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"Jugamos bien hasta el primer gol de ellos", dijo tras el 0-3 de local. Le marcaron el primer gol en el primer remate al arco de su rival, un tiro libre con desvío en la barrera. Un gol de casualidad. ¿Qué podría haber hecho para evitarlo? No cometer la mano que provocó el tiro libre, otra concesión de Cata Díaz . Se derrumbó tras la primera adversidad. Suele ocurrirles a los equipos que no están convencidos de cómo jugar.
"No concretamos, no fuimos realistas, cometimos errores", repite en cada conferencia. Hace 18 meses que a su equipo le hacen goles muy parecidos: pelota parada y contraataque. Así le marcó Quilmes en su vuelta a la Bombonera. Olivera, solo, anotó de cabeza. El segundo gol de Menéndez inauguró la secuencia favorita para los rivales de Boca : pelota perdida en el medio, fallido achique de espacios sin presión sobre el balón, defensor enganchado que habilita a todos y gol fácil.
Cuando el DT dice "llegaron tres veces, hicieron tres goles", admite sin querer que las situaciones de su adversario fueron demasiado claras, casi imposibles de fallar. En el 0-2 de este domingo, Grana quedó a treinta metros de sus compañeros de última línea que apretaban en la mitad de la cancha. Expuesto, la gente lo apuntó como el principal responsable.
En 2013, Grana jugaba en All Boys. Cellay, Albín, Clemente Rodríguez, Franco Sosa, Marín, Zárate, Sánchez Miño e Insúa pasaron por lo mismo en este año y medio. Caruzzo, Burdisso, Chiqui Pérez, Ribair Rodríguez, Magallán y Forlín (el refuerzo que mejor rindió del ciclo) vivieron sus respectivos calvarios como zagueros centrales. Con el mismo entrenador, diferentes jugadores cometieron los mismos errores. De semestre en semestre, ejecuta un concepto al revés, más allá de la formación que arme el entrenador. El equipo se cierra en ataque. Juegan todos juntos por el medio. Choca contra el rival. No genera desbordes. Tira pelotazos y centros, sin asociaciones. Cuesta encontrar sociedades entre el lateral y el mediocampista de ese costado. Al mismo tiempo, se abre en defensa. Juegan separados. No arma bloque. Tampoco se ven sociedades defensivas, ni en relevos ni en coberturas. Genera espacios para el contraataque. Así en loop. Agustín Orion ve pasar defensores, medios y delanteros.
Boca ha cambiado casi todo el plantel desde su regreso. A diferencia de sus dos etapas anteriores, el entrenador insistió en que le trajeran refuerzos. Antes, con más calidad en sus planteles, prefería quedarse con lo que tenía y usar el dinero disponible para mejorar los contratos de los que ya estaban. Desde febrero de 2013, el club se convirtió en una trituradora de proyectos, propios y comprados a otros clubes. Salvo Forlín, el resto de las incorporaciones valen menos de lo que costaron en su momento.
Riquelme interrumpió esta saga con su notable Final 2014. Gracias al nivel de Román, Boca ganó los últimos cinco partidos, maquilló un campeonato para el que ya no tenía chances y se ganó, en los escritorios, la final con Vélez por un lugar en la Libertadores 2015. En junio, la dirigencia eligió no renovarle al 10 y gastar 10 millones en jugadores. Mientras ellos compiten en un contexto desfavorable y condicionados por el público que les grita en su propia casa, Carlos Bianchi aún no se ha mojado. Es el intocable.



