El veterinario que creó una categoría y montó un laboratorio con plantas en cuatro países
Humberto Taroni creó el laboratorio König en 1978 y lo convirtió en un referente regional de la salud animal; innovación, internacionalización y foco en el cliente
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A Humberto Taroni no le gusta revelar su edad y bromea con que tiene 25. Si bien ya se podría haber retirado, entra a diario a su laboratorio y trabaja con sus hijos y nietos, con una convicción profunda por la innovación y el desarrollo. Taroni conserva la misma energía con la que, en 1978, decidió convertir una pequeña propiedad en Avellaneda en una firma que hoy es referente de la salud animal: König.
Graduado de médico veterinario (UBA), inició su carrera en el laboratorio Elea, donde participó en la creación de productos veterinarios innovadores. Poco después, fue designado profesor adjunto en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA y decano fundador de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional de La Pampa. También trabajó en el INTA de Castelar y de Balcarce.
Pero en 1978, impulsado por su espíritu emprendedor, renunció a ese camino. Así, con el apoyo económico de la familia de su esposa, compró una casa en Avellaneda y montó allí la primera planta a la que le puso su apellido, König.

“Eran cuatro o cinco personas, que hicieron todo a pulmón. Fuimos anexando otras propiedades y creciendo, a pesar de los vaivenes de la Argentina. Hoy tenemos casi media manzana y estamos negociando otras propiedades para seguir creciendo”, señaló a LA NACION su hijo, Máximo Taroni, quien visitaba la planta desde chico junto a sus dos hermanos y hoy está a cargo del área Comercial.
Entre los grandes golpes que marcaron a la compañía, Máximo mencionó dos: la hiperinflación y el corralito, momentos en los que directamente no podían pagar los sueldos; y el incendio del depósito ubicado en Dock Sud en 2022, que destruyó productos e insumos por un valor cercano a los US$8 millones. “Fue devastador. Nos llevó más de un año y medio recuperar el giro comercial. Lo bueno es que no hubo heridos y no despedimos a nadie”, subrayó. El salvataje llegó desde las filiales, sobre todo Uruguay, que cedieron stock para mantener abastecido el mercado.
Actualmente, König llega con sus productos a cerca de 20 países de América, Europa y el mundo árabe, emplea a 350 personas y tiene plantas en la Argentina (Avellaneda y Chivilcoy), en Brasil (San Pablo), en Uruguay (Montevideo) y en España (Barcelona), además de un hub logístico en la zona franca de Panamá. En 2025, la firma registró una facturación de US$18,8 millones en la Argentina y de US$23,2 millones entre todas sus otras filiales, lo que representó un crecimiento interanual cercano al 14% y al 20%, respectivamente.
A continuación, tres claves del negocio:
Innovación y desarrollo
En sus inicios, König estuvo enfocado en el desarrollo de productos para animales domésticos, entre los que se destacó el pulguicida y garrapaticida en presentación líquida TEA. Hoy, el portafolio está conformado por más de 250, enfocados en una gama más amplia de animales.
“Tuvo algunos lanzamientos muy ingeniosos y novedosos que le dieron volumen. Mi padre siempre estuvo interesado en la innovación y el desarrollo, fue un apasionado por buscar nuevas fórmulas y tecnologías. Eso es lo que nos caracteriza como compañía”, enfatizó Máximo.

Para el ejecutivo, el verdadero salto llegó de la mano de dos desarrollos. El primero fue un suplemento inyectable de cobre para bovinos, un producto novedoso para su época, porque ofrecía una residualidad de tres meses, algo inusual entonces en el mercado veterinario.
El segundo fue Bactrovet Plata, un producto que salió al mercado a comienzos de la década de 1980 y que “inventó una categoría”. Máximo explicó que, hasta ese momento, las curabicheras tradicionales ofrecían soluciones limitadas, mientras que Bactrovet Plata incorporó sulfadiazina de plata y aluminio micronizado, dos insumos utilizados en cicatrización humana, combinados en un aerosol que otorgaba mayor eficacia, adherencia y velocidad de acción. El crecimiento del producto fue tan determinante que -según Máximo- la marca se convirtió en un genérico en Venezuela, en “la Coca-Cola del laboratorio”, y la empresa montó una planta específica de aerosoles en Chivilcoy.
Entre sus lanzamientos más recientes figuran Cidar -un comprimido palatable [sabroso] para perros y gatos contra pulgas, garrapatas y parásitos internos-, y Dardox -un sarnicida y garrapaticida-, que batieron récords de ventas y aportaron US$7 millones a la facturación en los últimos dos años.
Visión del mercado externo
La vocación internacional fue parte del ADN de König. Así, una década después de inaugurada la primera planta en Avellaneda, la firma inició su proceso de expansión fuera del país. Uruguay y Brasil fueron los primeros destinos: en ambos casos comenzaron con representantes comerciales y, más tarde, avanzaron con la apertura de filiales y plantas productivas.
“El desembarco en Brasil no fue sencillo. Era otro idioma, otra idiosincrasia, otra cultura. Para mi padre fue muy difícil manejar una compañía desde acá, bajarle línea a un equipo brasileño. Fueron muchos viajes y también muchos disgustos. Pero finalmente lo pudo llevar a buen puerto”, explicó Máximo.

Con los años, ese mapa industrial se amplió. Hoy avanza con inversiones en la ampliación del laboratorio de Control de Calidad y Desarrollo en Avellaneda -para duplicar su superficie- y una nueva planta de vacunas en Uruguay -un proyecto de US$5 millones- para producir biológicos contra el cuadro conocido como “tristeza bovina”, una enfermedad causada principalmente por la garrapata.
Foco en el cliente y contacto con profesionales
En los últimos años, König también comenzó a transitar un cambio cultural profundo: de una lógica centrada en el producto a una estrategia enfocada en el cliente. “Le estamos encontrando una mirada más creativa, más disruptiva, acercándonos a la mirada del consumidor para que nuestros productos les resuenen y nos elijan como laboratorio de confianza”, explicó Máximo.
En esa línea, la firma organizó una experiencia inmersiva para distribuidores, veterinarios y referentes del sector, con un “teatro ciego” que buscó reproducir lo que una mascota siente cuando tiene parásitos. La acción, poco habitual en el rubro, apuntó a generar empatía, comprensión del problema y mayor conciencia sobre la importancia del tratamiento integral.
En paralelo, reforzó su vínculo con los veterinarios para aportar herramientas clínicas y promover el uso responsable de productos. “La industria muchas veces se mueve por modas y tiende a repetir las mismas drogas. Eso genera resistencia. Nosotros queremos concientizar al veterinario de que no todo se resuelve con una pastilla: hay que tratar el ambiente, usar repelentes y pensar estrategias complementarias”, detalló. El trabajo se apoya en un equipo de asesores técnicos -todos veterinarios- que ofrecen capacitaciones, consultas personalizadas y seguimiento en campo.
Asimismo, con foco en el cliente final, la compañía desarrolló un universo propio de personajes -Rayo, Luna y Súper Cidar-, mascotas que funcionan como embajadoras de marca y que recorren ferias, eventos y puntos de venta. La estrategia se complementa con campañas en redes sociales, acciones en vía pública y contenidos digitales. “Este año fue un gran desarrollo de marketing. Nos estamos posicionando como un laboratorio muy cercano”, resumió Máximo.
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