Un conflicto que complica las ambiciones globales de Pekín

Joe McDonald.
Joe McDonald. MEDIO: Agencia AP
China quiere lograr el predominio tecnológico global y EE.UU. es un cliente vital
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13 de mayo de 2019  

PEKÍN (AP) .- La feroz guerra arancelaria de Pekín con el gobierno de Trump amenaza con frustrar las ambiciones chinas de alcanzar el predominio tecnológico global.

Estados Unidos es un cliente vital y una crucial fuente de tecnología para los fabricantes chinos de dispositivos electrónicos, equipos médicos y otras exportaciones de alta tecnología, todas industrias que el gobernante Partido Comunista de China considera como el corazón del futuro económico del país.

Para el gobierno de Trump, sin embargo, esas industrias son una amenaza al liderazgo industrial norteamericano. A pesar de la caída de sus exportaciones a Estados Unidos durante el último trimestre, Pekín se las ha arreglado para mantener estable el crecimiento de la economía, a través del impulso del gasto público y el crédito bancario. Pero los exportadores de tecnología de China sufrieron enormes una caída en sus ventas de hasta el 40 por ciento, que se comió parte de las ganancias que iban destinadas al desarrollo tecnológico.

La guerra arancelaria se suma a las penurias previas de muchas empresas chinas, que ya sufrían una creciente resistencia en Estados Unidos y Europa a las adquisiciones de tecnología por parte de China a través de emprendimientos conjuntos con empresas extranjeras o de compras directas financiadas por bancos públicos chinos.

Según el economista en jefe para Asia de IHS Markit, Rajiv Biswas, tal vez ahora China tenga que tomar "el camino más difícil", o sea desarrollar más su propia tecnología, con menos acceso a la experiencia de socios extranjeros. "Y ese camino puede ser más lento", dice Biswas.

El gobierno y las empresas chinas están volcando miles de millones de dólares a la investigación. Huawei, gigante de los celulares y primera marca tecnológica global de China, invirtió 15.000 millones de dólares en investigación tan solo el año pasado, más que Apple.

Todo eso ha contribuido a posicionar a China como un incipiente peso pesado de las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y otros campos de la tecnología. Sin embargo, Estados Unidos, Europa, Japón y otros gobiernos se quejan de que Pekín lo ha logrado, en parte, robando tecnología o presionando a empresas extranjeras para que entreguen sus secretos comerciales.

Washington está presionando a Pekín para que reduzca su programa de creación de empresas que compitan globalmente en el campo de la robótica, los autos eléctricos, la inteligencia artificial y toda una variedad de tecnologías emergentes. Los socios comerciales de Pekín argumentan que esos planes violan el compromiso de Pekín de abrir más su inmenso mercado de consumo e inversiones.

Esa puja se suma a los desafíos que enfrenta el gobierno del presidente Xi Jinping, amenazando con demorar o interferir con su programa económico. La cúpula china no parece dispuesta a ceder: necesitan que los ingresos de sus industrias tecnológicas sigan aumentando, porque muchas empresas de manufacturas textiles, de calzado y de juguetes, ya se han mudado a Vietnam, Camboya y otras economías donde los costos son más bajos.

El año pasado, el gobernante Partido Comunista de China respondió a la desaceleración de la economía aumentando el gasto y el crédito, pero lo hizo a costa de dar marcha atrás con su campaña para frenar el endeudamiento, que había aumentado tanto que las agencias calificadoras redujeron la calificación crediticia de China por los gastos del gobierno.

En el plano internacional, Xi debió reformular enteramente su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, un plan megamillonario para el tendido de ferrocarriles y otras obras de infraestructura. Como respuesta a las quejas de que esa iniciativa de Pekín estaba endeudando demasiado a algunos países, el gobierno chino anuló algunos de esos préstamos y renegoció los contratos.

La guerra arancelaria se desató a causa del desequilibrio de la balanza comercial entre Estados Unidos y China, que desde hace años favorece a China, y por las quejas del gobierno de Trump y de muchos expertos independientes en comercio internacional de que Pekín estaba involucrado en prácticas ilícitas y predatorias, entre ellas, el robo de tecnología. Las primeras multas de Estados Unidos apuntaron a los productos chinos de alta tecnología que según los funcionarios norteamericanos se beneficiaron de un apoyo ilícito de Pekín.

El impacto se potenció cuando Trump extendió los aranceles a las exportaciones chinas de carteras, muebles y otros productos. Para China, esos nuevos impuestos a sus exportaciones amenazaban con generar una pérdida de puestos de trabajo, un riesgo político evidente para un partido no elegido que en gran parte deriva su poder de haber logrado tres décadas ininterrumpidas de explosivo crecimiento económico.

Al menos en la superficie, el impacto del aumento de aranceles del viernes "es relativamente bajo", dice un informe de Brian Coulton, economista en jefe de Fitch Ratings. Pero si Trump cumple su amenaza de extender el arancel del 25% a todas las importaciones chinas, "eso complicaría de manera muy concreta las perspectivas de crecimiento de China", sigue Coulton. "Un nuevo debilitamiento de China reavivaría la preocupación de los mercados financieras sobre los riesgos del crecimiento global", señala el informe.

Según Zhang Lifang, comentarista político independiente de Pekín, la imagen personal de Xi también se vio afectada por la desaceleración económica y por la decisión del año pasado de habilitar su reelección indefinida como presidente."Xi está bajo presión, tanto política como económica", dice Zhang.

Estados Unidos y Europa vienen aumentando los costos y regulaciones para la venta de tecnología a los chinos, y en algunos casos directamente la han bloqueado.

En octubre, los Unión Europea aprobó tentativamente las primeras normativas del bloque para las inversiones en sectores sensibles. La medida se tomó después de las críticas que recibieron las compras chinas a empresas tecnológicas europeas que son consideradas como activos vitales, entre ellas, la fabricante robótica alemana Kuka. Los chinos también hicieron adquisiciones en la sueca Volvo Cars y la agrotecnológica suiza Syngenta, y se quedaron con los servers de baja gama de IBM Corp.

En Estados Unidos, Trump vetó en 2017 la compra de la fabricante de chips Lattice Semicondutor, una adquisición financiada por el gobierno chino.

Los fabricantes extranjeros de productos electrónicos de consumo y otros bienes ya han movido sus operaciones al sudeste asiático para abaratar costos, perjudicando a los proveedores chinos, que al perder ganancias deben reducir su inversión en el desarrollo de nuevas tecnologías.

"Las juntas directivas de las multinacionales, incluso de las empresas chinas, podrían decidir trasladar una mayor parte de su producción afuera de China, para reducir ese riesgo", dice Biswas.

Ese giro, acelerado por la presión de los aranceles norteamericanos, tiene el potencial de derramar oro sobre el resto de las economías asiáticas. La presidenta taiwanesa Tsai Ing-wen suque la guerra arancelaria chino-norteamericana le sirve para seducir de regreso a las fábricas que se mudaron al continente en buscas de menores costos.ß

La feroz guerra arancelaria de Pekín con el gobierno de Trump amenaza con frustrar las ambiciones chinas de alcanzar el predominio tecnológico global.

Estados Unidos es un cliente vital y una crucial fuente de tecnología para los fabricantes chinos de dispositivos electrónicos, equipos médicos y otras exportaciones de alta tecnología, todas industrias que el gobernante Partido Comunista de China considera como el corazón del futuro económico del país.

Para el gobierno de Trump, sin embargo, esas industrias son una amenaza al liderazgo industrial norteamericano. A pesar de la caída de sus exportaciones a Estados Unidos durante el último trimestre, Pekín se las ha arreglado para mantener estable el crecimiento de la economía, a través del impulso del gasto público y el crédito bancario. Pero los exportadores de tecnología de China sufrieron una caída en sus ventas de hasta el 40%, que se comió parte de las ganancias que iban destinadas al desarrollo tecnológico.

La guerra arancelaria se suma a las penurias previas de muchas empresas chinas, que ya sufrían una creciente resistencia en Estados Unidos y Europa a las adquisiciones de tecnología por parte de China a través de emprendimientos conjuntos con empresas extranjeras o de compras directas financiadas por bancos públicos chinos.

Según el economista en jefe para Asia de IHS Markit, Rajiv Biswas, tal vez ahora China tenga que tomar "el camino más difícil", o sea desarrollar más su propia tecnología, con menos acceso a la experiencia de socios extranjeros. "Y ese camino puede ser más lento", dice Biswas.

El gobierno y las empresas chinas están volcando miles de millones de dólares a la investigación. Huawei, gigante de los celulares y primera marca tecnológica global de China, invirtió 15.000 millones de dólares en investigación tan solo el año pasado, más que Apple.

Todo eso ha contribuido a posicionar a China como un incipiente peso pesado de las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y otros campos de la tecnología. Sin embargo, Estados Unidos, Europa, Japón y otros gobiernos se quejan de que Pekín lo ha logrado, en parte, robando tecnología o presionando a empresas extranjeras para que entreguen sus secretos comerciales.

Washington está presionando a Pekín para que reduzca su programa de creación de empresas que compitan globalmente en el campo de la robótica, los autos eléctricos, la inteligencia artificial y toda una variedad de tecnologías emergentes. Los socios comerciales de Pekín argumentan que esos planes violan el compromiso de Pekín de abrir más su inmenso mercado de consumo e inversiones.

Esa puja se suma a los desafíos que enfrenta el gobierno del presidente Xi Jinping, amenazando con demorar o interferir con su programa económico. La cúpula china no parece dispuesta a ceder: necesitan que los ingresos de sus industrias tecnológicas sigan aumentando, porque muchas empresas de manufacturas textiles, de calzado y de juguetes, ya se han mudado a Vietnam, Camboya y otras economías donde los costos son más bajos.

El año pasado, el gobernante Partido Comunista de China respondió a la desaceleración de la economía aumentando el gasto y el crédito, pero lo hizo a costa de dar marcha atrás con su campaña para frenar el endeudamiento, que había aumentado tanto que las agencias calificadoras redujeron la calificación crediticia de China por los gastos del gobierno.

En el plano internacional, Xi debió reformular enteramente su Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, un plan megamillonario para el tendido de ferrocarriles y otras obras de infraestructura. Como respuesta a las quejas de que esa iniciativa de Pekín estaba endeudando demasiado a algunos países, el gobierno chino anuló algunos de esos préstamos y renegoció los contratos.

La guerra arancelaria se desató a causa del desequilibrio de la balanza comercial entre Estados Unidos y China, que desde hace años favorece a China, y por las quejas del gobierno de Trump y de muchos expertos independientes en comercio internacional de que Pekín estaba involucrado en prácticas ilícitas y predatorias, entre ellas, el robo de tecnología. Las primeras multas de Estados Unidos apuntaron a los productos chinos de alta tecnología, que según los funcionarios norteamericanos se beneficiaron de un apoyo ilícito de Pekín.

El impacto se potenció cuando Trump extendió los aranceles a las exportaciones chinas de carteras, muebles y otros productos. Para China, esos nuevos impuestos a sus exportaciones amenazaban con generar una pérdida de puestos de trabajo, un riesgo político evidente para un partido no elegido que en gran parte deriva su poder de haber logrado tres décadas ininterrumpidas de explosivo crecimiento económico.

Al menos en la superficie, el impacto del aumento de aranceles del viernes "es relativamente bajo", dice un informe de Brian Coulton, economista en jefe de Fitch Ratings. Pero si Trump cumple su amenaza de extender el arancel del 25% a todas las importaciones chinas, "eso complicaría de manera muy concreta las perspectivas de crecimiento de China", sigue Coulton. "Un nuevo debilitamiento de China reavivaría la preocupación de los mercados financieros sobre los riesgos del crecimiento global", señala el informe.

Según Zhang Lifang, comentarista político independiente de Pekín, la imagen personal de Xi también se vio afectada por la desaceleración económica y por la decisión del año pasado de habilitar su reelección indefinida como presidente. "Xi está bajo presión, tanto política como económicamente", dice Zhang.

Estados Unidos y Europa vienen aumentando los costos y regulaciones para la venta de tecnología a los chinos, y en algunos casos directamente la han bloqueado.

En octubre, la Unión Europea aprobó tentativamente las primeras normativas del bloque para las inversiones en sectores sensibles. La medida se tomó después de las críticas que recibieron las compras chinas a empresas tecnológicas europeas que son consideradas como activos vitales, entre ellas, la fabricante robótica alemana Kuka. Los chinos también hicieron adquisiciones en la sueca Volvo Cars y la agrotecnológica suiza Syngenta, y se quedaron con los servers de baja gama de IBM Corp.

En Estados Unidos, Trump vetó en 2017 la compra de la fabricante de chips Lattice Semicondutor, una adquisición financiada por el gobierno chino.

Los fabricantes extranjeros de productos electrónicos de consumo y otros bienes ya han movido sus operaciones al sudeste asiático para abaratar costos, perjudicando a los proveedores chinos, que al perder ganancias deben reducir su inversión en el desarrollo de nuevas tecnologías.

"Las juntas directivas de las multinacionales, incluso de las empresas chinas, podrían decidir trasladar una mayor parte de su producción afuera de China, para reducir ese riesgo", dice Biswas.

Ese giro, acelerado por la presión de los aranceles norteamericanos, tiene el potencial de derramar oro sobre el resto de las economías asiáticas. La presidenta taiwanesa Tsai Ing-wen sugirió que la guerra arancelaria chino-norteamericana le sirve para seducir de regreso a las fábricas que se mudaron al continente en busca de menores costos.

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