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Cuando Mauricio Macri asumió la presidencia de Boca a fines de 1995, entre las muchas cuestiones que pretendía cambiar figuraba una promesa que no pudo cumplir en el tiempo: que 9 de los 11 titulares fueran de las divisiones inferiores. El Boca de Macri fue el más exitoso de la historia del club, pero no por el aporte del semillero que estaba a cargo de Jorge Griffa. Los títulos llegaron de la mano de Riquelme, Guillermos Barros Schelotto, Palermo, el trío de colombianos. Incluso, antes de que empezaran a surgir los juveniles propios, Boca le compró un paquete de promesas a Argentinos, entre las que estaba Riquelme.
Angelici es un continuista del macrismo, pero no se le ocurriría comprometerse con un proyecto como en el que se embarcó hace 20 años el presidente de La Nación. Y menos en este momento, en el que parece haber menos lugar para la producción casera y se les abre la puerta de salida a algunos juveniles que hace apenas un verano atrás representaban el futuro, como Cristaldo (un gol a River) y Pochettino. Al mismo tiempo, llegan dos laterales (Silva y Jara), lo cual refleja una carencia de fábrica.
En un fútbol exportador como el argentino, todos los clubes miran a sus inferiores en busca de soluciones deportivas y económicas. Los jóvenes, al margen de sus condiciones y de la responsabilidad con que lleven sus carreras, dependen de la coyuntura, del momento. La dirigencia de San Lorenzo, con el arribo de Pablo Guede, busca la promoción de valores de la que no se ocupó Bauza, entregado a los jugadores con experiencia y oficio. En 2015, Vélez, obligado a sacarse de encima contratos onerosos por sus penurias económicas, cubrió esos huecos con mayoría de pibes. Fue un ascenso compulsivo, que respondió más a las urgencias que a un proyecto programado. En el corto plazo, los resultados deportivos no fueron satisfactorios, detrás de lo cual se desnudó otra realidad: varios juveniles todavía no tenían aprendidas las exigencias y cuidados que demanda el profesionalismo.
En Boca siempre la presión es máxima. Viene de obtener dos títulos con pocos días de diferencia, pero la Copa Libertadores es una obsesión que actúa como filtro. Tal es así que aplica la fórmula inversa al sueño de 1995: sólo 2 (Cubas y Tevez) de 11 son de las inferiores.
jt



