Milei: cuando toca la mala hora
El Presidente conoce el viejo y sabio axioma: con la economía se puede hacer cualquier cosa, excepto evitar sus consecuencias
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No hay noticias buenas. La suerte del Presidente es esquiva dentro y fuera del país. Tenaz inflación nacional; denuncias de corrupción de funcionarios libertarios; la derrota de Viktor Orban, su amigo húngaro, el último domingo, y, encima, la encerrona iraní en la que se encuentra su aliado más poderoso: Donald Trump. Trump le hizo lo mismo a su más viejo amigo Mauricio Macri cuando este era presidente. Lo ayudaba en los trámites formales, sobre todo en el Fondo Monetario Internacional, pero las políticas internas y externas de los Estados Unidos complicaron seriamente el segundo tramo de la presidencia del líder argentino, que resultó su último trecho como jefe del Estado. A Milei también lo auxilió en el FMI para que lograra un nuevo acuerdo y lo socorrió cuando en septiembre del año pasado el peronismo ganó la provincia de Buenos Aires. Trump hizo algo más con Milei: le mostró un cheque de 20.000 millones de dólares a la sociedad argentina, pero le advirtió que solo se lo prestaría al actual presidente argentino. El cheque desaparecería si en las elecciones nacionales del siguiente mes de octubre el peronismo ganaba las elecciones. Milei triunfó ampliamente esa primavera de vértigo.
Sin embargo, es el mismo Trump que emprendió una guerra, inconclusa aún, con los criminales ayatollah de Irán. El régimen teocrático de Teherán está desabasteciendo de energía al mundo porque todavía controla gran parte del estrecho de Ormuz. Nadie se puede explicar por qué Estados Unidos no previó el control del clave Ormuz antes de comenzar la guerra; atravesar esa angosta vía marítima, por la que pasa gran parte del petróleo y el gas de varios países árabes, es todavía un riesgo que ningún barco particular quiere correr. La escasez energética se apoderó del mundo. La caída en la oferta de combustibles fósiles significó un aumento en el precio del petróleo y el gas y una inflación más alta en el mundo, también en los Estados Unidos y en la Argentina.
Ese paisaje internacional complica aún más al presidente argentino, que ya estaba enredado sin la adversa contribución de Trump. En rigor, Milei está viviendo unos de sus peores días al frente del gobierno nacional, si se coincide en estimar que solo fueron más ingratos los días (un mes y medio) que transcurrieron entre las elecciones bonaerenses perdidas del 7 de septiembre último y los comicios nacionales ganados el 26 de octubre siguiente. El Indec dio a conocer este martes la inflación de marzo, un 3,4 por ciento, la medición mensual más alta del último año. La inflación no cesó de aumentar desde junio de 2025, y no existe consenso entre el Gobierno y los economistas privados sobre la futura evolución del costo de vida. Aunque todos acuerdan que la inflación bajará en los próximos meses, los privados creen que no perforará el 2 por ciento mensual durante este año, mientras Milei asegura que comenzará con un cero a partir de agosto. El presupuesto enviado al Congreso por el ministro de Economía, Luis Caputo, estimaba una inflación anual durante el año que corre del 10,1 por ciento. Ya se consumió casi toda su previsión: hasta ahora, durante los tres primeros meses de 2026, la inflación acumulada fue del 9,4 por ciento. Faltan todavía nueve meses. Seguramente acertará con más precisión el pronóstico del Fondo Monetario, que advirtió una inflación argentina durante 2026 del 30,4 por ciento. Casi el mismo nivel de aumento del costo de vida durante 2025, que fue del 31,5 por ciento.
El Fondo Monetario bajó lo que no era oportuno que bajara en las previsiones argentinas (pasó del 4 por ciento al 3,5 por ciento para el crecimiento previsto de la economía) y subió todo lo que no debía subir, como la inflación. La economía argentina creció en 2025 un 4,4 por ciento, pero venía de dos años de caída, en 2023 y 2024. Si se cumplieran las profecías del Fondo, la Argentina crecerá en 2026 casi el uno por ciento menos que el año pasado.
Un problema mayor de Milei es la caída del consumo y la insatisfacción social por la situación de la economía. Si se queda quieto, no podrá resolver el conflicto del consumo porque los salarios en blanco han seguido, en casi todos los casos, los índices de inflación. Pero los fuertes aumentos de los servicios (electricidad, gas, colegios, naftas, expensas o alquileres, entre otros) han encogido notablemente el poder de compra de los asalariados. Milei no puede cambiar esa ecuación porque significaría una regresión para sus ideas económicas, que son acertadas cuando promueve un sinceramiento de los precios de la economía. La solución que proponen los economistas y los expertos consiste en una agresiva política de aumento del crédito para la gente común y en una estrategia creíble de captación de inversiones. Esas son las salidas del laberinto, aparentemente sin escapatorias en las actuales circunstancias, porque Milei no se puede permitir, vale la pena repetirlo, un aumento desmedido de salarios (provocaría más inflación) ni un atraso en el sinceramiento de los precios de los servicios. Frenar artificialmente los precios termina siempre en un estallido inflacionario. Milei conoce el viejo y sabio axioma: con la economía se puede hacer cualquier cosa, excepto evitar sus consecuencias.
En un contexto de tantas limitaciones económicas, y de tanta inestabilidad internacional, los casos de corrupción cobran otra dimensión para la sociedad. Se ha puesto especial énfasis en establecer si Manuel Adorni, el jefe de Gabinete, la segunda figura en la administración del país, compró un departamento en cuotas o si lo hizo con dinero que no puede justificar. Eso es lo que está investigando el fiscal Gerardo Pollicita, en quien delegó la investigación el juez Ariel Lijo. Desde ya, no son lo mismo las dos posibilidades. Sea como fuere, lo cierto es que a Adorni se le hace cada vez más difícil hacer su informe mensual, ordenado por la Constitución, a una de las dos cámaras del Congreso. Por ahora, se comprometió a ir el 29 de abril a la Cámara de Diputados, pero la oposición se entusiasmó con hacerle pasar un momento peor que malo.
De cualquier forma, es judicialmente más grave para el Presidente y su hermana el caso $LIBRA que el que asedia a Adorni, porque el escándalo de la criptomoneda acusa solo a las dos principales figuras del poder real. No hay otros funcionarios complicados en el asunto. Pero ese caso está en el lento despacho del juez Marcelo Martínez de Giorgi, cuya esposa, Ana María Juan, fue promovida por el actual gobierno al cargo de jueza federal de Hurlingham. La designación definitiva está pendiente ahora del acuerdo del Senado. El propio Martínez de Giorgi aspira a ascender a camarista, quizás como miembro de la Cámara Federal de la Capital. Nadie puede esperar, entonces, que avance en ninguna investigación para esclarecer si hay responsabilidades −o no− de funcionarios del gobierno nacional en supuestos hechos de corrupción. Jueces de esa naturaleza son los que desprestigiaron la Justicia.
Regresemos al escenario internacional. La derrota de Orban en Hungría el domingo último no compromete tanto a Milei porque la mayoría de los argentinos saben muy poco de los húngaros. Es cierto que algunos recuerdan que el presidente argentino estuvo hace poco en Budapest, capital de Hungría, para apoyar en el proceso electoral a su amigo Orban, con quien comparte muchas ideas. Con un sistema de gobierno parlamentario en ese país, Orban abandonó el poder después del fracaso del domingo. Un amigo menos. Es evidente que Milei influye poco y nada entre los húngaros, que tienen problemas con una inflación alta, que viven una fuerte desaceleración de la economía y sobrellevan un desempleo importante medido según los índices históricos de Hungría.
Pero el verdadero problema de Milei será la probable derrota de Trump en las elecciones legislativas de mitad de mandato que se realizarán en noviembre. Hoy por hoy, todas las encuestas y los análisis coinciden en que Trump será derrotado antes de fin de año. El presidente norteamericano está siendo analizado al mismo tiempo por algunos políticos, incluidos algunos que fueron cercanos a él, y por los medios periodísticos para establecer si su salud mental está en condiciones de seguir gobernando. Varios se han referido, incluso, a la enmienda 25 de la Constitución de los Estados Unidos, que prevé la destitución del presidente en caso de incapacidad para ejercer el cargo.
La marea de cuestionamientos sucedió luego de que Trump anunciara la victoria en la guerra con Irán y luego iniciara una negociación para firmar una tregua o un acuerdo con el despótico régimen de Teherán. ¿Dónde estuvo la victoria, entonces? ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo la perdió? Es raro que un imperio no declare una victoria veraz cuando ha descerrajado una guerra contra un país que no es una potencia. Cuando eso sucede, es en verdad porque la guerra no ha sido ganada. Tampoco los ayatollah iraníes han ganado nada, pero hay una especie de empate virtual en tanto los Estados Unidos no puedan liberar totalmente el estrecho de Ormuz.
La virtual interrupción por parte de Irán de ese crucial cauce de agua, en contraste con los vanos alardeos verbales de Trump, provocaron ya un aumento importante en el precio de la gasolina en los Estados Unidos y de la inflación internacional. Los norteamericanos no le perdonan esos pecados a ningún presidente. Milei deberá buscar otros apoyos en el voluble mundo que le tocó si la mala hora se abate sobre su amigo norteamericano. El aborrecido Keynes solía repetir una frase exacta: “Lo inevitable rara vez sucede; es lo inesperado lo que suele ocurrir”.
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