Mueller, un veterano imperturbable que marcó un mandato agitado

Mueller, ayer, frente a la Casa Blanca, tras asistir a un acto religioso
Mueller, ayer, frente a la Casa Blanca, tras asistir a un acto religioso Fuente: AP - Crédito: Cliff Owen
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25 de marzo de 2019  

WASHINGTON.- El hombre que ha marcado toda la primera parte de la presidencia de Donald Trump se convirtió en un personaje misterioso, al que casi no se ha visto ni mucho menos oído, a lo largo de los 22 meses que ha durado la investigación federal más relevante en años.

El fiscal especial Robert S. Mueller condujo las pesquisas sobre la trama rusa bajo un hermetismo absoluto, aparentemente impertérrito ante los ataques del presidente, que lo acusa de llevar a cabo una "caza de brujas", y de las crecientes críticas de los conservadores. Todo lo que quiso decir quedó recogido en escritos de acusación.

Cuando recibió el encargo de investigar el Rusiagate, en mayo de 2017, las alabanzas resultaron unánimes, entre republicanos y demócratas. Si alguien podía garantizar unas indagaciones independientes sobre un asunto tan sensible, ese era ese veterano jurista que además había dirigido el FBI durante una década.

Mueller, de 74 años y aspecto pétreo, cosechó una gran reputación de disciplinado, autónomo y detallista hasta la obsesión. Nació en Nueva York en el seno de una familia acomodada, se formó en Princeton y en la Universidad de Virginia, y combatió en Vietnam en el Cuerpo de Marines en el agitado año 1968, lo que le valió una Estrella de Bronce. Fue fiscal federal en San Francisco y Boston y, como jefe de la división criminal, supervisó el procesamiento del mafioso John Gotti y el dictador Manuel Noriega, así como la investigación del atentado del avión Pan American Airlines, de 1988. En 2001, el presidente George W. Bush lo nombró director del FBI. Asumió el cargo el 4 de septiembre. El 11, el 11-S, todo cambió para él, para la agencia federal, para Estados Unidos, para medio mundo. A partir de ahí, centró su misión en convertir el FBI en un brazo principal de la lucha antiterrorista, con resultados desiguales.

Cuando acababa su mandato, en 2011, Barack Obama le pidió que siguiese dos años más. Quien lo sustituiría al frente del FBI en 2013 sería precisamente uno de los personajes claves de esta novela de la trama rusa: James Comey. Trump despidió en mayo de 2017, en plena investigación de la trama rusa, al jefe del FBI, lo que suscitó recelos automáticos sobre una posible obstrucción de la Justicia y provocó que el caso acabase en manos de un fiscal especial, que resultó ser Mueller.

Comey y Mueller, sin embargo, habían cruzado sus caminos ya mucho antes de haberse pasado el testigo al frente de los federales. En 2004, cuando el primero era número dos del Departamento de Justicia, y el segundo, director del FBI, se plantaron ante el presidente Bush hijo y lograron hacerle desistir de su intención de reactivar un programa de espionaje a los ciudadanos estadounidenses que ellos consideraban ilegal. Ambos amenazaron con dimitir y Bush tuvo que da marcha atrás. Este es el elemento de la biografía de ambos que más se repitió hace casi dos años, cuando Comey fue despedido y Mueller, nombrado fiscal especial, como prueba de la independencia de ambos.

Tanto el actual fiscal general de Estados Unidos, William Barr, como James Comey han expresado su confianza en el rigor y el buen hacer de Mueller. Comey acusó al presidente de Estados Unidos de haberlo presionado para que cerrase las investigaciones sobre la trama rusa cuando aún estaban en los primeros compases, con el general Michael Flynn, fugaz consejero de Seguridad Nacional de Trump, como principal sospechoso de colusión.

El despido de Comey o la posibilidad de haber mentido a los investigadores es lo que podría suponer un delito de obstrucción de la Justicia por parte del presidente.

Diario El País

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