Los mejores del año: "Lionel Messi, durmiendo con el enemigo"

Fuente: Archivo
El autor, madridista apasionado, desnuda los sentimientos encontrados de quien da batalla para destruir al deportista del que está enamorado
Manuel Jabois
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25 de diciembre de 2015  • 09:59

Cuando Messi agarró la pelota en el centro del campo en la final de la Copa del Rey española, y empezó a desembarazarse de rivales como quien repite una letanía, un oscuro canto ritual que deshace los cuerpos bajo el sol y embruja los cielos para que llueva, tuve un impulso irracional. Yo acababa de aterrizar en Madrid y seguía el partido a través del móvil. Yo quería que perdiese el Barcelona, como cualquier madridista decente, y no quería que Messi agarrase la pelota ni en el centro del campo ni en su propia portería. Tampoco quería que jugase de lateral derecho, pese a que fue la posición en la que cogió el balón, ni que nada alterase mi ecosistema de sábado: un sábado es sagrado y ni Messi tiene derecho a reventarlo. Lo que ocurrió después de la jugada es sabido: Leo marcó otro gol del siglo, y el planeta empezó a agitarse casi como en una noche de oficina. Pero a mí, que me había roto las pelotas, y me las había roto definitivamente, aquello me causó un trastorno personal: tenía la necesidad de escribir del gol de Leo. Llevo años pensando secretamente qué clase de escritor sería si fuese culé. No me cambio en cien vidas: el Madrid me da la épica, la agonía y las reacciones más desaforadas en el amor y el odio. Pero había algo en la jugada, que tenía que ver sobre todo con la rutina, que me llevó a llamar a mi periódico, El País.

–Quiero escribir del gol de Messi.

–¿Estás loco?

–Quiero escribir del gol de Messi.

–¿Pero viste alguna infracción? ¿Hizo alguna falta? ¿Salió en fuera de juego, loco?

Me dieron espacio: pude escribir del gol de Messi. Pensé que cuando las musas no venían a ti, ni aunque trabajases como Picasso, había que ir a buscarlas del pelo al enemigo si hacía falta. Leo era la inspiración que necesitaba para combatir el jet-lag moral de final de temporada, y lo utilicé con ese puntito de pasión de quien se mete en cama con la pareja de su mejor amigo. Después de la larga primera frase, el típico primer beso de quien está lleno de remordimientos (encerrado en la banda por tres defensas del Athletic como King Kong, a punto de ser paseado en jaula para asombro de la civilización, Lionel Messi se vio en el minuto 19 como uno de esos héroes cansados que echan de menos el ruido de las casas de Lavalleja en el barrio La Bajada de Rosario, los recados con un balón hecho de medias para entretenerse por el camino y aquellas pachanguitas en las que le rompían las piernas chicos de 18 años porque él, que tenía 9, los ponía a bailar a todos alrededor de un palo), le dije: aquí estamos tú y yo, por fin. Y como el romance tenía visos de escándalo, me suelo desfogar con él en Argentina, en LA NACION , ajeno a miradas alucinadas y murmullos de vecina loca. De esta forma, Leo Messi es la inspiración de millones de culés en el mundo, y de algunos otros que combaten enamorados por destruirlo.

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