Argentina: una pasión llamada fútbol
La primera Copa árabe y musulmana de la FIFA fue centro del gran espejo del fútbol que muchas veces suele tapar todo
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En la Bombonera dejó que su cuerpo formara parte del oleaje. Viajó con la barra de Boca hasta Rosario y compartió cerveza con su viejo líder, Quique Ocampo, “El Carnicero”. Se enamoró de todas las canciones. Entrevistó también a presidentes de clubes, políticos y periodistas. Analizó datos demográficos y económicos. Y siguió yendo a la popular. Nunca dejó de ir a la cancha. Grant Wahl tenía algo más de veinte años y su tesis para recibirse de periodista deportivo en Princeton, Estados Unidos, según recordó la revista The New Yorker, trataba sobre la influencia del fútbol en la vida de los argentinos.
Grant habría explicado seguramente como pocos por qué hubo tanta fiesta, locura y caos el martes en Buenos Aires. No pudo hacerlo. Murió en pleno Mundial de Qatar. Le falló el corazón, aunque cierta islamofobia occidental sugirió que Grant había sido asesinado por el Comité organizador. La primera Copa árabe y musulmana de la FIFA fue centro del gran espejo del fútbol que, es cierto, muchas veces suele tapar todo. Pero que otras veces, en cambio, solo expone miserias y contradicciones ajenas a la pelota.
Mientras Buenos Aires recibe a los campeones, escribo desde una Doha que apagó la fiesta y tiene a los qataríes otra vez dueños de sus calles, ya sin hinchas asiáticos con camisetas de Messi y sin tantas imágenes de Leo. Cuentan que cuando Mahoma entró a La Meca ordenó borrar todas las imágenes de los ídolos y él mismo derribó con su bastón la de Hubal, dios de la lluvia y dios guerrero.
En su maquillaje mundialista, Doha, adoptó las imágenes finales de Messi y de Kylian Mbappé. Idolos políticamente correctos. Compañeros en el PSG. Empleados entonces de Qatar, el gran ganador del Mundial más polémico de la historia, porque su final maravillosa, su desarrollo sin incidentes y buen fútbol, terminó arrasando aquellos debates iniciales que solo hablaban de corrupción, trabajadores esclavos y mujeres y minorías sometidas.
Lo que sí permanece hoy en Doha es la palabra de Mahoma. Leo en una de las galerías del barrio lujoso de La Perla, puro consumo VIP: “Si vuestro siervo os prepara comida, y os la sirve, debéis invitarle a comer, porque esa comida es fruto de su trabajo”. Imposible encontrar sin embargo comiendo en La Perla a los trabajadores hacinados que conocí en Asian Town, ese mundo de hombres solos que sí mantienen en sus locales los afiches de Messi. Qatar, más opulento (es el cuarto país más rico del mundo), no es sin embargo muy diferente al resto. Ya pasó la fiesta. “Vuelve el pobre a su pobreza”, cantaría Joan Manuel Serrat, “vuelve el rico a su riqueza”.
La FIFA, fundada por siete países europeos hace 118 años, organismo todavía “sin fines de lucro”, ingresó 7.500 millones de dólares en el cuatrienio que cerró con el Mundial de Qatar. Subirá a 10.900 millones cuando finalice la Copa de 2026, que crecerá a 48 selecciones y tendrá sede en tres países (Estados Unidos, México y Canadá).
También crecerá el Mundial de Clubes, con 32 equipos a partir de Marruecos 2025. La FIFA distribuyó más de mil millones de dólares (y repartirá el doble antes de 2026) a sus 211 Federaciones miembro, de Sierra Leona a Alemania. Aumentó su apoyo al fútbol femenino y a la formación de talentos y quiere ubicar al fútbol como el deporte más popular de los Estados Unidos. El Mundial siguiente de 2030 podría tener como sede a Arabia Saudita (junto con Egipto y Grecia).
El arribo de los nuevos capitales es un desafío para el viejo patrón Europa, cuya doble moral denunció Gianni Infantino, el presidente posFIFAGate que aspira a reinar hasta 2031. Uno de los clubes más célebres del Viejo Continente, Manchester United, pertenece hace tiempo a Estados Unidos, como sucede con la mitad de los clubes de la Premier League. Avram Glazer, su propietario, estuvo en Doha. Evalúa vender el club a capitales de Qatar o de Arabia Saudita.

El político que más se subió a la gran vidriera de Qatar no fue exactamente del llamado Tercer Mundo, sino que fue el presidente francés Emmanuelle Macron. Dio algo de vergüenza cuando primero intentó consolar a Mbappé en el campo y luego a todo el equipo francés dentro del vestuario. Aquí en nuestro fútbol caótico vemos con lupa a Barracas, el club del presidente Chiqui Tapia. No es menos obsceno que el PSG-Qatar que monopoliza la Liga de Francia. La diferencia es el dinero. A ese fútbol le ganó Argentina, con una selección que terminó siendo modelo de fútbol agresivo y solidario, virtudes que, según algunos discursos, deberían elevarla poco menos que a referencia moral de la nación. ¿Cómo no entender por qué Grant Wahl se interesó por el fútbol argentino?
“¿Por qué es un escenario tan central para ustedes?”, me preguntaba Grant hace veinte años en el Abasto, en una noche larga de empanadas y vino. Lástima que en Doha no alcanzó a ver a Messi levantando la Copa envuelto en una túnica, un honor del mundo árabe al arte que Leo impuso en esa final de gladiadores que Argentina dominó durante más de una hora, pero que casi termina perdiendo. Finalizada la batalla, la TV mostró desencajado a Lionel Scaloni. El DT, arquitecto clave de la obra, estaba como el escritor mexicano Juan Villoro cuando cuenta la única vez que vio llorar a su padre: “en forma rara, con una torpeza esencial”. Como ese fútbol que desnuda todo.
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