Guillermo de Orange: un rey bajo la sombra de dos mujeres
El príncipe deberá marcar su camino para despegarse de su madre y de su esposa, las dos personas que más lo marcaron
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AMSTERDAM.- Siempre inclinado a divertirse, a Guillermo Alejandro de Orange le gustaban, cuando era joven, las bromas. En especial le agradaban las que estaban dirigidas a su madre, con la que se peleaba frecuentemente. Por eso, este frustrado piloto de avión solía violar el espacio aéreo del palacio Huis Ten Bosch, en La Haya, para irritar a la reina.
Con rebeldía y sin muchas ganas de sacrificarse para ser rey , así creció el nuevo monarca de Holanda. Tan públicos y persistentes fueron esos rasgos, a lo largo de los años, que los apodos lo marcan aún hoy: el llamado "Príncipe Cerveza" ("Prins Pils") de hace un par de décadas es hoy el "Rey de 9 a 5", como lo describió el diario NRC Handelsblad, el sábado pasado.
Privacidad y autonomía individual, ésas son las dos características que Guillermo hubiese querido siempre tener, y cuya búsqueda muchas veces lo llevó a cometer errores.
Hoy, sin embargo, el príncipe parece haber madurado y transformado lo que antes era una desventaja -su informalidad- en una virtud para dar a la casa real una nueva imagen, más cercana a los holandeses y más terrenal. Y ahora llega al trono con una popularidad inusual para él.
De ahora en más, para hacer de esa corona un lugar propio, deberá antes salir definitivamente de la sombra de las dos personas que le ayudaron a dejar atrás esa rebeldía y esa reticencia poco convenientes para un heredero al trono.
Deberá, en definitiva, dejar de ser el hijo de Beatriz o el marido de Máxima para ser el rey Guillermo Alejandro, el soberano que mantuvo y enriqueció la sólida imagen construida por su madre, su abuela y su bisabuela. Para ser el monarca que, con su popularidad y su presencia, preservó la casa real de su casi completa ausencia de poder y del contagio de la mala imagen de otras casas reales europeas.
A lo largo del siglo pasado, la popularidad de los Orange se basó en su cercanía a los holandeses, en su "normalidad" para vivir, en su ausencia de excesos y ostentación. Así fue criado Guillermo Alejandro.
Nacido en Utrecht, en 1967, Guillermo, el mayor de tres hermanos, tuvo una vida de familia y fue a colegios públicos, como hacen sus hijas ahora. Hasta que, un poco por las peleas con su madre y otro poco para obtener su bachillerato internacional, fue enviado a Gales, al Colegio del Atlántico.
Luego vino la carrera de Historia en la Universidad de Leiden y una vida de fiesta y diversión que le valió el apodo de "Príncipe Cerveza". Fueron esos años los que dieron lugar a accidentes de autos, insultos a los periodistas e incluso un festejo eufórico pero poco real, en los Juegos Olímpicos de Atlanta, en 1996, con las victoriosas chicas de hockey en medio de la cancha.
Ése fue el límite que toleró su madre, que inmediatamente le impuso a Jaap Leeuwenburg, hasta entonces funcionario del ministerio del Interior, como su secretario personal. Él fue el encargado de reconstruir la imagen del príncipe, de buscarle una "actividad seria" (el interés por la preservación del agua), de que se acostara temprano para no ser fotografiado en los bares; en definitiva, de preparar a un futuro rey.
Leeuwenburg no sólo cumplió con el deseo de Beatriz, sino que ahora es una especie de padre para Guillermo y el hombre fuerte de la corona holandesa, tanto que hoy será parte del cortejo del príncipe y de Máxima al entrar a la Niewe Kerk para asumir el trono.
Por más determinante que sea, Leeuwenburg no pudo evitar, en 2001, un incidente que no sólo definió a Guillermo, sino también a Máxima y a la relación de ambos con los holandeses.
En marzo de ese año, cuando Holanda hervía con el debate por el pasado de Jorge Zorreguieta, Guillermo Alejandro enfrentó a los periodistas para defender a su futuro suegro. Los instó a que buscaran más información sobre la dictadura argentina y les señaló, como fuente confiable, una carta de lectores aparecida, el 27 de febrero de ese año, en LA NACION que le restaba responsabilidad al gobierno militar. El príncipe no reparó en que la carta había sido escrita por Jorge Rafael Videla.
El escándalo fue inmediato, las críticas a Guillermo llegaron de cada rincón de Holanda y las dudas sobre su capacidad de reinar florecieron por todos lados. Esta vez a su rescate fue Máxima, no su madre.
En una aparición pública, pocos días después, la joven argentina respondió a la pregunta sobre las declaraciones de Guillermo: "Fue una respuesta un poco tonta". Hoy no hay nadie en Holanda que no recuerde esa frase. Nunca nadie había dicho algo así sobre un heredero al trono, y menos su novia.
"Fue una medida inteligentísima de Máxima. Le quitó gravedad al tema, lo ablandó y la polémica poco a poco fue desapareciendo", dijo a LA NACION Daniel Pinedo, periodista que cubre la casa real para NRC Handelsblad.
Ése fue el comienzo del enamoramiento de los holandeses con Máxima y de su ablandamiento con los errores de Guillermo Alejandro. Fue también la primera evidencia de la influencia de la argentina sobre su futuro marido. "Algunas personas dicen hoy que ella es la única persona a la que escucha", contó Pinedo.
Esa influencia, sin embargo, tiene sus claroscuros. Máxima es, con la reina, la integrante más popular de la monarquía y, para los holandeses, es una especie de garantía que ella tenga semejante ascendencia sobre Guillermo. Pero también es una fuente de burlas: en la televisión, las parodias suelen mostrar a una princesa mandona y a un príncipe obediente y propenso a las gaffes .
Juntos, Máxima y Guillermo Alejandro, también cometieron errores. El mayor, que aún está fresco, fue su inversión en un lujoso proyecto inmobiliario en la empobrecida Mozambique, en plena crisis económica global. Con esa compra, ellos buscaban privacidad, alejarse de los deberes y la visibilidad de su cargo.
Ante la reacción de los holandeses, Guillermo decidió vender el proyecto, pero a regañadientes. "Él no es como Beatriz. Quiere trabajar duro por el reino, pero también quiere su privacidad para ser un padre de familia, para pasar tiempo con la familia", relató a la prensa local Dirk-Jan Nieuwenhuis, diplomático y compañero de universidad de Guillermo.
A pesar de que la rebeldía de la juventud parece haberse desvanecido, a Guillermo Alejandro le queda aún la ansiedad por la privacidad. De todas formas, a fuerza de realidad y obligaciones, el príncipe se muestra más y más seguro, y alejado de las metidas de patas de hace unos años.
"Yo creo que él aprendió mucho de sus errores. Hoy, a los 46 años, tiene una cierta sabiduría. Aún puede ser bastante obstinado. Pero, para ser rey, tiene un talento especial para relajar a la gente y hacerla sentir bien. Máxima será muy importante, pero tiene que quedar en claro que el jefe del Estado será él", dijo a LA NACION Jan Hoedeman, autor de una reciente biografía sobre Guillermo.
Ese talento especial será probablemente el arma con la que, como ya anticipa él mismo desde hace unas semanas, buscará modernizar la monarquía y salir de la sombra de su madre y de Máxima.
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