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BOSTON, Estados Unidos.– "¡Me rompí el culo, entienden, me rompí el culo!" Diego Maradona golpeaba con furia las paredes de la habitación 127 del Babson College. Marcos Franchi, su representante, trataba de calmarlo. A unos metros, en un salón de ese lugar imponente donde la delegación argentina pasaba sus noches, los Midachi seguían despertando carcajadas en su selecto auditorio: el resto del plantel. En esa obra de teatro en continuado que suele ser un Mundial, la tragedia y la comedia vivían simultáneamente pared por medio. Era el martes 28 de junio de 1994; la noche llegaba a Boston pero, sobre todo, caía con todo el peso de su oscuridad sobre la selección argentina.
Hay varias imágenes de aquellos días que pueden ser parte del tráiler de la película: "La maldición de Boston" le quedaría bien como título. No podría faltar el momento en que Roberto Peidró, el médico de la selección, le dijo con inocencia premonitoria a la enfermera Susan Carpenter: "Le tocó el control antidoping a Maradona, andá a acompañarlo y mañana salís en la tapa de todos los diarios"; el paneo debería dirigirse inmediatamente a la tribuna oficial, donde Julio Grondona se hacía la señal de la cruz, nervioso: "Que Dios nos ayude", pedía. No estaría mal mostrar el momento de clímax previo, con Maradona gambeteando nigerianos como un pibe de 20 años y no como un veterano de 34 y con mil achaques, o con Caniggia festejando su antológica definición que configuró el 2-1 definitivo para un equipo que se asumía candidato a ganar su tercer Mundial.
La letra chica de aquella historia, narrada con un extraordinario nivel de detalle en el libro El último Maradona –de los periodistas Andrés Burgo y Alejandro Wall– forma parte de un contrato que se extiende hasta hoy. Aquel incidente, que terminó con Maradona fuera del torneo y con la selección eliminada abruptamente en octavos de final, estableció el punto de partida de una acumulación de frustraciones interminable. La Argentina era bicampeona de América: juego de alto vuelo en Chile 1991 y solidez, menos brillo y Goycochea en Ecuador 1993. Pero la capitulación de Maradona, que jugó ese funesto sábado 25 de junio del ’94 su último partido con la camiseta argentina, fue también la de la selección, que nunca volvió a ganar un título.
Contra Venezuela, la selección jugará en un estadio construido en el mismo lugar donde estaba el viejo Foxboro.
Como entonces, ahora también hace calor en Boston. En el Babson College ya no está estacionada la limusina blanca en la que en aquellos días Mariana Nannis recuperaba momentos de intimidad con su marido, Caniggia, amparados en la laxitud de reglas que permitía Alfio Basile, el entrenador. El presente es menos excéntrico: por el verde de esta reputada escuela de negocios ubicada en las afueras de la capital de Massachusetts corren los jugadores de Venezuela, que preparan el partido del sábado contra la Argentina. Cuatro de ellos –José Contreras, Adalberto Peñaranda, Yangel Herrera y Wilker Fariñez– no habían nacido cuando la noticia del doping de Maradona tuvo su epicentro en las habitaciones del complejo.
Tampoco existe el Foxboro Stadium, que esa tarde recibió a 54.453 espectadores: empezaron viendo a los portentos físicos que eran los nigerianos y terminaron rendidos ante el talento de una constelación que reunía a Redondo, Caniggia, Batistuta y Maradona. La vieja estructura del Foxboro se demolió en 2001 y en el mismo espacio se al año siguiente se terminó de construir un estadio acorde con las exigencias de estos tiempos. Como todo coliseo moderno, ahora su nombre es el de una empresa, y extendió su capacidad a 68.756 asientos. Pero más que Gillette, los latinos aquí lo llaman con sorna "Pedro Navaja", en homenaje a la canción de Rubén Blades.
Pasaron casi 22 años de ese episodio bisagra en la historia de la selección; aquélla fue la última vez que pasó por esta ciudad para jugar un partido. Cuando el reloj marque aquí las 19 del sábado y vuelva a sonar el himno argentino, esa larga pausa se desactivará. Entonces entrará en escena Lionel Messi, el encargado de recoger el testimonio que dejó vacante Maradona. El capitán marcó en este país 10 de sus 53 goles con la camiseta argentina y está a un paso de igualar el récord de Batistuta. Aquí, entonces, podría configurar una nueva marca. Ese logro, de todos modos, quedaría como un asterisco si lo que viene después es el negado título de campeón.
La historia se empeña en señalar su carácter circular. Suena coherente que sea Messi, y no otro, quien le ponga el cuerpo al desafío de enterrar la maldición de Boston.
ae/jt



