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Historias para conocer

"Hay que aguantar". Lo que podemos aprender de dos torreros que viven aislados en el último faro del continente

Leandro Vesco
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16 de abril de 2020  • 16:42

Cabo Vírgenes, en el extremo sur de Santa Cruz, es la porción de tierra más meridional de la Argentina. Aquí se ve la luz del último faro continental, una torre metálica de 26 metros de altura que desafía los tempestuosos vientos australes que llegan a superar los 100 kilómetros por hora, y que en la soledad más absoluta ilumina la entrada de un paso bioceánico que desveló a los más intrépidos navegantes del mundo.

En octubre de 1520 estas playas vieron pasar las naves de Magallanes. Como el día coincidía con la celebración de Santa Úrsula y las 11.000 vírgenes, el navegante portugués lo bautizó al Cabo con ese nombre. El Faro de Cabo Vírgenes (hoy tiene esta toponimia) se inauguró el 15 de abril de 1904. Es tripulado por dos torreros que se quedan hasta 40 días en una pequeña casa, única certeza de que la humidad existe.

Acostumbrados al encierro y al aislamiento, tienen mucho que enseñar en tiempos de cuarentena por el nuevo coronavirus: "No es mucho tiempo el que se nos pide que nos quedemos en casa, no es el fin del mundo. Hay personas que tienen que estar mucho más tiempo encerradas y no les pasa nada; es un tramo más, hay que aguantar", aconseja el cabo primero Félix Gerónimo, de 29 años, quien junto a otra torrera deberán quedarse por lo menos dos semanas más aislados del mundo.

Félix Gerónimo, de 29 años, y Blanca Morales, de 28
Félix Gerónimo, de 29 años, y Blanca Morales, de 28 Crédito: Gentileza

"Sabemos lo que está pasando, pero la cuarentena no la sufrimos. Estamos acostumbrados al encierro. Es algo cotidiano para nosotros, pero extremamos las medidas de higiene dentro del Faro, y no permitimos que entre nadie, hasta que dure la cuarentena, el faro está cerrado", afirma Gerónimo.

Distante 130 kilómetros al sur de Río Gallegos, es uno de los trece tripulados que tiene nuestro país a lo largo de su extenso litoral marítimo. Tienen internet y luz eléctrica las 24 horas. Son siete los torreros, y rotan en turnos de 15 a 20 días dependiendo del clima. La estadía la hacen dos. "Nos hemos tenido que quedar hasta 40 días", reconoce Félix.

"En invierno se congela el camino y es imposible llegar", afirma la cabo Blanca Morales, de 28 años, oriunda de Jujuy. Es la única mujer, y hace seis años que forma parte del equipo. Tiene una pareja, también militar, que vive en Río Gallegos, donde ella tiene asiento. "Al principio fue difícil, pero nos tratamos con mucho respeto", sostiene.

Crédito: Gentileza

"No es complicado estar sola, hace seis años lo estoy haciendo. Para las personas que tienen una vida movida en la ciudad y ahora están en la cuarentena, puedo decirles que den un poco más de esfuerzo. Que vamos a salir de esta si nos apoyamos todos", afirma.

Organizar horarios y actividades

El secreto es poder organizar los horarios y coordinar las actividades. El faro está sobre un barranco a 60 metros sobre el nivel del mar, que está a 150 metros. Todos los días se enciende a las 20 y se apaga a las 7.30. Gerónimo y Blanca se turnan para las actividades. "El que cocina no lava y el que lava, no cocina", cuenta ella. La provisión la trae cada grupo que entra. "El que sale avisa qué hace falta y unos días antes, compramos todo en Río Gallegos", afirma Gerónimo. "No podemos olvidarnos de nada, planificar las compras es muy importante". El presupuesto es otorgado por el Servicio de Hidrografía Naval.

Expertos en aislamiento, cada uno tiene claves para hacer más fácil la experiencia del encierro. "No hay que imponerse cosas por la fuerza, es importante tener el día programado. Asignar horas para cada actividad. Si se tiene familiares o amigos solos, está bueno llamarlos por teléfono, un llamado ayuda, preguntarles cómo están", explica Gerónimo.

Para su compañera, lo más importante es quebrar la rutina porque si no es agotador el encierro. "Apoyarse en la familia o con el que se tenga al lado, de esto salimos todos juntos. Con el tiempo la cuarentena quedará como un recuerdo malo", se esperanza Morales.

"Mantener la mente ocupada es clave: siempre hay cosas para hacer en una casa, cambiar de lugar los muebles, sirve, como también cocinar cosas dulces", resume el cabo primero.

aislamiento en faro del fin del mundo vesco
aislamiento en faro del fin del mundo vesco Crédito: Gentileza

La comunicación con los afectos es crucial. Gerónimo tiene su familia en Salta capital, en las antípodas de Cabo Vírgenes, aunque vive en Río Gallegos. "Todos los días hacemos videollamadas; mis padres son mayores, les cuesta quedarse en la casa, y les digo que nosotros acá estamos aislados, que encerrarse no puede ser una tragedia", sostiene.

Hace diez años que trabaja en los faros. Blanca hace lo mismo con su pareja. "Ahora podemos tener una herramienta a favor: la tecnología, que acorta distancias", confiesa Gerónimo. Las distancias se miden en miles de kilómetros desde el Cabo Vírgenes. Buenos Aires está a 2750, Salta y Jujuy, rozando los 5000. Al pie del faro está el kilómetro 0 de la icónica Ruta 40.

Los torreros viven dentro del predio, en un conjunto de tres casas –ellos ocupan una- que está a 200 metros del faro. Allí tienen un gimnasio casero, metegol y mesa de ping pong, están las habitaciones y la cocina comedor. Tienen TV. No tienen agua potable: cada grupo la trae envasada desde Río Gallegos. En 15 días consumen seis bidones de 20 litros. Para higienizarse usan agua dura de pozo. "Para la limpieza nos turnamos", sostiene Blanca.

Funcionar como uno solo

"Somos dos, pero funcionamos como uno, nos apoyamos", resume. La comida es un momento de esparcimiento y encuentro, es clave para pasar mejor el aislamiento. Ellos instauran dos días con comidas especiales, que se diferencian de los demás: "Los jueves hacemos pizza y los domingos el infaltable corderito patagónico", señala Morales.

A un costado de la torre se halla la antigua casa de los torreros, donde hoy funciona el Museo, administrado por la Universidad Nacional de la Patagonia Austral. Allí se atesoran las reliquias de los solitarios, piezas que hacen referencia a naufragios y a los buscadores de oro, aventureros de todo el mundo que desde 1886 se vieron atraídos por una fiebre dorada: la mareas dejaban al descubierto pepas de oro que aparecían naturalmente en la costa.

Crédito: Gentileza

La actividad del faro se centra en la luz que ilumina este confín. La lámpara del faro tiene 400 watts y es halógena, la electricidad –para el faro y las casas- la produce un motor que se alimenta a gas. Su haz penetra 24 millas náuticas el mar austral, quien está de guardia, luego de apagarlo, prepara el desayuno. "Lo mejor que uno puede hacer es arreglar los horarios de trabajo de una manera conveniente", aclara Félix.

Tener todo el día por delante representa un desafío: el secreto es administrar de tal manera las obligaciones que durante toda la jornada existan actividades para hacer, y una de ellas es el tiempo libre. A las 9, 15 y 21 horas, todos los días, deben medir velocidad del viento, nubosidad, visibilidad y temperatura, datos los envían a Río Gallegos.

Los confines del continente también señalan la división política de Argentina y Chile, de este lado del mapa está el Cabo Vírgenes y del otro, ya chilena, está la Punta Dungenes. Aquí un alambrado hace las veces de frontera. Del lado argentino está la torre con el denominado Hito 1, que separa ambos países, que es la lengua de tierra más austral de nuestro mapa. Pasando el alambrado está el faro de Punta Dúngeness. Los torreros allí hacen la estadía con sus familias. "Antes teníamos comunicación con ellos, cuando teníamos radio, pero ya no la tenemos", sostiene Félix.

Crédito: Gentileza

Desde el faro se tiene una visión completa del Mar Argentino austral. A dos kilómetros de aquí está una de las tres pingüineras más grandes de América. De noviembre a abril miles se concentran en estas costas. "Ahora están quedando los últimos", señala Gerónimo. A diez kilómetros está la boca del Estrecho de Magallanes, y las plataformas petroleras offshore.

Las largas horas del aislamiento en el fin del mundo obligan a fortalecer conductas. "No me pesa la soledad. Cuando uno hace lo que quiere y quiere lo que hace, no la sentís", confiesa Félix.

Al lado, su compañera reflexiona: "La tranquilidad que tenemos es hermosa, no todos tienen el privilegio de estar en un lugar así; es emocionante estar en el último rinconcito de tierra argentina. Sé que a muchas personas les cuesta el encierro, pero juntos podemos hacerlo", concluye.

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