Suecia y la pandemia: ¿historia de éxito o de fracaso?

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION

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19 de septiembre de 2020  • 03:21

Todo país enfrenta al coronavirus a su manera; no hubo, en estos casi 10 meses de pandemia, ni recetas infalibles ni modelos enteramente errados. Uno, sin embargo, es el blanco del análisis, críticas, elogios, polémicas: Suecia.

Con su enfoque tan alejado de las fórmulas rápidas de confinamiento total o parcial, la nación nórdica eligió una estrategia que casi ningún otro país siguió y de la que la gran mayoría de los especialistas del mundo desconfiaron de entrada.

La manera tan propia de cada nación incluye la estrategia sanitaria, el estímulo económico, el mapeo demográfico, la estructura productiva o la disponibilidad de recursos administrativos y operativos para apuntalar el sistema hospitalario; comprende también la memoria de otras epidemias, la historia social, el consenso o disenso político, la cohesión, el respeto por las normas, las miradas sobre la relación entre sociedades e individuos, la inmigración, la religión, la visión de la muerte y de la vida.Todos son ingrediente que construyen el espíritu y cultura de una nación.

Todos son elementos que Suecia incorporó, abierta o tácitamente, en su fórmula contra el Covid-19: aprender a convivir con el virus para controlarlo, sin la voluntad de confinar a la sociedad, pero con la determinación de cambiar sus hábitos.Mirada desde septiembre, la claridad de la retrospectiva muestra que, de entrada, Suecia se enfrentó a un acierto fundamental y a un error igualmente esencial.

El primero fue entender que la pandemia era una lucha a largo plazo, no solo de meses, que, en lugar de acciones restrictivas, demandaba medidas sustentables económica y socialmente en el tiempo a un nivel que no condujera a la saturación del sistema de salud."Es un modelo integral para que se sostenga en el tiempo, no solo en lo sanitario, sino también en lo económico, lo social, lo psicológico", explicó a LA NACION un virólogo argentino que hizo su doctorado en Suecia y que hoy trabaja en Estados Unidos.

El desacierto, sin embargo, fue ignorar el costo de la estrategia y no concentrarse en la protección del grupo más expuesto a semejante determinación, los adultos mayores.

Así como cada país tiene su propia receta, muchas naciones pasaron por estadios de éxito o fracaso en estos 10 meses, desde Australia o Nueva Zelanda hasta Corea del Sur o Alemania. Es el caso de Suecia.

El centro de Estocolmo, capital de Suecia, el 31 de agosto pasado
El centro de Estocolmo, capital de Suecia, el 31 de agosto pasado Fuente: AFP

En abril y mayor, cuando las muertes -en su enorme mayoría de adultos mayores- se acumulaban fue usada como moraleja por los expertos y gobiernos que les habían advertido sobre el peligro de evitar el confinamiento y apuntar, solapadamente, a la inmunidad de rebaño. Ese capítulo le dejó a Suecia un título sombrío del que hoy le cuesta desprenderse: es uno de los países europeos con mayor cantidad de muertes por millón de habitantes y está 13° en el listado global (la Argentina está 26°).

El acierto, en cambio, empezó a aflorar a fines de julio ya, cuando la curva de infecciones comenzó a bajar y la de muertes se acható casi por completo. Desde un primer momento, las autoridades sanitarias de Suecia, encabezadas por Anders Tegnell, niegan que la intención disimulada de su estrategia haya sido alcanzar la inmunidad de rebaño o que el sueco sea un modelo antipandemia exportable.

Sin embargo, el concepto fundamental detrás de su estrategia -el de aprender a convivir con el virus sin intentar infructuosamente suprimirlo con confinamientos obligatorios- es hoy el pilar sobre que el resto de Europa construye su receta para enfrentar los rebrotes del virus en el otoño e invierno boreal.

"La coherencia de nuestra política gubernamental es simple: se llama vivir con el virus", dijo el premier francés, Jean Castex, el martes pasado ante la Asamblea, al defender la nueva estrategia de Emmanuel Macron.

Así como ese concepto comenzó a prender en los países que, por razones sociales o económicas, buscan evitar nuevas cuarentenas, la estrategia sueca es también usada como alimento para la polarización política en otras naciones.

Desde Estados Unidos a la Argentina, Suecia fue empleada como ejemplo de lo que debe o no debe hacerse para enfrentar el coronavirus con éxito.

La derecha rescata su "respeto por las libertades individuales", mientras que la izquierda cuestiona el supuesto desinterés de las autoridades suecas por la vida de los más ancianos. Ese debate global se repite, claro, en la propia Suecia. Pero irónicamente esas críticas se invierten: la derecha y la extrema derecha le reprochan al gobierno de centro izquierda y a Tegnell -también de izquierda- una política más restrictiva, sobre todo en las fronteras.

1.El plan y el espíritu sueco

Al mando de la Agencia de Salud Pública, Tegnell fue el encargado de diseñar el plan sanitario, sobre el cual ni el premier ni los ministros pueden intervenir ya que el organismo que encabeza es independiente del poder político. Fue a fines de febrero y principios de marzo, cuando suecos que regresaban de sus vacaciones de ski en Austria o de viajes de trabajo a Irán comenzaban a instalar el virus en el país.

A medida que la pandemia avanzaba sin control por la Europa del sur, Suecia y sus vecinos escandinavos empezaron a cavar sus trincheras. Pero mientras las defensas de Dinamarca, Noruega y Finlandia adoptaron la forma de cuarentenas obligatorias por varias semanas, el comando sanitario sueco eligió otras tácticas, una basada en la equilibrar la protección de la salud nacional con valores arraigados en la historia del país.

"La estrategia del coronavirus sueca es la versión sanitaria del enfoque de 'defensa total' de la seguridad nacional que tiene el país desde la Segunda Guerra Mundial", escribió, en julio, la politóloga sueca Elisabeth Braw en una columna en el sitio Politico EU.

Ese enfoque implica la participación, directa o indirecta, de cada sueco en la defensa de su país ante una amenaza nacional. "No es una estrategia de 'cada uno para sí mismo' -como ocurre en Brasil o Estados Unidos- sino 'todos por la comunidad'", agregó.

Ese llamado a la acción colectiva ante una amenaza común fue lo que llevó a Tegnell a evitar el confinamiento y confiar en la respuesta individual de cada sueco. Así, el plan antipandemia, excluyó la cuarentena e incluyó un fuerte llamado al distanciamiento social y a trabajar y estudiar desde los hogares y la recomendación de cerrar los negocios e instituciones no esenciales y de no viajar y no usar el transporte público. Fueron todas sugerencias, no órdenes.

Un hombre con tapabocas camina junto a los viajeros mientras hacen cola para abordar un barco en Stranvagen, en Estocolmo
Un hombre con tapabocas camina junto a los viajeros mientras hacen cola para abordar un barco en Stranvagen, en Estocolmo Fuente: AFP

Las escuelas secundarias y las universidades cerraron, pero no las primarias y jardines. La Agencia de Salud y Tegnell argumentaron que cerrarlas no solo le complicaría la vida al personal de salud con hijos pequeños sino que también sería "inmoral" porque pondría presión sobre los hogares de menores ingresos.

A diferencia de la mayoría del resto de los países, Suecia tampoco transformó en obligatorio el uso de tapabocas, bajo el argumento de que no hay evidencias concluyentes sobre su beneficio para bajar la probabilidad de contagio.

La estrategia tuvo también una pata operativa sobre el sistema sanitario. Con salas de terapia más desprovistas que las de otras naciones europeas, la Agencia duplicó el número de camas críticas (pasó de 5,8 por 100.000 habitantes a 10 por 100.000). Reforzó los testeos, aunque nunca los llevó al número de sus vecinos y abandonó el rastreo de contactos una vez la circulación del virus fue local.

2. Del fracaso inicial...

Alarmados por la pandemia, los suecos escucharon el llamado oficial al cuidado y se retiraron de las calles, no tanto como sus vecinos escandinavos pero lo suficiente como hacer caer significativamente los índices de movilidad.

De acuerdo con el monitoreo de movilidad de Apple, mientras la actividad bajó un 60% en Noruega y un 55% en Dinamarca -ambas con confinamiento- en Finlandia y Suecia se redujo un 40%, el mismo nivel que hoy presenta la Argentina (a principios de abril fue del 80%).

La caída de la actividad y el repliegue voluntario de los suecos no alcanzó, sin embargo, a detener las infecciones ni las muertes. Ambas curvas fueron, desde un comienzo, en proporción, más elevadas que las de sus vecinos.

La de muertes lo fue de una manera notable al punto que se convirtió en la gran catástrofe de la estrategia sueca, eje de críticas internas y globales y un fuerte mea culpa oficial, en junio.El 90% de las casi 5900 muertes fue entre mayores de 70 años y esos decesos ocurrieron en los dos primeros meses de la pandemia.

La Agencia de Salud y el gobierno fallaron allí donde habían prometido concentrarse más, la protección de los más viejos. ¿Qué fue lo que ocurrió y por qué? La respuesta no es lineal e involucra no solo enormes descuidos oficiales sino también un debate médico ya de larga data: ¿unidades de terapia intensiva o cuidados paliativos? ¿Intubar o no?

El 49% de los muertos vivía en geriátricos y otro 25% eran adultos que recibían asistencia pública en sus hogares, un servicio de cuidado de la tercera edad provisto por las 290 municipalidades suecas.

"Las muertes que no se dieron en las UTI fueron fundamentalmente de personas ancianas. Hay un debate a nivel nacional en Suecia sobre el apropiado nivel de tratamiento a personas ancianas con Covid-19. Una amplia porción de personas de edad que habrían recibido tratamiento en otros países, en Suecia no lo hicieron. Es razonable concluir que muchos pueden haber muerto como resultado de eso. Los datos internacionales sobre pacientes ancianos con Covid-19 en terapia intensiva muestran que una fracción sustancial de ellos se recuperan", explicó a LA NACION Peter Kasson, especialista en ingeniería biomédica en la Universidad de Virginia, que estudia la gestión sueca de la pandemia.

Haciéndose eco de un debate que, como otras facetas de la pandemia, divide a los especialistas el virólogo argentino que hizo su doctorado en Suecia -y prefiere mantener el anonimato- opinó que lo que hizo una parte del sistema de salud del país nórdico no fue "desatender a los más ancianos", sino evitar el encarnizamiento médico, con cuidados paliativos en lugar de intervenciones invasivas que salvan vidas pero las dejan deterioradas.Las quejas de los familiares de pacientes que finalmente murieron sin intervención en los geriátricos fueron dolorosas y muchas. También dramático y letal fue el descuido de los servicios de salud pública a la hora de proteger a los ancianos en sus propios hogares."Las autoridades de la salud pública no prestaron atención a lo que se sabe ya sobre la transmisión del Covid-19, particularmente el rol de los asintomáticos o presintomáticos y a la eficacia de las máscaras. Los cuidadores de los ancianos no estaban bien protegidos y aislados, y eso condujo a un sustancial contagio de los adultos mayores", concluyó Kasson.

3. Al éxito actual

¿Podrían haberse salvado esos más de 5000 ancianos si otra hubiese sido la estrategia sueca? Como todo lo que afecta al coronavirus, las opiniones son divergentes.

En un estudio publicado hace unas semanas en el Journal of Econometrics, el matemático y economista Sang Wook Cho llegó a la conclusión de que si Suecia hubiese seguido las medidas de confinamiento que aplicaron Dinamarca, Finlandia y Noruega, Suecia habría tenido un 25% menos de muertos y un 75% menos de infecciones.

Claro que la biblioteca dividida implica visiones opuestas. En su estudio llamado "¿Funcionan los confinamientos? Un contrafáctico de Suecia", un grupo de investigadores holandeses y suecos crearon un modelo de simulación con el que concluyeron que "la dinámica de la infección en Suecia no habría sido diferente si se hubiese impuesto una cuarentena".

"Descubrimos que, aun en la ausencia del confinamiento, los suecos ajustaron considerablemente sus actividades. Eso sugiere que la restricción social voluntaria es esencial para resolver el rompecabezas de la cuarentena", añadieron los investigadores.El repliegue voluntario de los suecos fue posibilitado, en parte, por rasgos demográficos, sociales y económicos que facilitaron esa decisión. El 45% de los hogares suecos son unipersonales (lo que dificulta la transmisión intrafamiliar) y el teletrabajo ya era un hábito afianzado antes de la pandemia y creció con fuerza este año por lo que cientos de miles no se veían obligados a abandonar sus casas. La contracara es que, en el Gran Estocolmo, los barrios con mayor incidencia de contagios y muerte son los que albergan, mayormente, a inmigrantes.

Si el número de muertos obligó al gobierno a pedir disculpas públicas y a prometer reparar los errores, el aislamiento voluntario y la estrategia pública de distanciamiento comienzan a darle la razón a Tegnell, que había prometido que en el otoño boreal se comenzarían a ver los resultados de su plan.

El otoño boreal llega en dos días y hoy Suecia, calificado hace unos meses por The New York Times como Estado paria por su plan, disfruta de una verdadera primavera de la pandemia.Con 1300 casos diarios, los contagios tuvieron su pico alrededor del 24 de junio; y a partir de allí esa curva comenzó una sistemática caída, que se mantuvo imperturbable incluso ante la intensa vida en las calles durante el verano.

Más aún, ese pico de casos de junio no se trasladó a la curva de muertos, que desciende sin pausa, señal de que -efectivamente- Suecia empieza a remediar los errores que condujeron a la catástrofe de sus geriátricos.

Mientras tanto, los vecinos escandinavos, que corrían siempre por detrás de Suecia en número de contagios, empiezan a ser testigos nerviosos de cómo sus curvas remontan de a poco, en especial la de Dinamarca.

¿Cómo explica la Agencia de Salud su éxito relativo frente a sus vecinos?

"Tenemos situaciones diferentes, nosotros no venimos de un confinamiento total hacia una apertura. Tenemos el mismo nivel de medidas de marzo y eso también puede ser un factor detrás del diferente avance aquí que en otros países", dijo Tegnell ayer.

Sugirió además que más suecos tienen inmunidad al virus. "Eso hace más difícil la transmisión que en otros países, donde menos gente se infectó", agregó.

¿Cuántos la tienen? ¿Los suficientes como para alcanzar la inmunidad de rebaño? Otra vez las investigaciones divergen.

Un estudio de julio estimó que menos del 10% de los suecos cuentan con anticuerpos, un escalón muy lejano de la inmunidad de rebaño. Pero una investigación del Instituto Karolinska, el centro de estudio más prestigioso de Suecia, calculó que un 30% de la población ya tiene inmunidad cruzada.

4. El ambiguo impacto económico

De ser esa la proporción de inmunidad, el país podría transcurrir el otoño, que ya se augura inquietante para el resto de Europa, con calma y capacidad de concentrarse en la reconstrucción de la economía, luego de la peor recesión de su historia.

La protección de la economía fue, desde el comienzo, una prioridad para el gobierno sueco en su plan de convivencia con el virus. Y lo logró. Pero, a juzgar por el desempeño de algunos de sus vecinos, no del todo.

En junio, desde el FMI hasta el Banco Central sueco proyectaban una recesión de entre 7 y 10%. Con la desaceleración de la pandemia y el achatamiento de las curvas, los pronósticos mejoraron, para todos los países escandinavos, que son los que mejor soportarán la tempestad económica en Europa este año.

Hoy, las estimaciones oficiales apuntan a una contracción anual de 3,6% contra una de 4,5% para Dinamarca y de 2,5% para Noruega y Finlandia.

La relativa apertura de la vida en Suecia permitió que el consumo o se derrumbará como en casi todos los países del mundo. Sin embargo, la actividad económica se paralizó porque la pandemia y las cuarentenas neutralizaron la producción y la demanda en todo el mundo, un fenómeno devastador para una nación dependiente del mundo a través del comercio exterior.

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