
Violencia de género
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El artículo "Social Media, Where Sports Fans Congregate and Misogyny Runs Amok" (de Juliet Macur) fue publicado en New York Times el 28 de abril. El diario incluyó un video en el que se puede ver a varios hombres que se sientan frente a periodistas deportivas y les leen los mensajes que reciben en las redes sociales.
Las ráfagas de odio que reciben en sus páginas de las redes sociales son tan personales y lacerantes que atravesarían el cuero más duro. Mensajes de hombres que quieren verlas muertas. O violadas. O abusadas y golpeadas por sus novios.
Así que Julie DiCaro y Sarah Spain –amigas y colegas del periodismo deportivo de Boston que reciben ese tipo de saña en las redes casi a diario– decidieron hacerlo público y acordaron participar en un video que hace foco en algunos de los mensajes más crueles y ruines que le llegaron vía Twitter.
En el video, producido por Just Not Sports puede verse a una seguidilla de hombres que se sientan frente a Spain –reportera de ESPN y periodista radial– y frente a DiCaro –conductora radial de 670 The Score–, y proceden a leerles algunos de esos mensajes, como "Tendrían que darte con un palo de hockey en la cabeza hasta matarte", o "Ojalá que esta trola de DiCaro sea la próxima víctima de Bill Cosby".
Al ver el video, no me impresioné, ni siquiera me sorprendí. Las mujeres que ejercen el periodismo deportivo reciben esos mensajes en todas las plataformas: Twitter, Reddit, Facebook, y hasta por email.
Entre nosotras, dentro de nuestra reducida fraternidad, las periodistas de deportes no solemos hablar mucho de esos abusos escritos. Todas sabemos existen y que seguirán llegando, como si fuesen gajes del oficio.
"Los hombres también reciben comentarios horribles, pero creo que el contexto con las mujeres es bien distinto", dice Spain. "Y no es que te digan simplemente que sos una idiota y que están furiosos con tus opiniones deportivas. Son mensajes donde dicen que te odian porque no quieren que ocupes ese espacio, donde te dicen que te saques la ropa y les prepares el almuerzo."
Antes pasaban unos días hasta que te llegaban por correo normal las cartas con insultos y crueldades. Cuando empecé en el periodismo deportivo, hace casi 20 años, recibía semana tras semana una carta insultante y sin remitente de un lector anónimo de mis columnas. Sobre una hoja blanca de papel, pegaba la foto de mí que aparecía junto a mi columna en el diario, y abajo escribía comentarios sobre mi cara, mi pelo, mi silueta, y sobre cómo, por ser mujer, debería estar en la cocina o teniendo hijos, en vez de invadir ese territorio masculino que es el deporte. Me recomendaba renunciar y rajar de la ciudad, ese tipo de cosas. Inquietante, pero me limité a archivar las cartas, no hacer olas y seguir adelante.
Conocía de memoria las historias de las pioneras del periodismo deportivo, de lo que tuvieron que pasar mujeres como Lisa Olson, que trabajó para el Boston Herald. En 1990, Olson dijo haber sido acosada en los vestuarios de los New England Patriots. Tras su acusación, la respuesta fue brutal: amenazas de muerte, llantas pinchadas, su departamento desvalijado. Finalmente, para escapar de tanto abuso, se tuvo que mudar a Australia.
Así que las notas que recibía de lectores trastornados no me parecían tan graves. Pensaba que así eran las cosas para las mujeres en el deporte. Como había sido deportista, sabía que para llegar hay que tener aguante. Y yo tenía aguante. Me decían que los hombres también recibían mensajes horribles, pero hasta dónde sé, ninguno de los recibidos por mis colegas varones tuvo nunca ese veneno de connotaciones sexuales.
Estoy segura de que ningún hombre que haya escrito sobre las acusaciones de violación contra el ex mariscal de campo Jameis Winston recibió emails con amenazas de violación, como sí me pasó a mí. Probablemente tampoco haya recibido el email de un hombre diciendo que merecía el paredón y un tiro en la cabeza.
Estoy segura de que ningún hombre que haya escrito sobre las acusaciones de violación contra el ex mariscal de campo Jameis Winston recibió emails con amenazas de violación, como sí me pasó a mí. Probablemente tampoco haya recibido el email de un hombre diciendo que merecía el paredón y un tiro en la cabeza.
Esos son los mensajes que llegaron a mi casilla de email laboral una mañana, la mañana de Navidad.
¿Y si lo dejo pasar y listo? Difícil, sobre todo cuando las empresas de medios esperan que los periodistas tengan presencia en las redes y se comuniquen con sus lectores. Especialmente por Twitter, la red social favorita de deportistas, fans y periodistas, punto de reunión virtual donde todos comparten ideas y opiniones.
Twitter puede ser un excelente espacio para relacionarse, pero también suele convertirse en un lugar hostil. Escudados en el anonimato, los acosadores acechan y atacan en un nanosegundo.
DiCaro, que antes fue abogada penalista y en derecho de familia, cuenta que un hombre la bombardeó diariamente durante horas con mensajes inquietantes por las redes sociales, como si le siguiera los pasos. Y cuando empezó a escribir sobre las acusaciones de violación contra el delantero de los Chicago Blackhawks, Patrick Kane, un hombre le envió una serie de tuits donde decía que la iban a violar y a matar. También le recomendaba que se cuidase la próxima vez que pusiese un pie en Chicago.
DiCaro señala que nunca acudió a la policía porque le dijeron que las fuerzas de la ley no pueden hacer nada para detener esos mensajes. "No hay manera de zafar de ese abuso", dice DiCaro. "En aquel momento, no había tantos mensajes de esos como hay ahora en Twitter."
DiCaro tiene la esperanza de que el video sirva para que las personas se replanteen lo que significa acosar a otros por las redes sociales. La periodista tiene dos hijos adolescentes, y quiere que ellos y las nuevas generaciones aprendan lo que está bien y lo que está mal.
¿Cómo terminar con ese abuso? Para DiCaro, en los medios de noticias deportivas debería haber más diversidad. Lamenta que el deporte siga siendo un mundo masculino y sin perspectivas de cambio en un futuro cercano, mientras las pocas mujeres que lo integran son blanco de algunos hombres que no las quieren en su club de varones. "Es como cuando los leones aíslan al antílope más débil de la manada para el ataque", dice DiCaro. "Es como si los tipos se dieran cuenta de eso."
DiCaro y Spain dicen que en Twitter, las reacciones ante el video fueron en un 90 por ciento positivas. Pero el otro 10 por ciento, ese 10 por ciento lamentable, no entendió nada. Alguien le escribió a Spain en Twitter: "Matate, por favor. Yo te doy la lavandina." Cuánto odio inútil.
"Social Media, Where Sports Fans Congregate and Misogyny Runs Amok" (de Juliet Macur)
Traducción de Jaime Arrambide


