
Violencia de género
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La horripilante modalidad de asesinar mujeres por medio del fuego se ha convertido en noticia frecuente en los medios. ¿Qué mecanismo psíquico impulsa al agresor a utilizar el fuego como punto final a un conflicto de pareja? Podemos responder sólo parcialmente esta pregunta. Celos, venganza, resentimiento, impotencia, decepción, frustración o el ejercicio de un poder extremo podrían ser algunos de los factores que movilizarían a un asesino a atentar contra la forma física de la mujer.
El fuego destruye, desarma la armonía del cuerpo, desfigura. La mente que ejecuta y observa la obra del fuego sobre el otro está emocionalmente muy perturbada; dejamos de lado la mente fría del psicópata que puede disfrutar de un acto semejante. El homicida que usa este instrumento sabe el martirio que inflige y, aunque cueste asimilarlo, está convencido que es la acción justa para resarcir el sufrimiento que le ha causado la víctima. De no ser así usaría otros métodos menos crueles e igualmente eficaces: ahorcamiento, uso de arma cortante o de fuego, golpes, inmersión.
Pero no, su quantum de agresión hacía el otro es tan intenso, tan vehemente que el mero hecho de matar no es suficiente para aplacarlo, debe hacerlo sufrir brutalmente, verlo desaparecer entre las llamas, quitarle toda identidad.
Esta cosificación extrema, el cuerpo vivo como combustible del fuego, se ha aplicado en distintas etapas de la historia negra de la humanidad. Pero en nuestro país aparece como hecho aislado y en cuestiones pasionales, como el paradigmático caso de Wanda Taddei, en el 2010, quemada por Eduardo Vázquez. Fue ampliamente difundido por los medios y, lamentablemente, copiado decenas de veces.
¿Qué le pasa a la mente del asesino cuando ha concluido su homicidio y la pasión baja, la agresión se aplaca y la memoria le muestra con claridad lo que ha hecho? No lo sabemos a ciencia cierta porque al interrogarlo el matador calla, o se muestra desconcertado, como si algo o alguien hubiera hecho lo que él hizo. O se justifica y quiere imponer la idea de un accidente o que la propia víctima se propinó semejante final.
Pero a solas, en la cárcel, él sabe, él ve su obra ejecutándose una y otra vez en sus pesadillas o en sus momentos solitarios, no puede escaparse a la justicia del remordimiento, tendrá una y otra vez la visión del fuego y los gritos.
El autor es psiquiatra



