La nueva regularización que ilusiona a más de 40.000 argentinos en España
El plan del gobierno de Pedro Sánchez podría beneficiar a medio millón de extranjeros que ya viven en el país; cuatro argentinos cuentan cómo es sobrevivir en la informalidad y qué esperan del anuncio oficial
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MADRID.– Claudia, jubilada argentina, entró a España como turista, pero ya sabía que su estadía sería más larga. No tenía papeles, pero sí motivos de sobra para instalarse en Madrid: sus dos hijas viven desde hace años en la capital española. Esta profesora de yoga y masajista dejó hace cuatro meses San Miguel, en el conurbano bonaerense, para estar más tranquila, lejos de la inseguridad y cerca de su familia. Ella sueña con ser una de las beneficiadas por la regularización de inmigrantes impulsada por el gobierno español, que podría alcanzar a más de 40.000 argentinos.

A sus 63, Claudia hace changas en España, entre sus clases particulares y suplencias en un obrador de alimentos. Esos trabajos ocasionales más la pensión argentina le alcanzan para sustentar sus gastos, mientras vive en la casa de sus hijas. “Ya tiene apalabrado un puesto para cuidar ancianos en una residencia (geriátrico), pero necesita los papeles sí o sí. Esta nueva medida le facilitaría mucho las cosas, por eso ya estamos mirando todos los requisitos. Imaginate que, a su edad, no es tan fácil conseguir un trabajo”, comenta Pilar B., su hija.
Ella sabe lo difícil que es sobrevivir en Europa, porque llegó hace tres años, pero tampoco pudo regularizar su situación migratoria.

Esta familia argentina se ilusiona: esperan que Claudia pueda ingresar obtener la residencia española con la nueva regularización de migrantes que anunció esta semana Pedro Sánchez, una medida que aplicaría para más de medio millón de extranjeros que ya viven en España, pero que están fuera del sistema.
LA NACION habló con cuatro argentinos que, por distintas circunstancias, quedaron sin papeles en España y tomaron atajos como tramitar visas de estudio o casarse con un ciudadano europeo. En todos los casos, esas soluciones implican años de sacrificios, inestabilidad y, sobre todo, miedo a quedarse en la calle o ser deportado.
Pilar B, la hija menor de Claudia, aterrizó en junio de 2023 en el aeropuerto de Barajas con su pasaporte argentino. Sabía que sería una experiencia difícil, se lo había advertido su hermana mayor, pero igual eligió quedarse en España sin papeles. Empezó a limpiar en la casa de una familia argentina, la fueron recomendando y, así, ganó más trabajos como empleada doméstica, mientras vivía con su hermana.

“Desde Argentina se idealiza la vida en Europa: la gente piensa que llegás y ya te están esperando con un trabajo, pero la realidad no es así. Es muy difícil encontrar trabajo si no tenés un contacto, si no tenés un amigo. Yo no hubiera venido si mi hermana no hubiera estado acá, porque sabía que por lo menos iba a tener una cama donde dormir”, recuerda Pilar en una conversación telefónica con LA NACION. Tanto ella como su madre prefieren no hacer público su apellido por su situación migratoria.
Pilar se ganó la confianza de un argentino que la empleó en un obrador alimenticio como cocinera y ahora tramita su residencia con ese contrato laboral. “Es duro estar sin papeles porque tenés que ocultarte todo el tiempo: te escapás cuando ves un policía, no podés tener un Bizum (que es como el Mercado Pago español), no podés ni siquiera anotarte en un gimnasio. De todas maneras, no me arrepiento de haber venido y no volvería a Argentina”, asegura. Ahora espera que su situación migratoria se resuelva en los próximos meses.

Ignacio López Isasmendi, salteño, 39 años, llegó a España en octubre de 2021 con una visa de estudios para hacer una maestría en fotoperiodismo. Pudo extender su visa dos veces, pero cuando intentó hacer un permiso de trabajo, el Estado se la rechazó. Comenzó, entonces, una larga odisea que combinaba su trabajo freelance de fotógrafo con su nuevo rol como mozo.
“Nunca había pensado en Argentina que iba a tener que trabajar en un bar. Ni siquiera cuando era estudiante. Como inmigrante, uno se enfrenta con situaciones que no esperaba y tenés que adaptarte”, relata.
Ignacio intentó resolver su situación migratoria con un empleo formal en el bar, pero no lo logró. La alternativa que encontró fue casarse con su novia, una argentina con pasaporte italiano. Ahora, espera que le entreguen la residencia por ser familiar de un ciudadano de la Unión Europea.
“También tengo que decirte que, aun estando en negro, yo trabajaba 30 horas semanales y con eso vivía bien. Y ahora que hago trabajos de fotografía también vivo bien. No tengo que trabajar 60 horas en la semana para vivir, como quizás tuviera que hacer en Argentina”, reflexiona.
Ignacio no ingresará en la regularización anunciada esta semana por el gobierno español, pero está a favor de la medida. “Está muy bien, porque regulariza a gente que vive acá hace muchísimos años, que aporta a esta sociedad de distintas maneras. Mi bisabuelo era español y se fue. Argentina lo recibió y le permitió hacer su vida allá. Me parece que es justo que ahora sea al revés”, opina.
La historia de Sofía fue amor a primera vista. Dejó El Calafate en mayo de 2023 para pasear por Europa y se quiso quedar en España. Sabía que no sería sencillo, pero tampoco se imaginó que podía ser tan duro. Hizo un voluntariado en un hostel para ahorrarse el alojamiento en los primeros meses y dedicó sus ahorros para pagarse la comida. Los primeros trabajos que consiguió fueron para limpiar departamentos de Airbnb y como moza.

“Un día me enfermé y fui a la guardia del hospital público. Me pidieron la tarjeta sanitaria y como no tenía me dijeron que me iban a atender, pero me advirtieron que después me llegaría la factura a mi casa. Estar sin papeles es una situación de muchísima incertidumbre que no la recomiendo, porque estás siempre con miedo a quedarte sin trabajo. Nunca sabés si el mes que viene vas a poder pagar el alquiler de la habitación o si tenés que volver a Argentina”, explica Sofía.
Casi tres años después de su llegada, ella todavía espera por sus papeles: trabaja desde hace casi dos años como vendedora de un local de ropa en el centro de Madrid y consiguió que sus jefes le hicieran un contrato laboral que le permitió tramitar su residencia. “Conocí a muchos argentinos en la misma situación. El objetivo es esperar esos primeros dos años y conseguir que alguien te ofrezca trabajo en blanco. Ojalá hubiera existido esta medida de regularización para inmigrantes hace algunos años”.
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