Rayo Vallecano, Infantino y el abrazo imposible entre Palestina e Israel
El presidente de la FIFA intentó en vano un saludo entre dirigentes de los estados en conflicto
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La imagen, impactante, inusual en escenarios de pura prohibición u olvido, no podrá repetirse, porque la revancha de este jueves será en campo del Racing de Estrasburgo, propiedad de BlueCo, el millonario fondo de inversión de Estados Unidos también dueño de Chelsea. Pero en la semifinal de ida, ganada 1-0 el jueves pasado en su estadio precario para 14.000 personas, Rayo Vallecano, equipo de barrio obrero, con hinchas de izquierda, celebró su hazaña con la bandera maldita. Bukaneros, los ultras del Rayo, le dieron la enseña al hispano marroquí Ilias Akhomach. El atacante la ubicó delicadamente en el césped. Y el equipo, parado frente a ella, comenzó a cantar junto con los hinchas el himno icónico de “la vida pirata, la vida mejor”. Era la bandera de Palestina.
Akhomach, catalán de 22 años, “un futuro Messi”, según lo describió el exjugador Patrick Kluivert cuando lo vio en La Masía, “un crack en medio del caos” que era Barcelona en 2020, decía diario AS, y que lloró dentro de un taxi cuando se enteró que el club lo dejaba libre -volvió cuatro meses después y Xavi lo hizo debutar en Primera-, salió de la cancha con su cuerpo envuelto en la bandera de Palestina.

En 2023, jugando para Villarreal, se había negado a participar del minuto de silencio que ordenó la UEFA en un partido ante Maccabi Haifa, en Chipre, por las víctimas del brutal ataque de Hamás del 7 de octubre de ese año. Él y su compañero Aissa Mandi, ambos musulmanes, se apartaron del grupo porque el homenaje no incluía a las víctimas palestinas. No temió represalias como las que sufrió el neerlandés de origen marroquí Anwar El Ghazi, echado del club Mainz 05, al que luego la justicia alemana obligó a pagar una indemnización de 1,7 millones de euros, buena parte de la cual el jugador donó a los niños de Gaza.
Arsenal, clasificado finalista de la Champions, echó en plena Navidad de 2024 al utilero Mark Bonnick, con 22 años en el club, por su apoyo a Palestina en sus redes sociales y sus críticas a Israel, tachadas de “antisemitas”.
Numerosos hinchas cuestionaron a su propio club, el último de ellos, el exlegislador sudafricano Andrew Feinstein, hijo de una sobreviviente del Holocausto, socio abonado de veinte años. En su carta abierta del mes pasado, Feinstein habló de despido “indefendible” y afirmó que las críticas al Estado de Israel no debían confundirse con odio religioso.
Brighton suspendió por cinco años a su abonado de dos décadas Roger Wade porque entró al estadio con una camiseta de Palestina. “¿Cómo me echa por solidarizarme con un pueblo oprimido un club que dentro del estadio exhibe una leyenda contra el racismo?”, se preguntó Wade.
Eternamente bloqueada, luego devastada, Palestina, desde que Donald Trump decidió atacar a Irán, pasó directamente al olvido. Castigar a quienes denuncien “genocidio”. Sean jueces de La Haya, funcionarios de la ONU, intelectuales o ciudadanos comunes. O futbolistas. Akhomach siente protección no justamente del presidente del club, Raúl Presa, enfrentado con la afición, pero sí de la historia de una institución cuya hinchada albergó siempre a los más desprotegidos, desde ancianas sometidas a desahucio hasta Gaza.
“Su gesto igual fue sorprendente”, me dice desde Vallecas el colega Quique Peinado, nieto de un hombre fusilado por tropas franquistas, y autor de ¡A las armas!, libro de 2015 que cuenta “el carácter salvaje, incansable e indomable” de un barrio hoy conmocionado y de un equipo que no es favorito, pero que está a un paso de una final histórica. Sí: barrio y equipo se sienten “un glorioso grano en el culo” para el poder.
Akhobach, me dice Peinado, “será recordado de por vida” en Vallecas por su gesto del jueves pasado. Un gesto casi único en un gran escenario. Allí está el último libro de la historiadora estadounidense Assal Rad: No digas Palestina: cómo los medios fabricaron el consentimiento para el genocidio. Usar voz pasiva para unos asesinatos, y activa en cambio para otros, no es informar, dice Rad, “es borrar al perpetrador”. La muerte de miles convertida “en un dato estadístico, sin responsables”.
El mismo jueves del triunfo de Rayo Vallecano, la FIFA de Gianni Infantino, el presidente que regaló un Premio de la Paz a Donald Trump, dio lugar en su Congreso de Vancouver al presidente de la Asociación Palestina de Fútbol. Jibril Rajoub recordó la no sanción de la FIFA, contra Israel “pese a las graves infracciones constatadas por su comité disciplinario”, porque su Federación tiene clubes en la Cisjordania ocupada. Recordó unos 800 deportistas asesinados entre más de 70.000 muertes. Habló de “destrucción” y personas bajo los escombros. “¡Estamos sufriendo!”, gritó Rajoub, que pasó 17 años en prisiones israelíes.

Infantino habló de los niños y de la paz. Y le pidió a Rajoub que se abrazara con el representante de Israel. Sin éxito, claro. Gianni contó luego los miles de millones de dólares que ganará la FIFA con el Mundial 2026, anunció su nueva reelección para 2027, disfrutó catering de lujo, accedió a algunas selfies y se refugió en su hotel cinco estrellas. A cien metros, trabajadores de un hotel FIFA tocaban tambores y cantaban reclamando salarios justos. Infantino ya había cerrado su discurso. “Trabajaremos juntos”, prometió Gianni, “para dar esperanza a los niños”.
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