Lo sabemos todos: algo cambió

Gail Scriven
Gail Scriven LA NACION
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16 de diciembre de 2018  

Todas lo sentimos. Algo cambió esta semana. Hay un terremoto en ciernes. Apenas percibimos los temblores, pero sabemos que se está moviendo algo. Puede que seamos demasiado optimistas, demasiado ilusas al creer que es para bien. Pero sentimos que nos están escuchando, mirando de otra forma. Algunos con dudas, otros con desconcierto. O incluso temor. Algunos preguntándose: "¿Habré hecho algo alguna vez que se podría haber malinterpretado, algo que la puede haber hecho sentir incómoda?".

Y otros, ya con hartazgo, pensando: "Otra vez estas con sus planteos... No tienen paz".

Y nosotras nos empezamos a preguntar: esa vez, hace tantos años, cuando recién empezaba a trabajar y uno de mis jefes me llevó a bailar después de una comida "de trabajo", ¿estaba bien? Esa vez que otro me insistió durante semanas para que fuera a tomar un café con él y "hablar" sobre mis notas. ¿Qué querían? Nos preguntamos en ese momento: ¿hice algo que pudo haber malinterpretado?

También pensamos en nuestras amigas. La que nos contó que el jefe la sorprendió dejándole un mensaje insinuante en el contestador a las 2 de la mañana. Nos sonaba extraño: le aconsejamos que lo guardara, por las dudas. O la que nos confesó que su potencial jefe la invitó a comer para la entrevista que iba a decidir su futuro laboral, pero que ella tuvo que maniobrar casi físicamente para evitar que la llevara a un cuarto de hotel, donde iban a "terminar la entrevista". Y en las que volvieron del curso que nos ofrecía la empresa diciendo que había que cuidarse de uno de los instructores porque se ponía "cariñoso" al responder las dudas.

¿Cuánto nos afectó? ¿Cuánto nos condicionó? Empezamos a estar más atentas, a dudar, a pensar en que podía haber algún otro interés. Alguna vez incluso nos sumamos a esa moda de usar corbata, porque nos hacía sentir más protegidas, más fuertes. Insólito.

También pensamos en todos esos compañeros con los que trabajamos y convivimos con confianza, respeto. Y con los que nos divertimos, sin ningún tipo de sospecha o incomodidad. Muchas tenemos ese privilegio. No todas.

El desconcierto es generalizado. Ellos también se empiezan a cuestionar, a mirar para atrás: se preguntan cómo tratarnos. Si hay que cambiar algo; si lo que antes era canchero, de langa, una broma, ahora puede ser acoso. Se preguntan dónde termina la camaradería, el compañerismo, y dónde empieza la incomodidad. Algunos, con planteos genuinos; otros casi con burlas, como los virulentos chats que circulan en WhatsApp sobre las nuevas reglas, el mundo en el que todo puede ser considerado acoso.

No tenemos las respuestas. Estamos reescribiendo las normas de convivencia. Más que nada en el trabajo. En muchos casos, en demasiados, no hay dudas: fue acoso o abuso . Todas vimos las imágenes de Thelma , escuchamos su relato desgarrador . Todas sentimos lo que ella sintió. Nos indignamos. Lloramos.

Pero también hay algo en el medio, algo a lo que nos acostumbramos y que sentimos que tiene que cambiar. Ahora nos permitimos preguntarnos: ¿puede ser distinto? Eso que me incomodaba, ¿tengo que aceptarlo?

Ya pasó en Estados Unidos, que incluso con Donald Trump como presidente (o posiblemente porque él es presidente) está viviendo una profunda revolución con el #MeToo . Es un grito de liberación de toda una generación, que empieza a exportarse a otras latitudes y que esta semana impactó en la Argentina. Las reglas y las formas en las que se vinculan los hombres y las mujeres están cambiando. Bienvenido sea. Es un arduo proceso catártico, necesario y tardío. Lo cual no implica que no tenga riesgos y que no haya excesos.

Una reciente encuesta de Pew reveló que, desde el #MeToo, más del 50% de los hombres dicen que se les dificulta relacionarse con mujeres en el trabajo. Algunas empresas llegaron al extremo de prohibir reuniones a solas entre mujeres y hombres, eliminaron los viajes ejecutivos de ambos sexos o incluso obligan a los hombres a dejar abiertas las puertas de sus oficinas. Ya se habla en Estados Unidos de seguir la "regla Pence", en referencia al vicepresidente Mike Pence, que alguna vez afirmó que nunca se sienta en una mesa con una mujer que no sea la suya si sirven alcohol. Son cambios que en algunos casos pueden resultar contraproducentes para las mujeres, que contribuyen a levantar una nueva barrera y nuevas exclusiones en el mundo del trabajo.

No es posible saber aún qué pasará en la Argentina. Es el comienzo de un largo camino, en el que resulta fundamental cuidar a las víctimas, pero sin caer en una caza de brujas. Cuando un dique se rompe puede llevar todo en su paso. Hasta que el agua se vuelve a encauzar. Ese es el desafío: trabajar por una transformación duradera, sin aprovechamientos políticos ni banderas de ningún color. Es una causa de todos. Y está claro que después de Thelma nada será igual. Ella nos cambió.

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