Tenis en tiempos de Covid-19: cómo es vivir dentro de la burbuja armada en Nueva York

La organización obligó a los tenistas a hospedarse en dos hoteles: el Long Island Marriott y el Garden City.
La organización obligó a los tenistas a hospedarse en dos hoteles: el Long Island Marriott y el Garden City.
Sebastián Torok
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21 de agosto de 2020  • 18:41

El uruguayo Pablo Cuevas, 60 del ranking mundial y con diez ediciones del US Open disputadas (la primera en 2007), hace algunas horas publicó una historia en su cuenta de Instagram, sorprendiéndose con el nuevo paisaje que presenta una zona medular del Billie Jean King National Tennis Center como es el exterior del estadio central y su acceso principal.

En condiciones normales, esa zona ahora vacía, en medio de fuentes de agua, suele ser un hormiguero de público de va de un sector al otro disfrutando del tenis y de las opciones que se ofrecen gastronomía y venta artículos de merchandising. Sin embargo, esta versión del Abierto de los Estados Unidos (y de Cincinnati, que dejó Ohio para disputarse en Flushing Meadows), sin espectadores, es distinta desde todo punto de vista. Por empezar, por la "burbuja" de seguridad armada por la Asociación de Tenis de los Estados Unidos (USTA) y los especialistas del Departamento de Salud del Estado de Nueva York.

La organización obligó a los tenistas a hospedarse en dos hoteles: el Long Island Marriott y el Garden City. Ambos se hallan a unos 40 minutos de Flushing Meadows, pero todavía más lejos del centro de Manhattan. La USTA adquirió unos 500.000 barbijos para distribuir. Nadie debe estar sin el tapabocas. Una de las últimas noches, dos entrenadores estaban jugando al tenis de mesa en la sala de juegos especialmente armada en uno de los amplios salones del Long Island Marriott, por un momento se quitaron los barbijos y de inmediato se les acercó una persona de seguridad para pedirles que, por favor, volvieran a colocárselos. Así de atento está el personal de seguridad, monitoreando cada rincón. Los tenistas y sus acompañantes fueron sometidos a dos tests de coronavirus en los primeros cuatro días en Nueva York y, hasta no recibir un primer negativo, no fueron autorizados a salir de sus habitaciones. Más allá de estas pruebas, serán sometidos a frecuentes test durante los torneos.

El protocolo estricto para el tenis antes del regreso de la actividad
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Las habitaciones, expuestas a un análisis del flujo de oxígeno, están equipadas con sistemas para filtrar el aire, "como si fuera un hospital", según expresó el jefe de operaciones de la USTA, Danny Zausner, a la agencia AP. Cada mañana, los jugadores y sus acompañantes deben completar una ficha con tres preguntas: si en los últimos 14 días tuvo síntomas de Covid-19, si no tuvo test positivo de coronavirus en los últimos diez días y si estuvo con alguien que haya tenido síntomas del virus en los últimos 14 días. Al salir del hotel, les entregan las fichas a los encargados de seguridad, se les toma la temperatura, les colocan una pulsera que certifica que pasaron por el proceso diario y recién allí se les permite subir al ómnibus que los traslada a Flushing Meadows.

La transportación entre el hotel y el complejo, en lugar de ser en automóviles, como es habitual, se hace con alrededor de 60 ómnibus que son poblados al 50% de su capacidad. También se tomaron medidas de seguridad en los vestuarios del Arthur Ashe: normalmente tienen capacidad para 300 personas y fueron limitados a 30 a la misma vez, y sólo para los jugadores, no para los entrenadores u otros miembros del equipo. Y el acceso de los tenistas está restringido a unos 15 minutos, según los horarios de los partidos y las prácticas. "Eso es un gran sacrificio para (los jugadores). Están acostumbrados a pasar el rato en el vestuario", reconoció Zausner. La mayoría de las camillas para masajes se quitaron de los vestuarios y se colocaron en el exterior, debajo de una galería contigua a las canchas de entrenamiento. También se redujo la capacidad del comedor en Flushing Meadows: el salón pasó de 300 a 50 lugares. En los hoteles, los "pasajeros" pueden alimentarse en el restaurante o utilizar Uber Eats, una plataforma on line de pedido de comida a domicilio.

Sesenta y cuatro suites del Arthur Ashe, espacios que en condiciones normales genera grandes recaudaciones de dinero para el US Open, este año fueron asignados como salas personales para las 32 mujeres y los 32 hombres preclasificados en el cuadro principal del Gran Slam neoyorquino.

La USTA dividió a sus visitantes en tres categorías. La primera incluye a jugadores, equipos, y personal del torneo, por lo que este grupo está formado por unas mil personas. La segunda, integrada por los trabajadores de los equipos de televisión que acudirán a los partidos, junto con unos pocos periodistas y fotógrafos acreditados para cubrir los partidos en los estadios. Y la tercera categoría está formada por otro tipo de personal del estadio, como agentes de seguridad en la zona de estacionamiento o comercios. La organización montó, en el Long Island Marriott, una amplia sala de juegos, con arcades, mini-básquet y flippers. "Hay de todo: hay un gimnasio, una sala para hacer recuperación, una sala de juegos, un simulador de golf, simulador de otros deportes, un enorme salón al aire libre, camiones de comida cada noche. Hay una buena vibra", amplió Stacey Allaster, directora del US Open.

"Los jugadores tienen que sentirse incluso mejor que en el US Open del año pasado. El torneo está construido para más de 350 jugadores, cuando siempre es para más de 800.000 fanáticos", sentenció Zausner. Sin dudas, la experiencia es muy distinta a la conocida.

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