Coronavirus. Mar del Plata, vacía: las impactantes imágenes, de las Pascuas pasadas a hoy
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MAR DEL PLATA.- La novedad tiene su imagen más contundente sobre la arena: se observa una ausencia absoluta de huellas humanas. Es y será impactante ver correr los días y que las playas, de punta a punta, se mantengan inmaculadas. Apenas los rastros de la escala de gaviotas, cómodas y dueñas por excelencia de un paisaje que hace casi tres semanas no sabe de intrusos.
Y más aún en pleno feriado, parte de una celebración de Pascuas que el año pasado acercó casi 200.000 turistas que disfrutaron de la ciudad y toda su oferta de lugares y servicios. Entonces, según la Cámara Argentina de la Mediana Empresa, el promedio de gasto per cápita fue de 1.250 pesos diarios. Doce meses después, esta desolación costera está asegurada además por fuertes controles en las rutas para que ningún aventurero ose quebrar la cuarentena impuesta por el gobierno nacional. El coronavirus late en esta ausencia...
Quienes están autorizados a transitar por la calles sumaron sensaciones nuevas al acercarse a la costa. Más allá de la visual, con una postal marítima despejada por completo, disfrutan también la posibilidad de escuchar el mar sin acercarse demasiado. Al atardecer, más aún de noche, a casi 200 metros del Bolueverd Peralta Ramos el silencio urbano permite escuchar el choque de las olas más bravas contra las piedras de Playa Chica.

Un sector que en la Semana Santa pasada estuvo casi invadido por visitantes, favorecidos por jornadas soleadas como las que lucen estos días. Es el segundo fin de semana largo desde el comienzo del aislamiento preventivo obligatorio y en ambas fechas el clima es de lo mejor desde el inicio del año.
Ese duelo que está ganando la naturaleza con las restricciones a la circulación, tanto vehicular como peatonal, se advierte por estas horas con la pintoresca y masiva presencia de lobos marinos en la Banquina Chica. Esos animales que se suelen moverse de aquí para allá en el espejo de agua más fotografiado de este destino, que se trepan y disfrutan del sol a bordo de las típicas lanchas amarilla o el borde de muelle, hoy avanzaron más allá de las escaleras y por decenas se apilan por las calles internas de la terminal, bien cerca de las zonas operativas.

El parate de la actividad pesquera es casi total y el acceso al puerto está vedado para quienes no tienen autorización. Por eso ya no hay cientos de turistas buscando faros en miniatura por el paseo que da a la Banquina Chica ni comprando pescado en los locales que promocionan el producto más fresco." Del barco a la mesa", suelen promocionar esos comerciantes. Hoy nadie podría escuchar esos voceos.
La presencia de la ausencia
Cero es la presencia de personas en el Centro Gastronómico, donde abundan los restaurantes que esperan esta fecha como ninguna otra para ofrecer sus platos con frutos de mar. Se veían colas allí el último Viernes Santo desde antes del mediodía hasta bien entrada la tarde: ahora solo se observan puertas cerradas.
Playa Grande, uno de los puntos favoritos de los surfistas, hace honor a su nombre. Más inmensa que nunca, sin visitas. Apenas un par de guardavidas que extendieron su labor más allá del 31 de marzo –cuando debían completar su período oficial– para oficiar como custodios para que nadie se anime por allí a quebrar la cuarentena.

Atrás quedó esa última Semana Santa que tuvo a miles de turistas sobre la arena, con temperaturas templadas pero condiciones suficientes para disfrutar del sol y hasta incluso de un temerario y último baño de mar de la temporada. En el corredor comercial entre Escollera Norte y La Normandina, esos miles comían y paseaban hace un año. Hoy la inactividad en el sector es total.
Lo mismo que en el recorrido que lleva desde Varese hacia El Torreón. Se extraña desembocar en Cabo Corrientes y ver esa bahía repleta de tablas de stand up, deportistas que avanzan sobre la superficie a puro remo para y esperan que alguna ola le ponga una impronta de adrenalina adicional.

La rambla solo sabe de unos pocos policías que patrullan la zona. Cualquier intruso queda en evidencia, por lo que el trabajo de control se volvió más fácil. Los que se mueven por allí andan por las veredas del paseo costanero y van en busca de transporte, que ofrece frecuencias muy espaciadas y unidades casi vacías.

Ni ecos de cantantes ni bailes a espaldas del Casino Central. Las baldosas del paseo en el que relucen los tradicionales lobos de piedra parecen más rotas que nunca sin circulación de gente. Un circuito que espera por mejoras y que añora esos turistas que, hace un año nomás, inundaban el corredor entre compras de pochoclos, shows de artistas callejeros y compras en los puestos de feria.
Varios de los balnearios en todo el frente de playa quedaron a medio desarmar. En algunos sectores se acostumbraba mantener algunas carpas y sombrillas hasta Pascuas para dar un último servicio. El inicio de la cuarentena aceleró el desarme y se llegó hasta donde pudo. Las emblemáticas sillas de mimbre quedaron apiladas sobre la arena. Apenas si se llegó, con apuro, a guardar las lonas para que un temporal no las lastimara. Las estructuras de madera, en su mayoría, siguen de pie. Dueños exclusivos de una postal desde hace 20 días. Y que nadie sabe aún hasta cuándo se mantendrá así.
Un antes y después que nadie podía imaginar



Fotos: Mauro V. Rizzi
Edición Fotográfica: Enrique Villegas
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