Ana Gallay y Georgina Klug: las guerreras de la arena

La dupla argentina es una pareja explosiva y de pura garra en el beach voley; la historia detrás de la medalla dorada número 11 para la delegación albiceleste en los Panamericanos de Toronto 2015
Gastón Saiz
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22 de julio de 2015  • 09:41

Gallay y Klug hicieron historia en Toronto
Gallay y Klug hicieron historia en Toronto Crédito: Maxie Amena

TORONTO.– La medalla dorada Nº 11 de la Argentina en los Juegos Panamericanos surgió de un deporte que parece vivir una festividad permanente. El beach voley es baile y sensualidad de bailarinas vestidas con jeans cortos y musculosa blanca; es el desparpajo de un animador moreno que durante una pausa se entrevista con Pachi, la mascota puercoespín del certamen. Es la aparición de voluntarios que, cuando ingresan a la cancha, rastrillan la arena con la música vertiginosa de Benny Hill. Entonces el mundo parece acelerarse, igual que las palpitaciones de Ana Gallay y Georgina Klug, la pareja explosiva que se consagró en un microestadio con atmósfera de Ipanema.

¿Cómo se triunfa en una disciplina cuando hay limitaciones naturales? ¿Cómo se puede ser mejor cuando la altura de las dos no sobrepasa el metro setenta, con diferencia de 10 centímetros respecto a la mayoría de las rivales? Con una garra que no es común en el beach voley de mujeres, sumada a una buena técnica y al control de pelota. Ana (29 años) y Georgina (31) compensan toda limitación con un corazón de hierro, por eso le dieron a la misión argentina una victoria con la que iguala la cosecha de 11 de Río de Janeiro 2007. Un primer puesto que no estaba en los planes de nadie, pero que empezó a asomar con el triunfo en los cuartos de final ante Estados Unidos y maduró en la victoria en la semifinal frente a Brasil. Faltaba el broche en la definición, contra Cuba, y ellas no iban a perderse la chance de dar una vuelta olímpica a puro grito, como en la semi. Habían anticipado que jugarían ante las caribeñas con su típica inconsciencia deportiva, y lo refrendaron en el resultado: 21-17, 19-21 y 15-7. "¿Sabés con qué me quedo? Con los mensajes de la gente, que nos destacaba nuestra forma de jugar y lo que transmitimos en la cancha. A la medalla voy a guardarla en un cajón", decía Klug.

"Nunca bajamos los brazos y se nos dio. Llegar bien a Toronto era nuestra responsabilidad, pero jugué con una muñeca anestesiada por una lesión". (Georgina Klug)

Las dos anduvieron a los saltos y a los abrazos en estos Juegos. Saltaron porque la mera participación en Toronto ya era un motivo de celebración para ellas. Y se abrazaron porque lograron lo máximo dentro de aquello a lo que aspiraban: "Una medalla de cualquier color".

Sucede que van descubriéndose apodos de conjuntos argentinos y resulta que ellas son "Las Guerreras". El apelativo calza justo sobre todo a Gallay, una guerrera de la vida. Nacida en Nogoyá, hasta los 8 años vivió en el campo y su mejor juguete fue una pelota. Pero a esta inquieta por naturaleza, el voleibol la obsesionó desde los 13, cuando recibió una citación para el seleccionado entrerriano. Durante cuatro años viajaba desde Nogoyá hasta Aldea Brasilera –a 18 kilómetros de Paranᖠpara no cortar su vínculo con este deporte. En la semana se entrenaba sola en su ciudad y los fines de semana recorría 120 kilómetros hasta Aldea para pasar la pelota por encima de la red. No eran momentos económicos buenos: la familia vendía pastelitos para juntar algo más de dinero.

Ana buscó un sustento paralelo para su incontenible pasión por el voleibol y se recibió en Gualeguay de profesora de educación física. Con el diploma, siguió recorriendo la provincia: se trasladaba todos los días 60 kilómetros para dar clases en una escuela de Hernández. Y dos veces por semana agregaba otros 140 para enseñar en aulas de Crucesitas 8ª.

"No tuvimos cábalas ni nos hicimos promesas, pero los Curuchet sí. ¡Así que esperamos las bicis que nos prometieron si ganábamos la medalla de oro!". (Ana Gallay)

"Tengo los mejores recuerdos de esa época, y todo ese sacrificio me sirvió para desarrollar mi carrera. Cuando las cosas cuestan, se las disfruta mucho más. Vengo remando con el beach voley desde hace años; empecé porque hice un curso de árbitro, pero dirigí un partido y listo", recuerda Gallay, que con Virginia Zonta fue la primera de este deporte en participar en Juegos Olímpicos, en Londres 2012. Al año siguiente armó una dupla con Georgina Klug y empezaron en el Circuito Mundial con el respaldo económico del Enard. Incluso, coincidió que las dos se fueron a vivir a Mar del Plata con sus respectivos maridos, pero desde hace dos años están muy enfocadas en la disciplina, con viajes permanentes. Ahora, persiguen la clasificación para Río 2016 a través de aquel circuito, al que ingresan las mejores 14 del ranking. Todavía están lejos: figuran 32as. Pero también pueden obtener el pasaje vía Continental Cup. Todo se resolverá unos 40 días antes de los Juegos Olímpicos.

"Una delirante". Así se describe Georgina, surgida del Club de Regatas de Santa Fe y que se perfilaba para consolidarse en el voleibol convencional. Llegó a integrar Las Panteras en 2002; tenía apenas 17 años y era compañera de Carolina Costagrande, Celina Crusoe y Romina Lamas, entre otras. Pero de repente se apartó del camino para estudiar kinesiología y hoy comanda un consultorio de estética y fitness en Mar del Plata. Un día probó jugar en la playa y poco después la invitaron al preolímpico, con apenas tres semanas de entrenamiento. "Me dijeron que saltara y le pegara y que después iban a ir enseñándome", contó. Ese arrojo hacia lo novedoso le dio la razón y ayer se bañó de oro con Gallay para seguir a los saltos, con una emoción desbordante.

pl/ph

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