Tan parecidos y tan diferentes

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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10 de enero de 2021  • 20:42

Si 2020 se comportó tan mal durante sus 366 días de existencia, qué decir de la primera semana de este aún naciente 2021. La magnitud y gravedad de algunos hechos acaecidos a nivel internacional y local -exacerbados por ciertos vasos comunicantes- son una temible carta de presentación si pretende ser una muestra del año que nos espera.

El gravísimo asalto al Capitolio norteamericano, instigado por el presidente saliente, Donald Trump, inspiró en los argentinos todo tipo de sensaciones contradictorias. En las redes sociales de color kirchnerista se registró una euforia ambivalente fluctuante entre el habitual desdén hacia los Estados Unidos y cierto guiño canchero a que si hasta ellos lo hacen, cuál sería la razón para atenernos tan estrictamente a la letra constitucional entre nosotros.

Durante esta apretada semana que quedó atrás se sucedieron además tres episodios nacionales distintos y trascendentes frente a los cuales cada argentino se posicionó según cómo late su corazoncito político: el incidente del robo callejero a Carolina Píparo y su marido (ahora preso) atropellando a motociclistas que no habían participado del hecho; los tironeos entre Victoria Donda y su exempleada doméstica, a la que le ofreció un puesto público como parte de su desvinculación laboral, y los ya clásicos avances y retrocesos del Poder Ejecutivo en torno de un "toque de queda" nocturno que se pensó en principio más estricto, que algunas jurisdicciones ya morigeraron y otras, directamente pasaron por alto.

En su lúcido libro 21 lecciones para el siglo XXI, Yuval Noah Harari, repetido best seller mundial por sus exitosos y certeros ensayos, afirma que "en un mundo de información irrelevante, la claridad es poder". El profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén explica que tras ganarles sucesivas batallas al fascismo y al comunismo en el siglo XX, el liberalismo pierde credibilidady no da respuestas a los "nuevos desafíos de estos tiempos y de los que vendrán". Harari dice que "la democracia liberal es el modelo político más versátil y de mayor éxito que los humanos han desarrollado hasta ahora para afrontar los retos del mundo moderno".

El experto israelí en procesos macrohistóricos advierte que "los humanos pensamos más en relatos que en hechos, números y ecuaciones, y cuanto más sencillo es el relato, mejor. Cada persona, grupo y nación tiene sus propias fábulas y mitos". Si lo sabremos los argentinos.

Harari refiere que en 1938 la humanidad contaba con tres relatos (fascismo, comunismo y liberalismo), que en 1968 solo quedaban dos (comunismo y liberalismo) y que en 1998 apenas sobrevivía uno (liberalismo). Pero que "desde la crisis financiera global de 2008, personas de todo el mundo se sienten cada vez más decepcionadas del relato liberal". En 2016, con el triunfo del Brexit británico y la llegada de Trump a la Casa Blanca, "esta marca de desencanto alcanzó los estados liberales básicos de Europa y de Norteamérica".

Para Harari, estaríamos atravesando el peor momento: "Los relatos antiguos se han desplomado y, de momento, no ha surgido uno nuevo para sustituirlo". Es el peligroso "momento nihilista de la desilusión y la indignación". Perdida la fe en la eficacia para avanzar de los relatos antiguos, "la democracia podría acabar secuestrada por autócratas y diversos movimientos antiliberales, cuyo único interés es desacreditar la democracia liberal". ¿Les suena?

El autor de Homo Deus hace sonar aún más fuerte su chicharra de alerta: "Una oligarquía corrupta puede prolongar su poder indefinidamente". Asociaciones libres, a gusto del consumidor.

El llamado de atención para el mundo y, ni se diga, para la Argentina es bien fuerte, ya que nuestro país ha sido bastante precursor en el afán de querer romper el sistema y, afortunadamente, no lograrlo. No hace falta mucha memoria para que la invasión al Capitolio nos evoque el intento fallido de golpe de Estado al Congreso argentino en 2017, cuando se trataba una reforma jubilatoria menos severa que la que el actual oficialismo promulgó hace un par de semanas, sin piedras ni chistidos de los gremios, la izquierda y otras corporaciones que entonces bramaron y ahora miraron para otro lado. El anuncio de Trump sobre que no estará presente en la transmisión del mando a su sucesor, Joe Biden, el 20 de enero próximo, recordó el desplante de Cristina Kirchner, en 2015, cuando se negó a entregarle los atributos del mando a Mauricio Macri.

A favor de la Argentina, debe reconocerse que a pesar del pésimo comportamiento de algunos de los grandes jugadores de la política local, el sistema no ha saltado por los aires, tampoco en 1989 ni en 2001. Y aun con sus defectos, y con los giros extremos que han determinado en la cima del poder, las elecciones presidenciales locales han estado exentas de tan graves anomalías y denuncias como las que sufrieron los últimos comicios estadounidenses.

El problema de vivir en un tiempo de disrupciones continuas, no solo económicas y sociales, sino también tecnológicas y ecológicas, es que los habitantes de a pie también ponen su parte en lo que Harari califica como la "era de la posverdad" que viene transcurriendo. "Homo sapiens -subraya- es una especie de la posverdad, cuyo poder depende de crear ficciones y creer en ellas".

Con los casos Píparo y Donda se vio un poco de esto: sesgos negadores o de exageración, según de qué lado de la grieta nos encuentre. Juzgamos de acuerdo con el grado de empatía política que tenemos o no con cada una de ellas. Los hechos en sí pasan a un segundo plano.

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