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Hay frutas que no necesitan presentación porque su perfume invade la cocina antes de que el cuchillo termine de hundirse en la pulpa. El melón es una de ellas. Sinónimo de verano, de siestas largas y mesas al aire libre, aparece cada temporada como una promesa de frescura inmediata: frío, jugoso, dulce en su punto justo. En días de calor intenso, cuando el cuerpo pide algo liviano y el apetito se vuelve más selectivo, el melón encuentra su momento. No empalaga, no pesa, no abruma. Refresca. Hidrata. Alegra.
De pulpa dulce y tierna, típicamente de color verde claro con una piel de un blanco amarillento, el melón es una fruta que pertenece a la especie de melones Cucumis melo. Su popularidad global se debe no solo a su sabor refrescante sino también a su valor nutricional, lo cual lo convierte en una opción en dietas saludables e hipocalóricas.

“Da saciedad y tiene pocas calorías (alrededor de 35 calorías cada 100 gramos”, detalla César Casavola, presidente de la Sociedad Argentina de Médicos Nutricionistas (SAMENUT), cosa que ayuda a controlar el apetito y reducir la ingesta calórica total diaria.
Aunque su origen exacto se debate, se cree que su consumo empezó hace miles de años en las regiones cálidas de África y Asia occidental.
Si bien sus raíces botánicas se remontan a zonas desérticas y semiáridas, ha sido cultivado y adaptado en distintas regiones del mundo, especialmente en climas mediterráneos y templados, donde encuentra las condiciones ideales para su desarrollo. Hoy en día, esta variedad de melón es ampliamente cultivada en países como Estados Unidos, México, España y partes del sur de América Latina.
Detrás de su textura suave y su dulzor natural, el melón esconde una combinación de agua, minerales y micronutrientes que participan activamente en funciones clave del organismo.
No es casual que los nutricionistas lo incluyan dentro de las frutas recomendadas en planes equilibrados. Entre los beneficios más destacados de consumirlo regularmente, los expertos señalan los siguientes:
Rico en electrolitos como potasio, magnesio, sodio y calcio, y compuesto mayormente por agua (alrededor del 90%), el melón es un aliado a la hora de pensar en una hidratación eficaz y apropiada, especialmente en aquellas personas que tienden a consumir poca agua, plantea Casavola.

Bajo en sodio, y rico en potasio, el consumo regular de melón podría ayudar a regular los niveles de presión arterial, de acuerdo con algunos estudios científicos.
Además de contribuir a la regulación de la presión arterial, Milagros Sympson, nutricionista (M.N. 12067), señala que el potasio es un mineral clave para la función nerviosa y la contracción muscular.
Entre los compuestos del melón, señala Casavola, se destacan la vitamina A (buena para la salud ocular y de la piel), la vitamina C (esencial para el sistema inmunológico y la formación de colágeno) y las vitaminas del grupo B (clave para el metabolismo energético y la formación de glóbulos rojos).
En cuanto a formas de consumo, lo mejor es comerlo fresco, solo o incorporado en ensaladas, snacks o postres. “Es mejor consumirlo en un plazo de tres o cuatro días”, sugiere Sympson, para poder disfrutar más su sabor, textura y máximo valor nutricional.

Otro punto a considerar, explica la nutricionista, es que a medida que el melón madura, aumenta su concentración de azúcares, y puede haber una pequeña pérdida de vitaminas sensibles al calor y a la luz (como la vitamina C), si se almacena durante mucho tiempo.
“El melón maduro tiene una carga glucémica más alta que uno menos maduro. Esto significa que sus azúcares se absorben más rápidamente, provocando un aumento más rápido de los niveles de azúcar en sangre”, amplía Sympson. “La madurez es el factor principal que define qué tan rápido un melón eleva la glucosa”.
Una vez abierto, puede guardarse en trozos o mitades en la heladera, cubriéndolo con un recipiente hermético -preferentemente de vidrio- para evitar que absorba olores de otros alimentos, así como para minimizar la pérdida de humedad y vitaminas (especialmente, de vitamina C).
