El hijo del decorador
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El francés Marius Descotte llegó con su familia a fines del siglo XIX y se instaló en el 531 de la calle Corrientes. Allí mismo abrió un local de decoración y de venta de muebles llamado Compañía Nacional de Muebles Descotte, que con el tiempo se hizo famoso entre las familias porteñas más destacadas. En esa misma casa, en 1886, había nacido Ricardo Güiraldes, cuya familia, a la inversa que los Descotte, emigraron a Francia.
Con Marius trabajaba su hijo Luis y una secretaria llamada Victoria Gabel, joven muy atractiva cuya belleza no pasó desapercibida para el hijo del decorador francés. Los jóvenes se enamoraron y vivieron un romance supuestamente secreto del que todos, en realidad, estaban al tanto.
A fines de 1893 Victoria ya no tenía manera de ocultar su embarazo. No hay certeza acerca de por qué Luis y Victoria no formalizaron la relación. En el otoño de 1894 nació una niña a la que llamaron María Herminia. Luis Descotte reconoció a su hija y le dio su apellido.
Cuando la pequeña tenía dos años, Luis conoció a Julieta Abdelmalek. Iniciaron un noviazgo. Julieta también quedó embarazada. Pero, esta vez, el enamoradizo Luis sintió que entre ellos estaba gestándose algo más que un nuevo hijo. En 1898, con cuatro meses de embarazo, Luis y Julieta se unieron en matrimonio. Ella siempre supo que en la vida de él existían Victoria y la pequeña María Herminia. A pesar de considerarlo inconveniente, aceptaba la situación.
Con el tiempo, Luis se hizo cargo del negocio familiar que fue creciendo. Gracias a los contactos que heredó de su padre, la Compañía Nacional de Muebles fue la encargada de proveer algunas piezas de valor al flamante Teatro Colón, inaugurado el 25 de mayo de 1908. Descotte y su familia fueron invitados a la mencionada inauguración, que fue el acontecimiento cultural más importante del año. Aquí comenzaron los problemas.
Las dos mujeres reclamaban su derecho a asistir a la velada. Aunque la suya era una situación de público conocimiento, no podía concurrir con las dos mujeres. El arquitecto belga Jules Dormal, quien tenía a cargo la terminación de las obras del Colón, le acercó a Descotte la solución: su esposa y sus hijos se acomodarían en la segunda fila de la platea, mientras que Victoria y María Herminia ocuparían uno de los palcos baignoire, que eran los destinados a las viudas en luto, un espacio desde donde podían ver, sin ser vistas. Así, sus dos mujeres y todos sus hijos lograron disfrutar de la ópera Aída.
Regresemos a María Herminia. Creció, se enamoró de un joven llamado Julio y se casaron. El matrimonio, junto con la madre/suegra Victoria, se fue a vivir a Europa. Tuvieron dos hijos: Cocó, el varón, y la niña, Memé. En Buenos Aires, don Luis, ansioso por conocer a sus nietos, partió al viejo continente. Pasó los últimos meses de 1915 junto a su familia informal. En febrero de 1916 se embarcó de regreso a Buenos Aires, sin saber que ese viaje sellaba su destino.
Luis Descotte viajó a Barcelona donde abordó el vapor Príncipe de Asturias que lo llevaría de vuelta a reencontrarse con la familia oficial. En la madrugada del 5 de marzo de 1916, el barco, en medio de una tormenta, chocó contra un arrecife que abrió una herida mortal de 44 metros en el casco. En el lapso de diez minutos, el colosal barco español se hundió. Un carguero francés que se encontraba cerca, el Vega, rescató algunos sobrevivientes. Los cuerpos de los pasajeros que no tuvieron esa suerte fueron arrastrados por la corriente hasta la costa.
Durante 48 horas Julieta Abdelmalek mantuvo la esperanza de que su esposo se encontrara entre los sobrevivientes. Pero hacia el 8 de marzo llegaron los cables con los primeros cadáveres identificados. En uno de esos cables, los médicos forenses describían así a uno de los desafortunados: “Se trata de un hombre blanco de cuarenta a cuarenta y cinco años, de rostro alargado, cabellos castaños (…), vistiendo pantalón y saco de terciopelo verde y camisa de dormir con las iniciales LD, calzoncillo de hilo y descalzo”.
Era oficial. Julieta -quien transitaba el embarazo de su quinto hijo- y Victoria se habían convertido en viudas. El Atlántico sur había devorado la vida de más de 450 personas, entre ellas la del famoso décorateur.
Luis Descotte murió a mitad de camino entre sus dos amores. En Buenos Aires quedaron Julieta y sus cinco hijos. En Suiza, Victoria, su hija María Herminia y los nietos. Años más tarde, su nieto Cocó lo evocó en alguno de sus escritos, cuando ya era conocido con su nombre verdadero: Julio Cortázar.
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