
Violencia de género
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Fernanda Chacón vive con miedo. Sus hijos viven con miedo. En pocos meses, el agresor de la mujer puede salir en libertad condicional. Y el domicilio legal de este hombre está a escasos 200 metros de la casa de las víctimas.
Y se trata de "las víctimas" porque no sólo está atemorizada quien fuera la esposa del agresor, la mujer que sufrió con cada golpe e insulto: también lo padecieron sus hijos. Un ejemplo muestra las secuelas de la violencia: la más pequeña de las nenas, de cuatro años, la única hija en común de la pareja, debe someterse a una anestesia general para tratarse las caries. No hay otra forma. Cada vez que la pequeña escucha el torno del dentista piensa que es su padre manipulando las máquinas y empieza a gritar: "¡Va a venir papá!".
Antes de que Daniel Alberto Castro quedara detenido, allá por 2014, hubo golpes, gritos, amenazas, costillas rotas. Una de las soluciones contra tal violencia pareció ser el botón antipánico, que, al menos, fue un poco más eficiente que la orden de restricción que Fernanda había conseguido con anterioridad y que el agresor transgredía siempre. El día que la mujer tuvo que activar el botón su entonces marido amagaba con llevarse a su hija. Algo que no sucedió.
Castro finalmente quedó detenido. Fernanda lo logró después de una esmerada lucha. Veinte denuncias tuvo que hacer. Sin embargo, el temor no finalizó ese día. Desde la mismísima cárcel el hombre aprovechó algunas oportunidades para llamar a la mujer. La hostigaba. "Amenazó con matarme a mí y a mi hija si no le devolvía la cuota alimentaria que le estaban embargando", cuenta la mujer. "Y no sé cómo reaccionará cuando se entere que salió la sentencia por divorcio", agrega, nerviosa.
El 20 de septiembre próximo puede ser otra bisagra en la vida de Fernanda y sus hijos. Si avanza el pedido de su abogado, Castro estaría en condiciones de salir en libertad condicional. "¿Y entonces?", pregunta Fernanda en búsqueda de una respuesta que nadie parece tener. Ella no tiene trabajo (un posible empleador le dijo que no la contrataba porque estaba preocupado sobre qué hacer si el agresor la mataba frente a la puerta de su negocio). Por ende, no cuenta con dinero. La víctima no está en condiciones de pagarle a un abogado para que siga de cerca el procesamiento por los llamados desde el servicio penitenciario. Menos aún, puede mudarse lejos del hombre y su familia.
Fernanda tiene miedo. Por ella, por sus hijos. Por eso dará su presente y marchará este viernes para no ser "una menos".





