Gracias, Uruguay

Fernán Saguier
Fernán Saguier LA NACION
El presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou
El presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou Fuente: Archivo
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2 de agosto de 2020  • 05:54

"Cuando se trata de salvar los intereses públicos, se sacrifican los particulares". José Gervasio Artigas.

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Montevideo, Uruguay. 25 de mayo pasado. El presidente Luis Lacalle Pou, que apenas lleva tres meses de gobierno, va a visitar a su antecesor, Tabaré Vázquez, a su casa del Prado.

Lleva entre las manos una carpeta. Es el plan contra el coronavirus que le envió Vázquez solo seis días antes. El documento, elaborado por técnicos del Frente Amplio, tiene cien páginas. Lacalle lo lleva subrayado y marcado con papelitos de colores que separan las partes sustanciales.

Se saludan en la puerta, ambos con tapabocas. La reunión dura una hora y media.

Al concluir, Lacalle dice: "Venimos a buscar coincidencias, no diferencias. Hablamos de la situación general. Hay más coincidencias que diferencias".

Uruguay nunca impuso una cuarentena obligatoria. El efecto de la pandemia golpea fuerte en lo social, con gente que pide ayuda y la atienden con ollas populares, y muchos ciudadanos sin nada, viviendo en la calle. El país vive un fuerte clima de debate sobre esta situación, tanto en ámbitos legislativos como por declaraciones en los medios. Siempre con respeto, sin escándalos, sin agresiones.

El gobierno encara una profunda reforma en el sistema de seguridad social. Para la comisión de expertos convocada a tal fin se anuncian representantes del oficialismo y de la oposición. Harán un primer diagnóstico y, luego, un proyecto de ley. Juntos.

Hay más. Tras asumir el cargo, el nuevo canciller, Francisco Bustillo, exembajador en España del opositor Frente Amplio y amigo del presidente argentino, Alberto Fernández, visitó a todos los expresidentes uruguayos para invitarlos a participar de una "política de Estado". Hasta el propio Pepe Mujica, con sus 85 años, y a pesar de la pandemia, lo acompañó, aunque es bien conocida su discrepancia con la postura oficial de que "Venezuela es una dictadura".

Explica a LA NACION el expresidente Julio María Sanguinetti: "Uruguay siempre construyó una convivencia democrática armónica, en la que la institucionalidad ha sido fuerte. Cultivamos un estilo que busca acuerdos y entendimientos. El respeto personal no se pierde. Los expresidentes, por ejemplo, venimos de orígenes muy diversos, pero nunca dejamos de tener diálogo, no siempre coincidente, porque creemos que así seguimos contribuyendo a la vida democrática. Por otro lado, nuestra Justicia es independiente, comete errores, pero no se subordina a la vida política".

Agrega un amigo uruguayo desde Montevideo: "Los sindicatos prepararon en el verano una ofensiva contra el nuevo gobierno. Rechazan las propuestas de reformas estructurales. Llaman a resistir esos cambios. Artistas populares se sumaron y comenzaron a insinuar la 'resistencia', buscando imitar lo ocurrido en otros países. La pandemia los desacomodó, la gente no acompañó esa actitud. El exsenador opositor Rafael Michelini, actual secretario político del Frente Amplio, salió a decir que cualquier protesta debe ser conducida pacíficamente, que Uruguay no puede repetir lo que pasó en Chile u otros países.

Simultáneamente, la imagen de Lacalle Pou mejoró y desde marzo su aprobación está por encima del 65 por ciento, con una desaprobación en torno al 12 por ciento.

En resumen, la transición fue ordenada y republicana, los presidentes entrante y saliente no se limitaron al protocolo y se prodigaron auténticas señales de respeto y apoyo. La pandemia se combate con unidad política, en las protestas se cuidan las formas de evitar la violencia, los sindicatos aceptaron una rebaja del poder adquisitivo para preservar el empleo, y mientras tanto se hacen acuerdos entre gobierno, sindicatos y empresas, dialogando en la misma mesa.

Hoy, acaso como nunca, lejos de cualquier pompa y con cierto rubor por hacerle sombra al hermano mayor rioplatense, ese vecino con diez veces menos cantidad de habitantes y quince veces menos territorio nos esté dando la mayor lección de nuestra historia común: la de armonía y tolerancia.

No por casualidad emigran hacia allí grandes empleadores argentinos.Van detrás de previsibilidad, reglas claras, seguridad jurídica, entre otras cosas, pero sobre todo hastiados de maltrato, enfrentamientos y rencores.

Si uno tuviera que dibujar la imagen de la Argentina actual, sería la de dos manos pulseando, enrojecidas, cada una tirando para su lado. Un derroche de energía que nos inmoviliza, el desprecio y el prejuicio por sobre cualquier afinidad o puente de contacto. Con metrallas de discordia que nos distancian cada día más.

"Argentina unida", dice el leitmotiv de la principal campaña oficial que repiquetea en todos los medios. Un llamado loable, pero ¿cómo se compatibiliza con el hecho de que el Presidente haya comparado hace horas al gobierno que lo precedió con "otra pandemia pero sin ningún virus"?

La unidad no se declama, se construye con hechos que generen confianza mutua. Si no, son proclamas vacías.

Supongamos, por un momento, que el presidente Alberto Fernández invita a la Casa Rosada a su antecesor, Mauricio Macri, para consultarle su visión sobre la marcha de la pandemia en el país y sobre las consecuencias económicas que acarrean más de 130 días de cuarentena. Estaría dando una saludable señal de madurez política y un inequívoco mensaje de distensión hacia toda la dirigencia argentina, desde el actor más conocido al más marginal. Hizo exactamente eso con el intendente Horacio Rodríguez Larreta. Le ha dado su lugar, respetado y elogiado, al punto de llamarlo "amigo".

Asumamos este acto acaso de ingenuidad. Pero si sucediera, y fuera consecuente en el tiempo, contribuiría de una buena vez a pacificar el país y a disipar el insalubre nivel de tensión política que contamina nuestra atmósfera diaria.

Cambiemos también podría mirarse en el espejo. En octubre de 2017, luego de su resonante triunfo electoral en todo el país, tuvo la oportunidad de ampliarse tentado por sectores de la oposición ávidos por otro destino fuera del kirchnerismo. La iniciativa no prosperó. Se impuso la visión de que el espacio perdería identidad y pureza confundiéndose con resabios de la "vieja política".

Fuente: LA NACION

Recientemente, el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, un hombre joven que transita los primeros tiempos en la alta política, afirmó que la deuda que se está renegociando se tomó de forma "irresponsable, insostenible e insoportable". Está claro que el gobierno anterior cometió muchos errores económicos, que le costaron la elección, pero a esta altura todo el mundo sabe que recibió un enorme déficit fiscal primario, del 5,5 por ciento del PBI, que debió endeudarse para hacer frente a tal desajuste y que alcanzó a reducir ese déficit al 0,44 por ciento al entregar el poder. Admitirlo sería una muestra de honestidad intelectual y de compromiso con la verdad.

Después del último bloqueo del sindicato de camioneros a los cinco centros de distribución de Mercado Libre, ante la mirada atónita del mundo empresarial por tratarse del más resonante éxito argentino, el Presidente se pronunció con apenas una frase de leve significación: "No es tiempo de conflictos". Supongamos que hubiera denunciado sin medias tintas el carácter violento y patotero de la asonada. Habría sembrado un importante precedente institucional para inhibir futuras bravatas gremiales, dejando asentado con nitidez, por si hiciera falta, aquello que no resulta tolerable y está al margen de la ley.

El carácter de los hombres públicos se mide no solo por aquello que se reservan decir; también por lo que no callan llegado el caso de hablar con absoluta claridad.

Hace casi veinte años, desde estas mismas páginas, el inolvidable periodista Germán Sopeña se preguntó cómo salir de la crisis que más de medio año después acabaría con un gobierno constitucional. Corrían los primeros meses de 2001 y los actores en gran medida eran otros, con excepción de los sindicalistas, pero las conductas marcaban posiciones irreconciliables, como hoy.

Decía Sopeña que esperar este tipo de actitudes parece más próximo de la utopía que de la realidad.

¿Por qué parecen más bien una utopía?, se preguntaba. "Porque representan cierta mentalidad de grandeza y de falta de resentimientos a los que no suele acostumbrarnos la dirigencia argentina. Ese tipo de actitudes fuera de lo común es lo que hace que los países superen una situación difícil para entrar en una etapa distinta, con otros problemas nuevos, seguramente, pero habiendo resuelto la incertidumbre y el desasosiego anteriores", concluía.

"El mayor problema de la Argentina a lo largo de muchos años es que no ha sido capaz de producir un número de dirigentes capaces de asumir la necesidad de grandes cambios. Una persona no basta. Dos tampoco. Hace falta una coincidencia básica entre muchas cabezas pensantes y activas", decía.

Coincidencia. Esa es la palabra clave. Pero para ello es necesario empezar por lo básico, deponer antagonismos irreductibles. Pensar en la sociedad en su conjunto y dar los pasos que nadie en su sano juicio rechazaría: diálogo, espíritu de resolver los conflictos naturales de la vida pública dentro de contextos de concordia, sana convivencia política, acuerdos, consenso, sin imposiciones, ofensas ni agravios. La sociedad está observando baldada y absorta.

Todo esto requiere salud mental, grandeza y generosidad. No es tan difícil. Basta con levantar la vista y mirar al otro lado del charco. Y decirles a los uruguayos: ¡Gracias!

Ellos, con su habitual don de gentes, nos retribuirían con su inconfundible: ¡Merece!

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