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Anuario LA NACION 2018

Un Nobel atípico para una autora insular que sorprendió al mundo

Laura Ventura
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20 de diciembre de 2018  • 19:59

Insular. En tierra firme, pero lejos del epicentro. Distante del canon. Sacudida por olas y tormentas alzó la voz desde su orilla. Maryse Condé está acostumbrada a ser una excepción. Desde pequeña advirtió que sus coordenadas biológicas e intelectuales estaban ubicadas en un terreno de clasificación elástica. Es la escritora merecedora del premio más prestigioso de la literatura universal en una edición atípica. Ganadora del –mal llamado– Nobel alternativo, porque con nada alterna, sino que es un chaleco salvavidas para que no naufrague la continuidad de un galardón sacudido por el escándalo.

Insular. Porque fue la más pequeña de ocho hermanos y aunque tuvo padres amorosos, siempre se sintió una hija no deseada. En "la ciudad de las luces" que visitaba cada verano con sus padres, un París aún con las cicatrices de la ocupación nazi, una mirada oscura se depositaba sobre aquella numerosa familia de atuendos coloridos, percibidos como extranjeros, a pesar de portar pasaporte francés.

Insular. Porque con sangre bambara en sus venas aprendió a leer y a escribir en aquel que llama "el idioma colonial" de Guadalupe. Durante décadas se dedicó a transmitir el amor hacia la lengua de Racine y Victor Hugo desde su cátedra en los Estados Unidos, sin descuidar de difundir la cultura africana en el Caribe.

Insular. Porque aunque su apellido invoque cierto abolengo, su padre fue un empleado público y su madre, maestra. Sin ejercer un cargo diplomático, puso en el mapa su isla idílica del Caribe francés, regida por una economía en euros.

Insular. "Habla de Segú fuera de Segú, pero no hables de Segú en Segú", reza su novela más famosa. Profética, algunos años después cosechó detractores en su tierra tras la publicación de Desiderada, una historia que sigue los pasos de una adolescente embarazada.

Insular. Porque para no estar tan sola, creó en su literatura un archipiélago de mujeres como ella: sometidas a sistemas de dominación masculina. Insular es Sira, la extranjera en Segu. Porque cautivas no ha habido solo en La Pampa ni en la guerra de Troya.

Insular. Porque se la acusó temprano de practicar el feminismo antes de saber incluso qué significaba, se la persiguió y etiquetó casi de hereje en el siglo XX y XXI. A Tituba, un personaje negro y secundario de Las brujas de Salem, la salvó de olvido y puso su único nombre, ya que a los esclavos le quitan su libertad y su apellido, en la portada de una novela.

Insular. Porque su obra ha sido apenas traducida al español y porque fue su marido quien, harto de los argumentos espirales de tantas casas editoras, llevó y aún transporta las novelas de su esposa al idioma de Emily Brontë. Fue aquella inglesa de las tierras de York, desde sus borrascosas cumbres, la autora que inspiró a una jovencita descalza en la arena cálida de una playa del Caribe.

Insular. Porque sus ficciones no se alejan demasiado de la realidad y algunas son estudiadas como si fuesen documentos históricos.

Insular. Porque obtuvo el premio más célebre de las letras y muchos lectores preguntaron quién era esa mujer a la que jamás habían oído nombrar.

Insular. Independiente. Sin ocultar ni olvidar los sedimentos y las capas de su tierra y de su sangre, sin hacerle caso a la masa que la rodea, construyó puentes.

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