Vladimir Putin condenó la muerte de Khamenei y enfrenta un nuevo golpe a su red de aliados internacionales
La eliminación del líder supremo iraní en ataques de EE.UU. e Israel debilita uno de los pilares del eje de alianzas de Moscú y expone los límites del apoyo ruso a sus socios en Medio Oriente
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PARÍS.– Vladimir Putin denunció este domingo la muerte del líder supremo iraní, Ali Khamenei, asesinado durante ataques estadounidenses e israelíes, calificándola de “violación cínica” de “la moral y del derecho internacional”.
Más allá de las palabras la desaparición del guía supremo iraní representa para el presidente ruso la pérdida de uno de los tres pilares que delimitan un triángulo de alianzas estratégicas, con Bielorrusia al oeste, China y Corea del Norte al este, e Irán, al sur.

En una carta dirigida a su homólogo iraní Massoud Pezeshkian y publicada por el Kremlin, Putin expresó sus “más sinceras condolencias por el asesinato” de Khamenei, afirmando que fue “perpetrado en una violación cínica de todas las normas de la moral humana y del derecho internacional”.
Curiosa denuncia, por parte de quien, hace cuatro años, hizo caso omiso de la moral y el derecho internacional invadiendo Ucrania.
En todo caso, el ataque perpetrado conjuntamente por Estados Unidos e Israel contra Irán representa un duro golpe para las autoridades rusas, que no han cesado de subrayar públicamente la importancia de las relaciones con Teherán y denunciado a los “belicistas (tentados) de avivar las tensiones”, durante los últimos meses.
Y, en verdad, tras la caída de Bashar al-Ásad en Siria, en diciembre de 2024, y la captura de Nicolás Maduro, el 3 de enero pasado, la desaparición del ayatolá Khamenei representa un duro golpe a la solidez del círculo de “amigos” de Moscú.

En un año y medio, Vladimir Putin perdió a varios de sus aliados extranjeros importantes sin que el Kremlin, enredado en su guerra en Ucrania, haya podido hacer mucho al respecto. Porque, aparte de la condena, el jefe del Kremlin y su gobierno no han anunciado oficialmente ayuda concreta a Teherán frente a los ataques estadounidenses e israelíes en curso.
En junio de 2025, durante una conferencia de prensa, Putin declaró que ni siquiera quería “evocar” la eventualidad del asesinato de Khomeini. El sábado, fue el ministro iraní de Relaciones Exteriores, Abbas Araghchi, quien tomó la iniciativa, según Moscú, de llamar a su homólogo ruso, Serguei Lavrov, mientras comenzaban los bombardeos.
Para el geopolitólogo Fréderic Encel, la muerte de Khomeini pone al presidente ruso en una “situación difícil”. Porque Putin ha buscado desde la reelección de Donald Trump complacer al turbulento multimillonario estadounidense y así lograr los favores de Washington en las negociaciones para poner fin a la guerra iniciada por la invasión rusa a Ucrania en 2022, obteniendo la totalidad de sus objetivos.
A principios de enero, el secuestro por parte de Estados Unidos del exlíder venezolano, Nicolás Maduro, marcó la pérdida de otro socio de Moscú. Y allí tampoco el Kremlin pudo hacer algo.

“Dos veces en dos meses, Putin falló en cumplir su papel de salvador”, señala Encel. Y, en el caso de Khomeini, “el asesino es su amigo Trump”.
Anteriormente, el líder ruso pudo al menos ayudar al expresidente ucraniano Viktor Yanukovich a encontrar refugio en Rusia, en febrero de 2014. También ofreció asilo a Bashar al-Asad y su familia tras su derrocamiento en Siria, en diciembre de 2024.
A diferencia del caso Maduro, la muerte de Khomeini ocurrió en una parte del mundo que Rusia considera su “hemisferio”.

Para Putin se trata de un asesinato comparable al del libio y aliado del Kremlin Muamar Khadafi, en 2011, que marcó un giro en la política rusa y una de las justificaciones del presidente ruso para romper con Occidente.
Para los estrategas rusos, Irán ha jugado hasta ahora no solo el papel de un aliado ideológico y proveedor de armas, sino el de un “laboratorio”, como explica el investigador Nikita Smagin, del instituto Carnegie. Esto ya había sido así durante la implementación por parte de Rusia de un sistema para eludir las sanciones internacionales tras la invasión de Ucrania.
Moscú se había inspirado ampliamente en la experiencia de Irán, también uno de los países más sancionados del mundo.

“El Kremlin estudió en profundidad la evolución de la situación de su socio para evitar reproducir sus errores”, analiza Smagin. La estrategia de bloqueo de internet implementada en Rusia provendría así más o menos directamente del ejemplo iraní.
Teherán ha sido, en todo caso, uno de los aliados y apoyos más cercanos de Rusia durante toda la ofensiva lanzada en 2022 por Moscú contra Ucrania.
Kiev y los occidentales acusan a Teherán de haber suministrado a Rusia armas y tecnologías militares, como los drones Shahed, de diseño iraní, que Moscú ahora produce masivamente y utiliza diariamente para bombardear Ucrania.
En 2025, Rusia e Irán también firmaron un tratado de asociación estratégica para fortalecer sus vínculos, incluso en el ámbito militar.
En las últimas semanas, cuando las manifestaciones ya habían comenzado en Irán, se informó de la llegada a ese país de varios aviones de transporte militar Il-76 procedentes de Rusia y Bielorrusia.

Al mismo tiempo, los medios iraníes anunciaban la entrega de helicópteros de ataque M-28 rusos. El contrato era conocido desde hace mucho tiempo, pero fue necesario esperar hasta enero de 2026 para que se anunciara la entrega de los primeros aparatos...
Una advertencia enviada por el régimen de los mulás, debilitado en medios militares, sobre los recursos que podrían emplearse si el caos se instaurara.
Por parte rusa, en cambio, “Irán no ha sido más que un medio entre otros para desarrollar sus proyectos”, explica el investigador Nikita Smagin.
Ciertamente, Moscú siempre tuvo la intención de cumplir sus compromisos: la entrega a Irán de 48 aviones de combate Su-35 está prevista hasta 2028 y se menciona la entrega de cazas Su-30MK.
La construcción, en cooperación con Rusia, de varias centrales nucleares en el sur del país está en proyecto.

Irán también se ha comprometido a llevar a cabo la construcción de la línea ferroviaria Rasht-Astara (en las orillas del mar Caspio), un eslabón esencial del corredor comercial norte-sur, a menudo alabado por Putin, y que debe conectar Rusia con los puertos del océano Índico.
Pero siempre fue claro que Vladimir Putin no tenía intención de sacrificar el acercamiento, laborioso, con los Estados Unidos de Donald Trump, en el altar de su relación con Irán. Ya en junio pasado, durante la “guerra de los Doce Días” entre Israel e Irán, Teherán había llamado a Moscú en su ayuda, que se limitó a palabras amables. Esta contención parece seguir vigente.
“No hay que sobreestimar la voluntad de Moscú de ayudar al régimen iraní. El Kremlin ha demostrado muchas veces su propensión a abandonar a sus aliados si la situación llegara a degenerar...”, estima Smagin.
Una mala costumbre que tiene siempre un alto costo. Además de debilitarlo estratégicamente alejándolo de potenciales aliados, lo acorrala cada vez más en manos de quien, por el momento, parece en vías de convertirse en su único amo y señor: su homólogo, el presidente chino, Xi Jinping.
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