Un discurso moderado, que contrasta con Cristina

Rogelio Alaniz
Rogelio Alaniz PARA LA NACION
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1 de marzo de 2020  • 18:03

Ciertos críticos literarios aseguran que en el inicio de un texto está la clave de la novela. El principio muy bien podría extenderse al territorio de la política. En este caso, al discurso del Presidente de la Nación en la Asamblea Legislativa ponderando el valor de la palabra y condenando la simulación y la mentira. ¿Afirmación de valores? Es probable. Pero muy bien podría interpretarse como una sutil autocrítica, porque si alguien en los últimos meses fue contrastado hasta el cansancio entre lo que dijo en un momento y dijo en el otro, fue precisamente Alberto Fernández.

Ironías al margen, un jefe de Estado debería ser muy cuidadoso en el uso de las palabras. Los poetas y los escritores algo saben de eso. "Serás prisionero de tus palabras pero dueño de tus silencios", aconsejaba un sombrío pero sabio estadista.

En ese punto, las consignas fáciles suelen ser una tentación ineludible que el presidente Fernández no fue capaz de sortear, en algunos casos planteando antagonismos irreductibles: "Somos un gobierno de científicos no de CEOs"; en otros casos, porque reitera lugares comunes: "Comer no puede ser un privilegio".

Por lo general, un jefe de Estado responsable no miente de manera grosera en un discurso oficial. Y Fernández no lo ha hecho . Lo que sí resulta inevitable en todo político es una mirada marcada por el ejercicio del poder y la consecuente decisión de ordenar los datos de lo real desde una perspectiva que favorezca su propuesta. El presidente Fernández abundó en cifras, estadísticas. Todos sabemos que cada una de esas afirmaciones pueden ser contrastadas o pueden ser interpretadas desde otro punto de vista.

Convengamos, de todos modos, que un presidente tiene derecho a expresar su propia perspectiva. Hasta allí el devenir práctico de lo real transita dentro de lo previsible en el juego de la política. Más objetable es la intención -deliberada o no- de atribuir las desdichas que padece la Argentina a la anterior gestión, cuando es también una verdad compartida que cuestiones claves de la Argentina, como la inflación , el endeudamiento , la desocupación , la pobreza , la creciente dolarización de la economía o los ciclos recesivos, son problemas estructurales y no desgracias que llovieron sobre estas tierras a partir de 2015 .

Un discurso político se evalúa no solo por lo que dice sino también por lo que calla. La distancia entre un lugar y el otro abre espacio a la ambigüedad que constituye uno de los nudos en los que opera el poder. Seguramente los argentinos compartimos la necesidad de reformar la Justicia , pero, ¿A qué alude el Presidente cuando al pasar destaca que hay que terminar con falsas causas y detenciones arbitrarias? En términos generales la frase es correcta, pero situada en la Argentina de marzo de 2020, una opinión autorizada sobre el contenido real de esa frase debería darla, por ejemplo, la señora vicepresidente.

Si en este discurso, un anuncio parece eludir las celadas de la retórica es el de la despenalización y legalización del aborto . Allí daría la impresión que no ha habido lugar para las ambigüedades. Así y todo fue un anuncio. De aquí en más se abre un escabroso escenario, porque a nadie se le escapa que esta propuesta gana adhesiones masivas, pero también despierta rechazos masivos.

En términos institucionales, es un discurso moderado, en la línea o la sintonía del discurso inaugural de diciembre del año pasado. Menciones a Kirchner , a Alfonsín y a Perón . Referencia convocante a Manuel Belgrano . Reivindicación de la república democrática. Si se lo compara con los discursos kirchneristas hay una diferencia, no se si cualitativa, pero diferencia al fin que no debe desconocerse, sobre todo en el actual tiempo político en el que la responsable de aquellos desdichados años es Vicepresidente de la Nación.

La otra perspectiva de este discurso que merodea alrededor de tantos temas, es que está saturado de buenas intenciones o su equivalente: la corrección política. A un observador irónico le resultaría muy funcional evocar la llamada "Doctrina Manzur": "Decile lo que a ellos les gusta y después nosotros hacemos lo que se nos da la gana".

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