Fue el verdugo de Boca en los torneos de verano, salió campeón en Europa y hoy vive del campo: “Con la ganadería lleno la heladera”
Debutó en un Racing caótico, lidió con representantes y sus “negocios” y ahora, desde su Mercedes natal, le explicó a LA NACION cómo es su ardua tarea rodeado de terneros
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Santiago Malano debutó en la Primera de Racing en octubre de 2005. En una época donde la exigencia de resultados parecía un tanto desmedida dada la fragilidad institucional, un joven nacido en la ciudad de Mercedes, que recaló en el club de Avellaneda en octava división, cumplía el sueño de jugar profesionalmente.
Sin poder descollar en los partidos “por los puntos”, el atacante dejó su huella en los antiguos torneos de verano, donde le convirtió dos goles a Boca y otro a San Lorenzo, en Salta y Mar del Plata, escenarios icónicos de aquellos días de enero de 2006 y 2007.

“Enganché una época complicada: estaba el tema de Blanquiceleste –el gerenciamiento que se mantuvo hasta el año 2008 en Racing- y todos los años eran malas campañas. Ese contexto no era propicio para un pibe y se pedía que jueguen los grandes para no quemarnos. Peleamos el descenso, el equipo no jugaba a nada y cada tres meses cambiábamos de técnico”, explicó Malano, en diálogo a LA NACION, para dar un pantallazo del panorama hostil que se respiraba en esa parte de Avellaneda.
En tiempos de inestabilidad deportiva, Racing recurrió a su poblada cantera de talentos donde la categoría 87 –de la cual formaba parte Malano- era la que más prometía: Sergio “Chiquito” Romero, Maximiliano Moralez, Gabriel Mercado, Claudio Yacob y otros jugadores edificaron sus carreras con mayor o menor recorrido.

“La época de inferiores es donde disfrutás; después cuando subís a Primera y se juega por plata y por los puntos el ambiente es otro”, explicó el atacante mercedino que estuvo cinco años en Racing –con un breve paso por Atlético Rafaela de por medio- y siguió su periplo por el fútbol colombiano, chileno, maltés e italiano.
“Aprendí a los ponchazos por no tener ningún familiar que haya jugado al fútbol. Era un inocente bárbaro… después te enterás que 20 jugadores de un mismo plantel son representados por el mismo representante que el entrenador”, relató, sin filtros. En retrospectiva, Malano recuerda las peripecias que vivió en el deporte que fue su pasión y del que hoy no extraña nada.

En 2008, sin lugar en La Academia, pasó a préstamo a Atlético Rafaela en busca de continuidad. No solo logró su cometido, sino que convirtió goles y era titular indiscutido. A los meses, el entrenador “lo cocinó” cuando trajo a un delantero que lo manejaba su mismo representante y él fue relegado al banco de suplentes.
Al año siguiente, en su retorno a Racing, sufrió el mismo destrato, esta vez por parte de Ricardo Caruso Lombardi, quien ni siquiera lo consideró para que entrene con el plantel: “Traía pibes que ni siquiera habían jugado en Primera. A los que volvían de los préstamos no nos dejaba entrenar, ya tenía el negocio armado. Él no quería saber nada con los jugadores que no eran de su interés”.
Además de la negativa del entrenador de turno, Malano quedó en medio de una encrucijada entre un grupo inversor, que había comprado la mitad de su pase, y Racing, que ya había dejado atrás el gerenciamiento y se reordenaba institucionalmente. “El grupo inversor no quería pagar lo que faltaba y el club quería dejarme libre”, rememoró sobre ese tira y afloje.

En medio de esa maraña de malos entendidos, el delantero quedó atado a decisiones de terceros para seguir su carrera. “El Manchester City me hizo una prueba, quedé, y querían comprarme el pase para jugar en Reserva, pero el grupo inversor pidió más plata y desistieron; también se rechazaron ofrecimientos del Atlas de México y un equipo de Israel”, reconstruyó el exjugador, quien jugó amistosos oficiales con la selección argentina sub-20 y, por ese entonces, tomó la decisión de quedar en libertad de acción para poder decidir por su cuenta.
“Les tenía fobia a los representantes, eran todos chantas. Estuve seis meses entrenándome solo hasta que me contrató el Deportivo Cúcuta”, agregó. Lo que siguió fue un periplo por Chile en Audax Italiano, Deportes Temuco –llegó por recomendación de Marcelo Salas-, Rangers y la oportunidad tardía de recalar en Europa a los 30 años para vestir la camiseta del Valletta de Malta, donde consiguió seis títulos y llegó a jugar la fase previa de la UEFA Champions League.

“En Malta no envejecés más; hace 20 grados de mínima en invierno, todo el año estás en la playa. Después te pasan cosas como olvidarte el celular en un comercio y vas a las dos horas y sigue estando ahí. En otra parte del mundo no existe. En ese país salí campeón por primera vez a los 31 años”, relató Malano, quien culminó su carrera en el ascenso de Italia a los 35 años.
Giro radical: se instaló en el campo y se olvidó del fútbol
Casado con Victoria y padre de Sebastián, Francesco y Antonella, el exjugador de Racing colgó los botines empujado por la culpa de quitarle el “sentido de pertenencia” a sus hijos, quienes le preguntaban a fin de año a qué país se iban a mudar para acompañarlo en su camino como futbolista profesional.

“No extraño ni un día ser futbolista, nunca me replantee qué hago en un campo y no en una cancha. Le saqué todo el jugo que podía y hasta podría haber jugado unos años más, pero tengo tres hijos y tengo que pensar en mi familia”, aclaró Malano, quien, junto a sus padres y hermanos, trabajan en un campo de Mercedes y honran la memoria de su abuelo, quien les enseñó los gajes del oficio de la ganadería.

En su computadora personal anota qué les pasa a los terneros, cuándo nacen, cuánto pesan, si es macho o hembra, quién es la mamá, cuándo lo destetó –una tarea que se realiza mensualmente- y qué come cada vaca. El archivo pormenorizado data de cuatro años con una implacable cantidad de datos. “Con la ganadería lleno la heladera y puedo pagarles el colegio a mis hijos. Si trabajás bien en el campo existen variantes para sacarle más jugo”, subrayó.
“En la ganadería tenés diferentes negocios: le podés sacar un ternero a la vaca, después de nueve meses de gestación, y así todos los años. Cuando el ternero cumple seis meses pesa, aproximadamente, 200 kilos. Todos esos terneros que vos generaste los vendés a invernaderos que después hacen la recría para vender el novillito al frigorífico”, explicó como parte de un circuito que lo mantiene entretenido y apasionado desde el día que colgó los botines.

En medio de campos con boyeros eléctricos para indicarle a la vaca dónde tiene que comer, el exfutbolista camina desde el amanecer hasta las últimas horas del día por las hectáreas que hoy lo desconectan, por un momento, de la realidad.
“Cuando entrenaba era el primero en llegar y el último en irme; en el campo soy igual, a mi familia le costó adaptarse a mi ritmo”, ejemplificó aquel joven de Mercedes que aprendió a sacrificarse con el fútbol, renegó con el “negocio” del mismo, y hoy encontró la paz en medio del campo.
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