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WEYMOUTH.- La vida continuó en la pintoresca bahía de Weymouth, en el condado de Dorset, a 191 kilómetros del ruido londinense. Acompañados con el graznido de las gaviotas, los turistas siguieron buscando caracoles y moluscos fosilizados cerca del mar. Visitaron la reserva de aves y se broncearon en aquella playa larga y cercana, Chesil Beach, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Uno de esos días gloriosos de sol para veraneantes despreocupados y amantes de la naturaleza. Horas antes, el yachting nacional agregaba un nuevo hito a su historia olímpica, al conseguir una medalla por quinta vez consecutiva en los Juegos.
No bien cruzaron la meta, las tres primeras embarcaciones de la Clase 470 se dieron vuelta. Se tumbaron a propósito, felices. Y seis tripulantes se dieron un chapuzón para juntarse en un solo abrazo mientras flotaban en el agua. Había dos australianos de oro, dos ingleses de plata y dos argentinos de bronce: Juan de la Fuente y Lucas Calabrese, héroes del mar y decididos a perpetuar esta aleación de metales desde Atlanta 96. Hidalgos, los italianos fueron luego a felicitar a la dupla nacional; eran ellos, Zandona y Zuchetti, los únicos que podían desbaratar la ilusión del bronce. Pero Juan y Lucas acomodaron el viento de manera impecable y concluyeron terceros en la Medal Race. Íntimamente sabían que no se les podía escapar. Intuyeron que el podio siempre les pertenecía, y qué lástima aquella tumbada en la segunda regata, que los retrasó en la clasificación general. Tal vez aquel accidente es lo único que deben de estar reprochándose, pero su participación revalida el poderío argentino en la náutica olímpica, con Camau Espínola como abanderado.
"De no haber tenido esa tumbada, habríamos luchado por la medalla de oro, estoy seguro. Tuvimos que hacer una regata muy pensada, trabajada, sufrida y táctica", reconocía Calabrese, el joven talento de la embarcación. Cuando todo terminó, el equipo argentino festejó eufórico y se sacó fotos con la bandera argentina. Allí estaban también el entrenador Alejandro Irigoyen y el preparador físico Daniel Bambicha. Y durante la enésima toma, el pobre Lucas ya empezaba a desarmar la vela. "¡Ehh ayúdenme!, ¡Vengan para acá!", les gritaba y los llamaba con sus manos.
Mucho antes de que pusieran proa hacia el bronce en aguas inglesas, De la Fuente (35 años) y Calabrese (25) eran rivales en los diferentes circuitos. Juan traía el antecedente del tercer puesto en Sydney 2000 con Javier Conte, mientras que Lucas ya se perfilaba como un promisorio timonel. Después de la participación de De La Fuente en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 se contactaron y surgió la idea de unirse en una embarcación de 470. No sólo era cuestión de medir su nivel deportivo; también había que evaluar cómo se llevaban arriba del barco. Esa química intangible que excede cualquier maniobra maestra. Pronto se dieron cuenta de que se complementaban muy bien y probaron a partir de 2009.

No era sencillo encontrarse, porque Juan estaba instalado en San Remo (Italia), en donde colaboraba con la velería y navegaba barcos grandes. Mientras tanto, Lucas se desempeñaba como entrenador mayormente en los Estados Unidos. Estaban desparramados por el mundo. De todas formas, entendieron que para lograr la eficiencia era más productivo juntarse diez días en Europa que ensayar un mes en el Río de la Plata. Por entonces, todavía no había aparecido la ayuda económica del Enard y debían afilar el lápiz para delinear un presupuesto; se veían obligados a seleccionar competencias en el Viejo Continente y augurar algún sponsor que nunca llegaba. Fue como una rueda que no paraba de girar: trabajaban por su cuenta e invertían luego para la campaña en conjunto. Ya había un proyecto en marcha.
Cada sesión en el agua buscó pulir defectos sobre una idea madre: lograr siempre un poco más, sentir que después de cada atardecer emprendían un paso adelante. Pensar en el día a día, sin dejarse ganar por la ansiedad. Había noticias alentadoras en la dupla: el mix resumía experiencia y juventud y una buena distribución física entre la relación peso-potencia. El feeling creció entre el viento y las olas, y de a poco adivinaron en el horizonte el desafío de los anillos. Ya más munidos de apoyo económico del Estado ante la proximidad de los Juegos, los últimos siete meses funcionaron a todo vapor, con la participación en los certámenes en donde debían estar sí o sí. Compitieron previamente en Weymouth, y allí tomaron nota de varios detalles. Sería una cancha en la que se correría bajo todas las condiciones climáticas, sin vientos específicos, y que podrían variar hasta alcanzar los 35 nudos. Un escenario que demandaría mucha fortaleza mental y la adaptación a nuevas situaciones de una forma rápida y eficiente. Cada día deberían hacerles frente a panoramas cambiantes. Debían estar preparados para cualquier cosa, hasta para una tumbada que, lamentablemente, llegó y los dejó sin unidades en una regata. En cuanto a los rivales, ninguna novedad: serían los mismos contra quienes se midieron en los últimos tres años. Se sabían los puntos fuertes y débiles de cada tripulación.
De la Fuente y Calabrese se dieron cuenta de que estaban para algo importante al comprobarse como una pareja muy equilibrada. Ni velocistas para vientos específicos ni enamorados ciegos de la estrategia: constantes, simplemente. Virtudes que afloraron en el momento justo, cuando había que demostrarlo. Por eso aquel festejo satisfecho en el podio, al lado de australianos e ingleses. Luego de tres años, sabían que habían sacado lo mejor de cada uno, lo máximo.
"Lucas es un talento y Juan tiene la experiencia y una medalla a cuestas. No hay muchas posibilidades de sorpresas", había anticipado Javier Conte, en la TV Pública, antes de la Medal Race. Conte fue bronce en Sydney 2000 con De la Fuente.
Desde 1996, la vela siempre llegó al podio
WEYMOUTH (De un enviado especial).- El yachting argentino reafirmó su lugar como segundo deporte olímpico más ganador, detrás del boxeo, con esta nueva medalla de bronce en la clase 470 masculina. La náutica nacional, desde la aparición de Carlos "Camau" Espínola, en Atlanta 1996, nunca más abandonó el podio de una cita olímpica, en cuyo historial acumula cuatro platas y cinco bronces.
El actual intendente de Corrientes logró aquel año el segundo puesto en la clase Mistral (windsurf) y desde entonces se sucedieron los éxitos. En los Juegos siguientes, en Sydney 2000, repitió la conquista; De la Fuente ganó junto a Javier Conte el bronce de la 470 y la misma medalla consiguió Serena Amato en la clase Europa. Posteriormente, la dupla Espínola-Santiago Lange se subió al tercer puesto de la clase Tornado en Atenas 2004 y Pekín 2008. La primera medalla en ese deporte -plateada- la consiguieron Emilio Homps, Rodolfo Rivademar, Rufino Rodríguez De la Torre, Enrique A. Sieburger, Enrique C. Sieburger y Julio Sieburger en clase Seis metros (Londres 1948) y la segunda, Héctor Calgaris, Jorge del Río y Jorge Sales Chaves en clase Dragón (Roma 1960).



