Otra vez campeón: Franco Armani ganó su segunda Copa Libertadores, ahora con el club de sus amores

Copa en alto para Armani, decisivo en la conquista de River
Copa en alto para Armani, decisivo en la conquista de River Fuente: AFP
Juan Patricio Balbi Vignolo
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10 de diciembre de 2018  • 11:39

"Estar tranquilo y seguir trabajando". Desde el 11 de enero, día en el que firmó su contrato, a hoy, 9 de diciembre, día en el que levantó la Copa Libertadores en el Bernabéu al vencer a Boca, Franco Armani se aferró siempre esas cinco palabras como lema. Un adminículo invisible, una creencia absoluta que le permitió potenciarse, destacarse y brillar en la estación más buscada de su vida. Porque quizás no hay hombre más feliz en la tierra que él. Porque el arquero resignó un lugar de privilegio para apostar fuerte en 2018 con la intención de tachar varios sueños de su lista en 2018. Y porque hoy puede poner la cabeza sobre la almohada con la certeza de que no se equivocó. Logró el pleno más grande de su carrera.

Vestir la camiseta de River, coronarse campeón en Mendoza a los tres meses siendo la figura de la Supercopa Argentina ante Boca, recibir su primera ovación con un puñado de partidos, volverse amo y señor del "arco más grande del mundo", ser convocado a la selección argentina, jugar un Mundial, llegar a 965 minutos sin goles en el torneo local para lograr la segunda marca más larga de la historia del fútbol argentino y lograr tapadas claves en fase de grupos, octavos de final, cuartos de final, semifinales y final para conquistar su segunda Libertadores con un sabor especial. Todo se le dio en el club que siempre amó, en el lugar en el que quiso estar desde que vio por televisión en Casilda la Copa de 1996. Y, más allá de que los incidentes que postergaron y desviaron la final a Madrid empañaron el camino, él tiene claro que nunca desvió el suyo.

A lo largo del año, Armani tuvo dos grandes aliados que siempre lo acompañaron: su esposa Daniela, su compañera de vida; y Dios, con quien tiene un vínculo especial desde hace seis años cuando se rompió los ligamentos de la rodilla en Colombia jugando para Atlético Nacional. Ferviente creyente desde entonces, el arquero consiguió en la religión un refugio, un oasis de calma y fortaleza para afrontar los momentos difíciles y para agradecer los de bonanza. Y desde un principio transmitió su personalidad dentro del plantel millonario: calma y seguridad en todo momento. Sin parafernalia.

Pese a que recibió todos los flashes, los titulares, los elogios y las críticas al quedar en el centro de la escena por su rendimiento, el santafecino de 32 años nunca se dejó influenciar ni sacó los pies de la tierra. Mantuvo la línea de trabajo que lo llevó al actual pedestal en el que lo tienen los hinchas millonarios: perfil bajo y compromiso en cada entrenamiento como si fuese el último.

Más allá de su técnica, su forma de ser también convenció al cuerpo técnico, que ya lo había buscado en el mercado de invierno de 2016 ante la salida de Marcelo Barovero, momento en el que Armani eligió seguir en Colombia para conquistar la Libertadores en el club donde llegó como un desconocido en 2010 y se fue como ídolo absoluto en 2017 (es el más ganador de la historia con 13 coronas).

Paradójicamente, no estuvo lejos Armani de desembarcar en el Xeneize: tras una recomendación del colombiano Óscar Córdoba, hubo conversaciones específicas de números por la negociación de su pase con dirigentes de Boca a fines de 2016. Pero el arquero tenía algo en claro: quería consagrarse en River después de pelearla toda su vida.

Es que nada le fue fácil. Tras hacer inferiores en Central Córdoba de Rosario y Estudiantes de La Plata, debutó en Ferro en 2006 y pasó en 2008 a Deportivo Merlo, donde consiguió el ascenso a la B Nacional en 2009, siendo figura y recibiendo tan solo 31 goles en 47 partidos. Con cuatro años de ascenso en la espalda, llegó a Colombia tras destacarse en un amistoso que Atlético Nacional jugó ante Merlo en 2010 en una pretemporada en la Argentina. Pero no la pasó bien en sus primeros años: casi no jugaba y en 2012 sufrió el calvario de la lesión.

"Tuve momentos difíciles. No sé si pensé en dejar el fútbol, pero sí me preguntaba cómo volvería: si lo haría de la misma manera, si iba a ser el mismo. Te pasan mil cosas por la cabeza. Pero gracias a Dios volví mejor que antes", le contó Armani en una entrevista a LA NACION hace algunas semanas. "Nunca me arrepentí de irme a Colombia. Durante dos años no tuve lugar y me tocó esperar, pero después de la lesión cambió todo. Jamás bajé los brazos, sabía que la posibilidad de jugar iba a llegar y la tenía que aprovechar. Y así fue: el técnico Juan Carlos Osorio apostó por mí, fuimos campeones de la liga y empecé a crecer", agrega Armani, quien en 2013 se consolidó como titular tras la partida del argentino Gastón Pezzuti.

Sus resonantes actuaciones lo llevaron a ser uno de los arqueros más destacados de Sudamérica y en los últimos dos años fue seguido de cerca por muchos equipos: además de Boca y River, también lo buscaron San Pablo, Puebla, Tigres, Racing y Flamengo. Y hasta hubo sondeos de Juventus.

Finalmente terminó en Núñez, tras la insistencia de Marcelo Gallardo, un técnico que deja grabada a fuego su marca en los jugadores a los que les toca dirigir. El Muñeco quiso sumar en varias oportunidades a Armani al plantel, frente a las irregulares actuaciones de Batalla, Lux y Bologna. Pero las negociaciones recién llegaron a buen puerto en enero pasado: River aplicó la cláusula de rescisión de 4 millones de dólares y reforzó así un puesto que le traía demasiados dolores de cabeza. Hoy la cifra parece ínfima al lado de todo lo que el arquero logró.

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