Coronavirus: el megáfono siempre suena más fuerte en manos de los líderes

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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18 de abril de 2020  • 07:00

Hasta ahora les hemos endosado las noticias falsas sobre Covid-19 a las redes sociales –¿cuándo no?– y a una cantidad de personas más o menos anónimas, en ocasiones deliberadamente anónimas, que, por una larga lista de motivos (desde una sociopatía flagrante hasta la más cándida de las ingenuidades), han estado produciendo y repitiendo ridiculeces a los cuatro vientos. Los cuatro vientos serían Facebook, Instagram, Twitter y WhatsApp. Para empezar.

No le han hecho bien a nadie y posiblemente han causado bastante daño, pero, con todo, en nuestro diagnóstico nos ha venido faltando algo. Los ingenuos y los trolls, los canallas de la pantalla táctil y los conspiranoicos de la línea de tiempo no son los únicos que han instalado ideas peligrosas.

Empecemos por Inglaterra. Fue el primer caso en el que una nación sostenía que lo mejor era que la vida siguiera como siempre y que se contagiara todo el mundo, para acorralar, digamos, el incendio y, de este modo, extinguirlo. El jefe médico del gobierno inglés –y Johnson dio todo su apoyo a este concepto– se mostró además preocupado por la "fatiga en la conducta" de los ciudadanos, si se aplicaban tempranamente medidas más estrictas (como el aislamiento social severo). Si los oyera Winston...

Del hecho de que no se sabe si Covid-19 otorga inmunidad y del tendal de personas que iba a dejar este distópico experimento no se habló ni media palabra. De paso, por entonces no se tomaba en cuenta los asintomáticos, algo sobre lo que escribí hace casi dos semanas y, por supuesto, me llamaron alarmista. Respecto de las personas con mayor riesgo de fallecer por este coronavirus, es cierto que son los mayores y los que sufren ciertas patologías adicionales. Pero siguen siendo seres humanos; noté, y tal vez fue solo una impresión mía, un cierto tufillo a discriminación cuando se mencionaba a los pacientes de riesgo. Las estadísticas pueden confundirnos, en ese sentido.

Tal simplificación darwiniana (se llama "inmunidad de la manada") no era en rigor el plan del gobierno inglés, que en los papeles resultaba más razonable, aunque excesivamente tibio. Pero la comunicación resultó muy confusa y la idea de que Covid-19 no era tan grave se instaló al principio de la pandemia; cuando todavía no era pandemia. Ahora Inglaterra ya tiene más de 13.700 muertos (casi la misma cantidad que los civiles muertos durante la Batalla de Inglaterra), y su primer ministro, abogado último de la visión del "no pasa nada", debió ser hospitalizado. Con Covid-19. Eso fue después de invertir por completo la estrategia de defensa, pero para entonces ya era tarde.

Antes de eso, había calificado a Covid-19 como de "riesgo moderado" y se había mostrado dándole la mano a personal de hospitales donde había pacientes con este coronavirus. En un tweet de febrero, poco antes de dar marcha atrás y empezar a recomendar con sonora insistencia el aislamiento social, dijo que la principal manera de evitar el contagio era lavarse las manos.

Estados Unidos, con el liderazgo lenguaraz y, de nuevo, reduccionista, de Donald Trump, que calificó a Covid-19 como una gripe irrelevante, hoy está al frente en todas las horribles estadísticas de la enfermedad, con más de 600.000 infectados y más de 35.500 muertos. Todas estas cifras son del viernes 17 de abril de 2020, anoto para la posteridad. Pasado mañana estarán obsoletas, y ni hablar el próximo año.

Dicho un poco más claro: los líderes de dos de las naciones más poderosas de la Tierra fueron muy claros en las redes sociales sobre su posición respecto de lo que por entonces era un brote en un país lejano (anoten, ya no existen países lejanos), que luego se tornó epidémico y que al final estalló en una pandemia de la que se conocen pocos antecedentes.

Ninguno de estos dos líderes ventiló sus opiniones en la intimidad de su gabinete, ni lo conversó primero a puertas cerradas con un equipo variado de científicos y médicos, ni les prestó oídos a los que conocen las insondables complejidades de cualquier virus y, al parecer, de este en particular (a propósito, no se pierdan esta nota excepcional sobre el genoma de este coronavirus en The New York Times). No, señor. Luego de esparcir calumnias contra la libertad de expresión, como si todos los seres humanos fuéramos trolls o repetidores seriales de tonterías, recurrieron a las redes sociales para implantar una idea errada y, lo que es más grave, para traer tranquilidad.

En mi opinión, está muy bueno que un líder traiga tranquilidad. Al menos, en dos escenarios. Cuando la tranquilidad está justificada y cuando la intranquilidad podría causar más daño que la crisis. Si estás en el Titanic, acabás de chocar contra un iceberg y es el 14 de abril de 1912, bueno, señores líderes, decir que es una "gripecita" no parece ser la mejor idea del mundo. ¿Por qué? Porque durante días preciosos los ciudadanos de Estados Unidos creyeron en que el Titanic no se iba a hundir y los ingleses que alcanzaba con lavarse bien las manos. En cambio, si se incendia un cine, lo mejor es tratar de calmar los ánimos y salir ordenadamente. Cosa que, como sabemos, no va a ocurrir.

Así que, en el primer ejemplo, traer tranquilidad es muy peligroso. En el segundo (el incendio), es inútil. De modo que en ningún escenario podría haber salido algo bueno de minimizar el brote de Wuhan. Pero el que lo hayan hecho por las redes sociales le da una vuelta de tuerca adicional. ¿Qué piensa un número importante de personas –no creo que la mayoría– de lo que lee en las redes sociales? Que es cierto. De otro modo, no lo replicarían sin reflexionar.

Ahora, si lo dice el presidente de un país como Estados Unidos o el primer ministro de Inglaterra, bueno, es absolutamente obvio que no solo es verdad, sino que el servidor público lo ha verificado con las mejores mentes que se pueden pagar.

Ojalá. En la práctica, y como nos tienen acostumbrados, fueron opiniones desde las entrañas. Les pareció. Tuvieron la impresión. Oyeron al asesor que más les gustaba. Y después propalaron su opinión –no verificada, no consensuada con un equipo grande y variado de expertos (es un virus, no una pizza)– por las redes sociales. Eso solo alcanza en el mundo en el que estamos viviendo para legitimar tal opinión, convertirla en verdad revelada e, incluso, politizarla y transformar al que advierte sobre este coronavirus en enemigo del Estado. Como pasó en China.

A partir de entonces, y gracias, entre otros factores, al megáfono de Internet, fue todo barranca abajo. El virus, que tiene como principal arma el ser extremadamente contagioso, empezó a circular localmente, se escapó de las manos y se transformó en un desastre nacional. Casi con entera certeza le costará las elecciones a Trump.

Así que habría que preocuparse menos respecto de lo que los particulares opinamos en las redes sociales, donde nos asiste el derecho a la libertad de expresión, y habría que bajarse de los patrullajes virtuales. En lugar de eso, sería mejor sentarse con los líderes de las naciones para hacerles entender que las redes sociales son mucho más peligrosas en sus manos que en las de todos los trolls del mundo. El poder otorga una inmensa responsabilidad. Responsabilidad significa (traduzco, para que no quede ni la más mínima duda) que tienen que medir cada palabra, cada verbo, cada sustantivo, cada adjetivo que profieren en las redes. Porque si muchas personas le creen a un anónimo que dice que el coronavirus se previene tomando vodka o té con leche, ¿cuánto más le creerán a un sujeto que preside la nación más poderosa del mundo? (A propósito, y porque los presidentes y primeros ministros no son los únicos líderes que no comprenden el peso de sus dichos en las redes sociales, lo del vodka no es una exageración. La Federación Española de Enología publicó el 23 marzo un ambiguo comunicado, luego viralizado ad nauseam como video, donde no se llegaba a entender si querían decir que el coronavirus (técnicamente se llama Sars-CoV-2) no sobrevive en una copa de vino, si beber vino con moderación previene la infección o ambas cosas a la vez; luego tuvieron que dar marcha atrás, porque les llovieron las críticas, lógicamente.)

Hay un asunto más, sobre el que me gustaría poner la lente. Al parecer, hay una relación directa y estrecha entre la supresión de las libertades civiles (o la simple aversión a tales libertades, algo demasiado normal estos días) y el mal uso de las redes sociales y de la comunicación en general. De alguna forma, el que gobierna con mano dura, el que se cree portador de la verdad revelada, el que se percibe como infalible e inmune a todo, el que funciona como el engranaje más grande (pero engranaje al fin) de un mecanismo que supone que solo somos engranajes, todos ellos están también haciendo un mal uso de las redes sociales. No las llamamos fake news, tal vez por pudor. O tal vez porque terminan siendo mucho más dañinas que las fake news.

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