Jair Bolsonaro: un líder más radicalizado y sin red de contención

Alberto Armendáriz
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31 de octubre de 2019  

RÍO DE JANEIRO.- Una vez más, Jair Bolsonaro demostró que él mismo es su peor enemigo.

Más allá de las sospechas sobre la vinculación del presidente con el asesinato de la concejala izquierdista Marielle Franco que reavivó el testimonio del portero del condominio donde vivía Bolsonaro -luego refutadas por pruebas y el propio Ministerio Público en Río de Janeiro-, la intempestiva reacción del mandatario contribuyó a dañar más su ya muy desgastada imagen como jefe del Estado brasileño.

El ataque de furia en plena madrugada, salpicado de insultos y amenazas contra la prensa, reafirmó la idea de que a Bolsonaro le cuesta mucho controlar sus impulsos y que nadie en su entorno está dispuesto o tiene la influencia necesaria sobre él como para aconsejarle no actuar de manera tan exagerada.

El resultado es un presidente ultraderechista que se vuelve cada vez más radical, con una inclinación a imaginar constantemente conspiraciones a su alrededor, ya sea de los medios de comunicación, de la izquierda o de sus otrora aliados políticos ahora distanciados.

Luego del informe del noticiero Jornal Nacional, de la cadena Globo, que reveló el testimonio hasta ahora desconocido del portero de la residencia en la que vivía el líder ultraderechista cuando era diputado federal por Río de Janeiro, Bolsonaro podría haber defendido su inocencia de una forma más calmada y eficiente.

Desconfianza

En cambio, su explosión ahondó la desconfianza hacia él y su familia, que ha tenido varios lazos con grupos paramilitares (milicias) sospechados de estar detrás del crimen de Franco, una política muy popular por su defensa de las comunidades pobres y negras, y de los gays.

El caso encima llegó luego de que Bolsonaro, de visita en Arabia Saudita, se manifestó orgulloso de su afinidad con el polémico príncipe Mohammed ben Salman, apuntado por peritos internacionales como el autor intelectual del asesinato en Estambul del periodista Jamal Khashoggi, crítico del régimen saudita y columnista del diario The Washington Post.

Si a eso se le suma el largo historial de declaraciones de Bolsonaro en defensa de la última dictadura militar brasileña y a favor de la tortura de militantes izquierdistas, su representación de Brasil en el exterior queda muy manchada.

Y eso sin contar con el aluvión de críticas internacionales que ya recibió por el tratamiento que dio a los recientes incendios en la Amazonia.

Cuando Brasil busca desesperadamente aumentar las inversiones extranjeras en el país -de eso se trataba la gira del mandatario por Asia y Medio Oriente-, Bolsonaro parece ejercer sus funciones a contramano de los objetivos que se planteó el gobierno al asumir el poder: reconquistar la confianza, brindar seguridad y pacificar a la nación.

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