Jean-Yves Heurtebise: “Ya estamos en la Tercera Guerra Mundial, pero es una guerra que no dice su nombre”
El filósofo y sinólogo francés sostiene que el sistema internacional atraviesa un conflicto global “invisible”, marcado por la desglobalización, la crisis demográfica y la incapacidad de las grandes potencias para enfrentarse directamente
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PARÍS.– Para el sinólogo Jean-Yves Heurtebise, una tercera guerra mundial ha comenzado, aunque no haya estallado. A su juicio, “en un contexto de deuda financiera y ecológica insolvente, las grandes potencias captan los recursos de sus vasallos, sin que ninguna tenga los medios para ser hegemónica”.

Jean-Yves Heurtebise es doctor en filosofía en la Universidad de Aix-Marsella y profesor titular en la Universidad Católica FuJen en Taipei. También es miembro asociado del Centro de Estudios Franceses sobre la China Contemporánea en Hong Kong, así como coeditor jefe de la revista Monde Chinois Nouvelle Asie.
Especializado en el estudio de las relaciones interculturales entre Europa y China, Heurtebise es autor de numerosos artículos en obras o en revistas académicas, como Routledge, Imperial College Press, Wiley-Blackwell, Journal of Chinese Philosophy, Frontiers of Philosophy in China, Sustainability.

–Usted afirma que estamos bien en la Tercera Guerra Mundial, una guerra que no dice su nombre, que se caracteriza por tres paradojas, y que la primera es que las víctimas precederán a su aparición. ¿Qué significa esto?
–La primera paradoja de la Tercera Guerra Mundial, que los historiadores del futuro podrían hacer comenzar el 24 de febrero de 2022, es que sus víctimas precederán a su surgimiento. En 2017, por primera vez desde 1950, el número de niños menores de cinco años disminuyó; esto se llama el peak child. Así, la desglobalización del orden jurídico-económico “liberal” de posguerra (libre comercio y democracia) ha ido de la mano con una desvitalización de su orden demográfico (baby boom).
–La segunda paradoja que usted menciona es que se trata de una guerra contra la globalización. ¿Por qué razón?
–No es casual que hoy se prefiera al sintagma “guerra mundial” el de “esferas de influencia”: América para Washington, Europa para Rusia y Asia para China. Sin embargo, el poder explicativo de este término tiene sus límites: ¿qué hacer con la intrincación de las cadenas de valor y la interdependencia de los flujos? ¿Por qué entonces sigue habiendo bases estadounidenses en el Pacífico? Además, es difícil imaginar que Estados Unidos “ofrezca” Guam y Okinawa a China “a cambio” de los puertos chinos de Chancay en Perú y Manzanillo en México. Y África y el Cercano Oriente: ¿en qué “esfera de influencia” se colocan? El mundo no es tan fácilmente divisible.
–Por fin, la tercera paradoja reside en que la guerra se niega a definirse como “mundial” pues ninguna potencia es capaz de reinar sola sobre el mundo.
–La reticencia al término “guerra mundial” proviene de que no se ha visto que esta ha cambiado de naturaleza. Ya no se manifiesta por el conflicto entre grandes potencias, sino por el asalto de éstas contra otras más pequeñas, sobre las que pueden actuar sin riesgo de represalia militar. En definitiva, la tercera paradoja de esta guerra mundial es que se niega a volverse mundial porque ninguna gran potencia es lo suficientemente grande para gobernar sola el mundo. Ninguna de ellas es lo suficientemente fuerte para enfrentarse directamente a otra. Este momento singular expresa menos la fuerza de las grandes potencias que su debilidad, su agotamiento. Es una lucha de titanes que evitan darse golpes por miedo a que el menor de ellos sea mortal. Es una lucha entre lobos acorralados que atacan a ovejas perdidas al no poder sobrevivir en un bosque que se reduce y la caza que escasea.
–¿Hay que interpretar entonces que las operaciones militares de Rusia contra Ucrania y otros vecinos, de Estados Unidos contra Venezuela, Irán o Cuba, y eventualmente de China contra Taiwán responden a esa misma incapacidad para enfrentar a otra gran potencia?
–Si los Estados Unidos de Trump, la Rusia de Putin y la China de Xi Jinping comparten no solo el mismo resentimiento hacia la Europa federal y liberal, sino sobre todo las mismas intenciones irredentistas, es porque estas potencias enfrentan problemas estructurales similares (económicos, demográficos, ecológicos). Incapaces de resolverlos, buscan compensaciones derivadas a su inexorable declive. Su deseo de expansión territorial es el signo evidente de esta tendencia a desplazar hacia el exterior su problema interno de legitimidad. La destrucción por Trump del Estado de derecho, su instrumentalización de la ley contra sus adversarios políticos, la concentración de los intereses económicos del país en un círculo cada vez más estrecho de fieles, con todo lo que implica de corrupción y nepotismo, todo ello repite el “modelo” ruso y chino de asesinatos y purgas. Todo ello traduce la febrilidad de un poder personal que se quiere sin límites pero que, sin una sucesión clara, sigue siendo incapaz de pensar en el futuro.
–En todo caso, a su juicio, si las grandes potencias han dejado de actuar como verdaderos imperios es, entre otras razones, debido a la deuda financiera colosal de todas ellas, que las lleva más bien a avasallar a sus vecinos en lugar de enfrentarse entre sí.
–El futuro parece hipotecado más allá de lo razonable. Las bravatas militaristas de las grandes potencias reflejan su impotencia ante el muro de la deuda: 38,9 billones de dólares de deuda pública para Estados Unidos, 18 para China; el ratio deuda/PIB (en deuda total: gubernamental y privada) supera el 300% para Pekín y el 700% para Washington. A nivel mundial, la deuda alcanza los 348 billones. El mundo se ha vuelto insolvente. Pero esta deuda monetaria, que se puede considerar “virtual”, no es más que el reflejo de otra deuda, bien real: la deuda ecológica. El mundo consume prácticamente el doble de recursos de los que puede obtener de manera sostenible de una sola Tierra. Estados Unidos sabe que si todo el mundo viviera como un estadounidense, harían falta 5,1 Tierras; China sabe que si todo el mundo viviera como un chino, harían falta 2,4 Tierras. Por eso su objetivo ya no es extender su imperio al resto del mundo, sino limitar para sí mismos su uso en una suerte de neo-feudalización de la Tierra y de todo lo que la habita. Al sistema “mundo de alianzas entre naciones” le sucede el sistema “inmundo —en el sentido literal— de lealtades” a las grandes potencias, estatales o privadas.

–¿Estaríamos entonces en un proceso donde no se busca crear alianzas contra un enemigo común, sino donde las grandes potencias tratan de garantizarse un conjunto regional, lo más cerrado posible, para retrasar lo más posible los momentos en que se enfrentarán?
–De esa forma, no es necesario llevar a cabo acciones militares. Si tomamos el continente americano, Estados Unidos no tuvo que hacerle la guerra a Argentina, al Salvador o a Ecuador para asegurarse el control regional. Se trata, en efecto, de lo que yo llamo neofeudalismo o vasallaje feliz (o infeliz). O sea, tenemos un señor feudal y unos vasallos, en un sistema cerrado, característico de la desglobalización.

–Al hablar de “sistema cerrado”, ¿usted hace referencia también a un proceso de desglobalización?
–Exactamente. Las dos primeras guerras mundiales facilitaron la globalización del mundo, tanto a través de la economía como en el terreno jurídico. De allí el derecho internacional, las instituciones internacionales, la ONU, etc. Por el contrario, la especificidad de esta guerra es que es una guerra mundial que desglobaliza, es decir, es una guerra mundial que “desmundializa”. Desde el momento en que estamos en una guerra aduanera desde la primera administración de Trump, obviamente estamos en un dispositivo contrario al libre comercio. Toda la idea del libre comercio es hacer caer las barreras arancelarias, es crear un mundo que sea un mundo libre, sin barreras. Cuando se utiliza la fuerza para destruir el libre comercio, para crear barreras arancelarias, se entra exactamente en un proceso de desglobalización, de descomposición de lo que hizo el mundo después de las dos primeras guerras mundiales.
–Esta captación de los recursos de sus países satélites permite, a su juicio, retrasar el momento de la confrontación. Sobre todo, en el caso de las potencias nucleares.
–Recursos que son tanto minerales y extractivos como mentales y cognitivos. Desde este punto de vista, la lucha por la captura de recursos naturales es también un medio para alcanzar el control ideológico de la opinión pública. De ahí una última paradoja: esta guerra en curso es incapaz de estallar verdaderamente, porque entre potencias nucleares, su comienzo podría coincidir con su propio fin, y con el nuestro. Estamos así atrapados en el impulso mortífero de un conflicto sin vencedor posible, porque ninguno tiene un enemigo real (cada adversario necesita demasiado al otro para justificar su explotación de los hombres y de la Tierra), salvo ese mismo conflicto.
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