preocupado por la postura del juez que por las estrategias legislativas. Piensa conversar con él esta semana para disuadirlo de que aunque la ley deje de imponer los dos tercios, el Gobierno le garantizará esa mayoría en acuerdo con una oposición que de ningún modo piensa aceptar. "Creemos que los dos tercios son válidos cuando el cargo es vitalicio como ahora. Pero si en cambio es con límite temporal, puede ser más flexible", razonan en el entorno de Fernández, donde están convencidos de que Rafecas va a terminar aceptando las condiciones. La ministra de Justicia, Marcela Losardo, mantiene diálogo frecuente con el juez y lo ha ido tanteando. "Cómo le decís que no a un pedido del Presidente", se preguntan en el Gobierno. Quienes conocen la personalidad de Rafecas, en cambio, son muchos menos optimistas y responden: "Le decís que no como Claudia Villafañe".

Un síntoma de la confusión

El funeral de Maradona hubiese sido una anécdota amarga si no reflejara tan fielmente los déficits estructurales con los que llega el Gobierno a su primer año de gestión. "Es una evidencia de por qué nos cuesta tanto llevar adelante cada tema. Hay un proceso de toma de decisiones que no tiene análisis de riesgos y, por el contrario, tiene un exceso de análisis de oportunidades", señala un asesor oficial. "Nadie pone cara de malo para imponer condiciones. Una vez que el cajón entró en la Casa Rosada, era una cuestión de Estado y desde ese lugar había que establecer las condiciones. Nadie asume las responsabilidades. Nos falta conducción política". Por momentos la autoflagelación es peor que la crítica opositora. Hay funcionarios que hablan del Gobierno del "vamos viendo", por su tendencia a tomar decisiones sobre la marcha. Otros dicen que son la gestión "ojalá", un término que patentó Ginés González García en julio cuando dijo "ojalá acierte" con la baja de contagios.

Ayer hubo fuego graneado sobre Sabrina Frederic. Los más sinceros cuestionaron también la estrategia de culpar a la Ciudad, una idea que en el gabinete le atribuyen a Cristina. Wado fue quien lo planteó en público y Horacio Pietragalla, secretario de Derechos Humanos, hizo la denuncia penal. Los dos, casualmente, estuvieron con ella ese día en la Casa Rosada.

Los fantasmas de siempre volvieron otra vez, en un momento en el que el Gobierno empezaba a sentir algo de oxígeno tras un año decepcionante. La frágil estabilidad del dólar, la suba del precio internacional de la soja, el declive en la cifra de contagiados de coronavirus habían renovado el clima interno del gabinete y le habían repuesto al Presidente parte de la aceptación social perdida. Varias encuestas demuestran que su imagen positiva dejó de caer después de tres meses de retroceso y que recuperó unos puntos. Pero esos datos alentadores parecen reflejar más una oscilación temporal que una tendencia, especialmente porque el Gobierno sigue limitado a la hora de establecer sus prioridades, su rumbo, su consigna, y hasta su relato, su épica, su mito. El Alberto Fernández que se desgastó en vivo en el funeral de Maradona es muy parecido al que todos los días zigzaguea como barrilete cósmico entre las urgencias de la gestión, con dificultades para tomar distancia, evaluar estratégicamente la situación y ejecutar decisiones. "Su característica es la dispersión, va siempre para los costados y no hacia adelante, porque eso requiere definir una agenda propia", analiza un asesor ministerial.

A la espera de una recuperación económica incierta, el mayor desafío del Gobierno para el verano es el operativo de vacunación, la planificación que puede terminar de definir el legado de Fernández con la pandemia. Con los antecedentes de esta semana, escaló la preocupación interna. Faltan semanas para que empiecen a llegar las primeras dosis y si el proceso no está mejor coordinado que los testeos, puede desbordarse la demanda y generar ansiedad social.

Maradona fue siempre un espejo de la Argentina y su funeral condensó la realidad del país en un par de días. La memoria cándida del potrero de Villa Fiorito que el ídolo siempre recordaba, hoy es parte de un conurbano sórdido que se atrevió a golpear las puertas de la Casa Rosada con todos sus excesos, ante un Gobierno que no supo interpretar los efectos de esa transformación social. Se quedó con las postales de un país que ya se fue. Como Maradona.

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