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Así como no se necesita agregar el apellido para saber de quién se está hablando cuando se nombra a Diego, tampoco se lo necesita, ni se lo necesitará, al mencionar a Don Diego.
Y no le hacía falta hablar, a Don Diego, para expresar sus sentimientos. "Yo lloro para aplaudir", confesó alguna vez y sin querer construyó una frase que resumía en poesía lo que su famoso hijo -Maradona como él, Maradona tan parecido a él, Maradona tan distinto a él- le provocaba. De glorias, muertes y resurrecciones estuvo y está hecha la vida de Diego y Don Diego lloró todas ellas, sin saltearse ninguna. Casi siempre en silencio.
¿Para qué iba a hablar, Chitoro, si bastaba mirarlo para leer en las arrugas de su cara la historia de su esfuerzo?
Nunca se sabrá si sufrió más el desarraigo de su amado terruño en Esquina, en los ríos correntinos donde era lanchero de Don Lupo Galarza, para instalarse en la áspera Villa Fiorito, donde se rompió el lomo en la molienda Tritumol, allá por 1955, o los vaivenes de la vertiginosa existencia de Pelusa. Pero sí se puede afirmar que disfrutó como nadie su nacimiento y sus renacimientos.
¿Para qué iba a hablar, Chitoro, si alcanzaba con observarlo sus ojos achinados para entender lo agradecido que estaba con la vida?
Feliz se lo veía cuando se plantaba frente a una parrilla, para asar para dos o para cien; pleno se lo notaba cuando se embarcaba hasta perderse en interminables jornadas de pesca; orgulloso se lo advertía cuando recibía el respetuoso saludo de todos en sus religiosas caminatas por esas calles de Villa Devoto que en los últimos años había hecho suyas.
Bastaba con mirarlo, alcanzaba con verlo, para entender lo que es la mansedumbre. Los tiempos duros habían quedado allá lejos y fue Diego el que se encargó de relatarlos: "¿Cómo no iba a entender a mi viejo si se deslomaba para que pudiéramos comer y estudiar? Había que laburar mucho para alimentar tantas bocas. Había que laburar mucho y mi viejo se mataba. Por eso yo trataba de hacer las menos cagadas posibles, pero...A veces mi viejo cobraba y me compraba zapatillas y yo las rompía enseguida porque jugaba a la pelota todo el día. ¡Era para llorar! Y en realidad llorábamos, porque encima de que se rompían mi viejo nos fajaba. Pero ojo, no lo cuento para recriminarle. Eran otros tiempos y eran otras costumbres.¡Mi viejo no tenía tiempo de hablarme! Tenía que dormir aunque sea un ratito para ir al otro día a las cuatro de la mañana a la fábrica, porque si no se pudría todo en casa y no había para comer".
Lo recuerdo mirándome fijamente, incrédulo, cuando le pedí a Diego pasar la noche de Navidad con él, y contarlo en una nota, allá por 1985. Caminábamos por el hall de Ezeiza, en busca de la salida, y su hijo le pasaba el brazo por encima de los hombros, como protegiéndolo. Lo recuerdo asintiendo con un "jijiji", sentado a un costado y un poco atrás de Doña Tota, mientras su mujer de toda la vida rememoraba por enésima vez, para la enésima nota, alguna anécdota del 10. Fue de ella, y no de él, la idea de darle a los medios una foto de un chico jugando con una pelota, que durante años circuló y se publicó como si fuera Diego, cuando en realidad era un sobrino. A Don Diego jamás se le hubiera ocurrido un chiste así. Porque, como ya lo dijo Diego, el verdadero, "¿mi viejo? ¿Sabés lo que es mi viejo? Es lo más derecho y lo más bueno que existe sobre la tierra".
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